—Hagrid...
Harry se levantó con esfuerzo entre la maraña de cue-
ro y metal que lo rodeaba; al intentar ponerse en pie, sus
manos se hundieron varios centímetros en el agua fangosa.
No entendía adonde había ido Voldemort y temía verlo apa-
recer en la oscuridad en cualquier momento. Notando un lí-
quido caliente que le goteaba de la barbilla y la frente, salió
arrastrándose de la ciénaga y fue tambaleante hasta un vo-
luminoso bulto oscuro que había en el suelo. Era Hagrid.
—¡Hagrid! ¡Dime algo, Hagrid!
Pero el bulto no se movió.
—¿Quién está ahí? ¿Eres Potter? ¿Eres Harry Potter?
Harry no reconoció aquella voz de hombre. Entonces
una mujer gritó:
—¡Se han estrellado, Ted! ¡Se han estrellado en el jar-
dín!
A Harry le daba vueltas la cabeza.
—Hagrid... —repitió como atontado, y se le doblaron
las rodillas.
Cuando volvió en sí, estaba tumbado boca arriba sobre
algo que parecían cojines, con las costillas y un brazo dolo-
ridos. El diente que se le había saltado le había vuelto a
crecer, pero todavía notaba un dolor punzante en la cicatriz
de la frente.
—Hagrid... —murmuró.
Abrió por fin los ojos y comprobó que se hallaba tendido
en un sofá, en un salón que no conocía, iluminado por una
lámpara. Su mochila estaba en el suelo, a escasa distancia,
mojada y manchada de barro, y un individuo rubio y barri-
gudo lo observaba con preocupación.
—Hagrid se encuentra bien, hijo —dijo el desconoci-
do—; mi mujer está con él. ¿Cómo te encuentras? ¿Te has
roto algo más? Te he arreglado las costillas, el diente y el
brazo. ¡Ah, por cierto, soy Ted! Ted Tonks, el padre de Dora.
Como Harry se incorporó demasiado deprisa, vio un
montón de estrellitas y se mareó.
—Voldemort...
—Tranquilo, muchacho, tranquilo —susurró Ted Tonks.
Le puso una mano en el hombro y lo empujó suavemente
para que se recostara en los cojines—. Ha sido una caída
brutal. Pero ¿qué ha pasado? ¿Un fallo de la motocicleta?
Arthur Weasley ha vuelto a pasarse de la raya, seguro. ¡El y
sus cacharros muggles!
—No, no... —dijo Harry, y la cicatriz le latió como una
herida abierta—. Mortífagos, montones de mortífagos... Nos
perseguían...
—¿Mortífagos, dices? —se extrañó Ted—. ¿Cómo que
mortífagos? Tenía entendido que no sabían que íbamos a
trasladarte esta noche; creía que...
—Lo sabían —lo interrumpió Harry.
Ted Tonks alzó la vista como si pudiera ver el cielo a
través del techo y afirmó:
—Bueno, eso significa que nuestros encantamientos pro-
tectores funcionan, ¿no? De modo que, en teoría, los mortífa-
gos no pueden acercarse a esta casa en un radio de cien
metros, desde ninguna dirección.
Entonces Harry comprendió por qué se había desvane-
cido Voldemort: la motocicleta había traspasado la barrera
de los encantamientos de la Orden. Deseó con ansia que és-
tos siguieran siendo efectivos e imaginó a Voldemort volando
a cien metros de altura mientras ellos hablaban, buscando la
forma de atravesar lo que el muchacho visualizó como una
gran burbuja transparente.
Bajó las piernas del sofá; necesitaba ver a Hagrid con
sus propios ojos para creer que estaba vivo. Sin embargo,
apenas se hubo puesto en pie, se abrió una puerta y el guar-
dabosques entró en el salón; tenía la cara cubierta de barro
y sangre y cojeaba un poco, pero estaba milagrosamente
vivo.
—¡Harry!
Hagrid derribó dos mesitas y una aspidistra, recorrió
la distancia que los separaba en dos zancadas y abrazó al
muchacho tan fuerte que casi le partió las recién reparadas
costillas.
—Caray, Harry, ¿cómo has conseguido librarte de ésta?
Pensé que íbamos a palmarla los dos.
—Sí, yo también. No puedo creer que... —Se interrumpió
al ver a la mujer que había entrado en la habitación detrás
de Hagrid—. ¡Es usted! —exclamó, y metió rápidamente una
mano en el bolsillo, pero estaba vacío.
—Tu varita está aquí, hijo —intervino Ted dándole unos
golpecitos con ella en el brazo—. Estaba en el suelo, a tu
lado, y yo la recogí. Y esa mujer a la que estás gritando es
mi esposa.
—Oh... lo siento...
Cuando la señora Tonks se les acercó, quedó patente
que el parecido con su hermana Bellatrix era menos acusa-
do, pues tenía el cabello castaño claro y los ojos, más gran-
des, reflejaban mayor bondad. Sin embargo, se mostró un
poco altiva tras la exclamación de Harry.
—¿Qué le ha pasado a nuestra hija? —preguntó—. Ha-
grid dice que os han tendido una emboscada. ¿Dónde está
Nymphadora?
—No lo sé. Ignoramos qué ha sido de los demás.
Ted y su esposa se miraron. Al observar su expresión,
se apoderó de Harry una mezcla de miedo y remordimien-
to: si había muerto algún miembro de la Orden, sería culpa
suya y sólo suya. El había dado su consentimiento al plan y
entregado los cabellos que necesitaban para preparar la
poción...
—¡El traslador! —exclamó de pronto, recordándolo todo
de golpe—. Tenemos que ir a La Madriguera y averiguar...
Entonces podremos enviarles noticias, o... No, Tonks se las
enviará cuando...
—Seguro que Dora está bien, Dromeda —la tranquili-
zó Ted—. Sabe lo que hace; ha realizado muchas misiones
peligrosas con los aurores. El traslador está por aquí —le
indicó a Harry—. Si queréis utilizarlo, se marcha dentro de
tres minutos.
—Sí, nos vamos —dijo Harry. Cogió su mochila y se la
colgó a la espalda—. Yo... —Miró a la señora Tonks; quería
disculparse por el estado de temor en que la dejaba y del
que tan responsable se sentía, pero sólo se le ocurrían fra-
ses vanas o superficiales—. Le diré a Tonks... a Dora... que
les envíe noticias en cuanto... Gracias por ayudarnos, gra-
cias por todo. Yo...
Sintió un gran alivio cuando salió de la habitación y si-
guió a Ted Tonks por un corto pasillo que daba a un dormi-
torio. Hagrid fue tras ellos y tuvo que agacharse para no
golpearse la cabeza con el dintel de la puerta.
—Ahí está, hijo. Eso es el traslador. —Señalaba un pe-
queño cepillo de pelo de plata encima del tocador.
—Gracias —dijo Harry; estiró un brazo y puso un dedo
sobre el cepillo, listo para partir.
—Espera un momento —terció Hagrid mirando alre-
dedor—. ¿Dónde está Hedwig?
—Le... le dieron. —El recuerdo de lo ocurrido lo golpeó
fuerte; Harry se avergonzó de sí mismo y sus ojos se anega-
ron en lágrimas. La lechuza había sido su compañera, su
único vínculo con el mundo mágico cada vez que se veía
obligado a volver a casa de los Dursley.
Hagrid le dio unas palmadas de ánimo en el hombro.
—No importa, no importa —dijo con brusquedad—. Tuvo
una buena vida...
—¡Atento, Hagrid! —lo previno Ted Tonks al ver que el
cepillo emitía una luz azulada, y el hombretón le puso un
dedo encima justo a tiempo.
Harry notó una sacudida debajo del ombligo, como si le
hubieran dado un tirón con un gancho y una cuerda invisi-
bles, y se sintió lanzado al vacío, girando sobre sí mismo de
forma incontrolada, con un dedo pegado al traslador. Ambos
se alejaron a toda velocidad del señor Tonks. Unos segundos
más tarde, Harry tocó suelo firme y cayó a cuatro patas en el
patio de La Madriguera. Oyó gritos. Apartó el cepillo, que ya
no brillaba, se levantó trastabillando un poco y vio a la seño-
ra Weasley y a Ginny bajando a toda prisa los escalones de
la puerta trasera, mientras Hagrid, que también había caí-
do al aterrizar, se ponía trabajosamente en pie.
—¿Harry? ¿Eres el Harry auténtico? ¿Qué ha pasado?
¿Dónde están los otros? —gritó la señora Weasley, ansiosa.
—¿Cómo que dónde están? —preguntó Harry jadean-
do—. ¿No ha vuelto nadie?
La respuesta se leía claramente en el pálido rostro de
la señora Weasley. Entonces Harry explicó:
—Los mortífagos nos estaban esperando. Nos rodearon
en cuanto levantamos el vuelo; sabían que iba a ser esta no-
che. Pero ignoro qué les ha ocurrido a los demás. Nos persi-
guieron cuatro mortífagos y nos costó mucho librarnos de
ellos. Y después nos alcanzó Voldemort.
Harry se dio cuenta de que su voz tenía un deje supli-
cante, como si intentara justificarse o hacerle entender a
Molly por qué no sabía qué suerte habían corrido sus hijos,
pero...
—Por suerte estás bien —dijo ella, y le dio un abrazo
que el muchacho no creía merecer.
—¿Tienes un poco de coñac, Molly? —preguntó Hagrid,
algo tembloroso—. Es para fines medicinales...
La señora Weasley habría podido hacerlo aparecer me-
diante magia, pero cuando se apresuró hacia la torcida casa,
Harry comprendió que no quería que le vieran la cara. En-
tonces miró a Ginny, y ella respondió de inmediato a las pre-
guntas que el muchacho no había formulado.
—Ron y Tonks deberían haber sido los primeros en re-
gresar, pero se les escapó el traslador, que llegó sin ellos
—dijo señalando una lata de aceite oxidada que había en el
suelo—. Y ése —añadió mostrando una vieja zapatilla de
lona— era el traslador de mi padre y Fred, que deberían
haber sido los siguientes. Hagrid y tú erais los terceros, y...
—Consultó su reloj—. Si lo han conseguido, George y Lupin
deberían llegar dentro de un minuto.
La señora Weasley regresó con una botella de coñac y
se la dio a Hagrid. El guardabosques la destapó y bebió un
largo sorbo.
—¡Mira, mamá! —gritó Ginny señalando a cierta dis-
tancia.
En la oscuridad había surgido una luz azulada que fue
agrandándose y volviéndose más intensa, y entonces apa-
recieron Lupin y George, girando sobre sí mismos hasta
caer al suelo. Harry comprendió enseguida que algo iba
mal, porque Lupin sujetaba a George, que estaba incons-
ciente y tenía la cara cubierta de sangre.
Corrió hacia ellos y le cogió las piernas a George. Entre
Lupin y él lo llevaron a la casa, pasaron por la cocina y fue-
ron al salón. Una vez allí, lo tumbaron en el sofá. Cuando la
luz de la lámpara le iluminó la cabeza, Ginny sofocó un grito
y Harry notó un vuelco en el estómago: a George le faltaba
una oreja. Tenía un lado de la cabeza y el cuello empapados
de sangre, de un rojo asombrosamente intenso.
Tan pronto la señora Weasley se inclinó sobre su hijo,
Lupin agarró con brusquedad a Harry por el brazo y lo
arrastró hasta la cocina, donde Hagrid todavía estaba in-
tentando hacer pasar su enorme cuerpo por la puerta tra-
sera.
—¡Eh! —chilló Hagrid, indignado—. ¡Suéltalo! ¡Suelta
a Harry!
Lupin no le hizo caso.
—¿Qué criatura había en el rincón de mi despacho en
Hogwarts la primera vez que Harry Potter vino a verme?
—preguntó al muchacho zarandeándolo ligeramente—.
¡Contesta!
—Un... grindylow dentro de un depósito de agua, ¿no?
Lupin soltó a Harry y se apoyó contra un armario de la
cocina.
—¿Se puede saber qué te pasa? —preguntó Hagrid.
—Lo siento, Harry, pero tenía que asegurarme —se
disculpó Lupin—. Nos han traicionado. Voldemort sabía
que íbamos a trasladarte esta noche, y las únicas personas
capaces de decírselo estaban directamente implicadas en el
plan. Podrías haber sido un impostor.
—¿Y a mí por qué no me preguntas nada? —protestó
Hagrid jadeando, aún sin conseguir pasar por la puerta.
—Tú eres un semigigante. La poción multijugos sólo la
usan los humanos.
—Ningún miembro de la Orden puede haberle revela-
do a Voldemort que ibais a trasladarme esta noche —dijo
Harry. Esa idea le parecía espantosa; no concebía que nin-
guno de ellos lo hubiera hecho—. Voldemort no me ha al-
canzado hasta el final, y eso significa que no sabía a quién
tenía que perseguir. Si hubiera estado al corriente del plan,
habría sabido desde el principio que yo era quien iba con
Hagrid.
—¿Que Voldemort te ha alcanzado? —saltó Lupin—.
¿Qué ha sucedido? ¿Cómo has logrado escapar?
Harry le explicó brevemente que los mortífagos se ha-
bían percatado de que él era el Harry auténtico; entonces
dejaron de ir tras ellos y debieron de avisar a Voldemort,
que apareció cuando Hagrid y él estaban a punto de llegar
al refugio de la casa de los Tonks.
—¿Dices que te reconocieron? Pero ¿cómo? ¿Qué has he-
cho?
—Yo... —Harry intentó recordar, pero todo el trayecto
le resultaba un barullo de pánico y confusión—. Vi a Stan
Shunpike... ya sabes, el revisor del autobús noctámbulo.
Traté de desarmarlo en lugar de... porque no sabe lo que
hace, seguro. Debe de estar bajo la maldición imperius.
—¡Harry! —exclamó Lupin, mirándolo horrorizado—.
¡Los encantamientos de desarme han pasado a la historia!
¡Esa gente intentaba capturarte y matarte! ¡Si no estás pre-
parado para matar, al menos atúrdelos!
—¡Estábamos a mucha altura del suelo! ¡Stan no sabe lo
que hace, y si lo hubiera aturdido y se hubiera caído, el resul-
tado habría sido el mismo que el de una maldición asesina!
El encantamiento de desarme me salvó de Voldemort hace
dos años —añadió desafiante. Lupin le recordaba a Zacha-
rias Smith, el desdeñoso alumno de Hufflepuff que se había
burlado de él porque pretendía enseñar a los miembros del
Ejército de Dumbledore a hacer encantamientos de desarme.
—Sí, Harry —repuso Lupin haciendo un esfuerzo por
contenerse—, y muchos mortífagos te vieron hacerlo. Per-
dona que te lo diga, pero fue una acción muy inusual en
aquellas circunstancias, bajo una amenaza inminente de
muerte. Y repetirla esta noche delante de unos mortífagos
que presenciaron la primera ocasión, o han oído hablar de
ella, ha sido casi suicida.
—Entonces, ¿crees que debería haber matado a Stan
Shunpike?
—¡Por supuesto que no! Pero para los mortífagos... bue-
no, para la mayoría de la gente, francamente... ¡lo lógico ha-
bría sido que contraatacaras! El Expelliarmus es un hechizo
muy útil, Harry, pero por lo visto los mortífagos piensan que
es tu distintivo, y te ruego que no permitas que se convierta
en eso.
Lupin estaba logrando que Harry se sintiera idiota,
pero el muchacho mantuvo una actitud desafiante.
—No pienso ir por ahí matando a todo el que se inter-
ponga en mi camino —declaró—. Así es como actúa Volde-
mort.
Lo que replicó entonces Lupin no llegó a oírse porque
Hagrid, que finalmente había conseguido pasar por la puer-
ta, fue tambaleándose hasta una silla y, al sentarse, ésta se
rompió bajo su peso. Haciendo caso omiso de las palabrotas
y las disculpas del guardabosques, Harry se dirigió de nue-
vo a Lupin:
—¿Qué le ha pasado a George? ¿Se pondrá bien?
Esa pregunta hizo que toda la frustración que Harry le
había hecho sentir a Lupin se esfumara de golpe.
—Creo que sí, aunque no podrá recuperar la oreja, por-
que se la han arrancado con una maldición.
Se oyó un correteo fuera de la casa. Lupin se lanzó ha-
cia la puerta trasera y Harry, saltando por encima de las
piernas de Hagrid, echó a correr hacia el patio.
Habían aparecido dos figuras. Al acercarse, Harry se
percató de que se trataba de Hermione, que estaba recupe-
rando su aspecto normal, y Kingsley; ambos asían una tor-
cida percha para la ropa. Hermione se lanzó a los brazos de
Harry, pero Kingsley no pareció alegrarse mucho de verlos.
Por encima del hombro de Hermione, Harry vio cómo le-
vantaba su varita y apuntaba al pecho de Lupin.
—¿Cuáles fueron las últimas palabras que nos dijo Al-
bus Dumbledore?
—«Harry es nuestra única esperanza. Confiad en él»
—respondió Lupin con serenidad.
Acto seguido, Kingsley apuntó con la varita a Harry,
pero Lupin dijo:
—Es él. Ya lo he comprobado.
—De acuerdo —aceptó Kingsley, y se guardó la varita
bajo la capa—. Pero alguien nos ha traicionado. ¡Lo sabían!
¡Sabían que iba a ser esta noche!
—Eso parece —concedió Lupin—, pero por lo visto no
sabían que habría siete Harrys.
—¡Qué gran consuelo! —gruñó Kingsley—. ¿Quién más
ha vuelto?
—Sólo Harry, Hagrid, George y yo.
Hermione ahogó un grito tapándose la boca con una
mano.
—¿Qué os ha pasado? —le preguntó Lupin a Kingsley.
—Nos siguieron cinco, logramos herir a dos y creo que
maté a uno —recitó Kingsley de un tirón—. Y también vi-
mos a Quien-tú-sabes. Se unió a la persecución hacia la mi-
tad, pero no tardó mucho en esfumarse. Remus, él puede...
—... volar —intervino Harry—. Yo también lo vi. Tam-
bién nos persiguió a Hagrid y a mí.
—¡Por eso se marchó! ¡Para seguirte a ti! —exclamó
Kingsley—. No entendí por qué se había esfumado. Pero
¿por qué cambió de objetivo?
—Harry fue demasiado considerado con Stan Shunpi-
ke —explicó Lupin.
—¿Stan? —se extrañó Hermione—. ¿No estaba en Az-
kaban?
—Hermione, es obvio que se ha producido una fuga
masiva que el ministerio ha preferido no divulgar —replicó
Kingsley y soltó una amarga risotada—. A Travers se le
resbaló la capucha cuando le lancé una maldición, y se supo-
ne que él también estaba en Azkaban. ¿Y a ti, Remus, qué te
ha pasado? ¿Dónde está George?
—Ha perdido una oreja —dijo Lupin.
—¿Que ha perdido...? —terció Hermione con voz chillo-
na.
—Ha sido Snape —explicó Lupin.
—¿Snape? —saltó Harry—. No sabía que...
—También se le cayó la capucha durante la persecu-
ción. A Snape siempre se le dio bien el Sectumsempra. Me
gustaría poder decir que le he pagado con la misma mone-
da, pero tenía que sujetar a George para que no cayera de
la escoba, pues estaba perdiendo mucha sangre.
Los cuatro guardaron silencio y miraron el cielo. No ha-
bía ni rastro de movimiento; las estrellas brillaban en lo
alto, impasibles, indiferentes, pero no vieron a ninguno de sus
amigos. ¿Dónde estaba Ron? ¿Dónde Fred y el señor Weasley,
y Bill, Fleur, Tonks, Ojoloco y Mundungus?
—¡Echame una mano, Harry! —pidió Hagrid con voz ron-
ca desde la puerta, donde había vuelto a quedar atascado.
El muchacho se alegró de tener algo que hacer y lo ayu-
dó a pasar. Luego cruzó la cocina y regresó al salón, donde
la señora Weasley y Ginny seguían ocupándose de George.
Molly ya había controlado la hemorragia, y la luz de la lám-
para permitió a Harry ver un limpio agujero en el sitio don-
de antes George tenía la oreja.
—¿Cómo está?
La señora Weasley volvió la cabeza y contestó:
—No puedo hacérsela crecer otra vez, porque se la han
arrancado mediante magia oscura. Pero habría podido ser
mucho peor... Al menos está vivo.
—Sí —coincidió Harry—. Por suerte.
—Me ha parecido oír a alguien más en el patio —dijo
Ginny.
—Sí, Hermione y Kingsley —confirmó Harry.
—Menos mal... —susurró Ginny.
Se miraron. A Harry le dieron ganas de abrazarla; ni
siquiera le importaba mucho que la señora Weasley estu-
viera allí, pero antes de dejarse llevar por el impulso se oyó
un fuerte estruendo proveniente de la cocina.
—¡Te demostraré quién soy cuando haya visto a mi hijo,
Kingsley! ¡Y ahora te aconsejo que te apartes!
Harry jamás había oído gritar de esa forma al señor
Weasley, que irrumpió en el salón con la calva perlada de
sudor y las gafas torcidas. Fred iba detrás de él y ambos es-
taban pálidos pero ilesos.
—¡Arthur! —sollozó la señora Weasley—. ¡Por fin!
—¿Cómo está?
El señor Weasley se arrodilló junto a George. Por pri-
mera vez desde que Harry lo conocía, Fred no supo qué de-
cir; miraba boquiabierto la herida de su hermano gemelo
por encima del respaldo del sofá, como si no pudiera creer
lo que veían sus ojos.
George se movió un poco, despertado quizá por la llega-
da de Fred y su padre.
—¿Cómo te encuentras, Georgie? —susurró su madre.
George se palpó la cabeza con la yema de los dedos.
—Echo de menos mi lenteja —murmuró.
—¿Qué le pasa? —preguntó Fred con voz ronca, al pa-
recer profundamente consternado—. ¿Tiene afectado el ce-
rebro?
—Lenteja, oreja... —explicó George abriendo los ojos y
mirando a su hermano—. ¿No lo pillas, Fred?
Los sollozos de la señora Weasley se intensificaron, mien-
tras el color volvía al pálido rostro de Fred, que dijo:
—Patético. ¡Patético! Con el amplio abanico de posibili-
dades que ofrece la palabra «oreja», ¿tú vas y eliges «lenteja»?
—Bueno —dijo George sonriéndole a su llorosa ma-
dre—. Ahora ya podrás distinguirnos, mamá. —Volvió la ca-
beza y añadió—: Hola, Harry. Porque eres Harry, ¿no?
—Sí, soy yo. —Y se acercó más al sofá.
—Bueno, al menos hemos logrado traerte sano y salvo
—dijo George—. ¿Cómo es que ni Ron ni Bill han acudido a
mi lecho de convaleciente?
—Todavía no han vuelto, George —repuso su madre.
La sonrisa del chico se borró de sus labios.
Harry miró a Ginny y le indicó que lo acompañara fue-
ra. Cuando atravesaban la cocina, Ginny dijo en voz baja:
—Ron y Tonks ya deberían haber regresado. Su trayec-
to no era muy largo; la casa de tía Muriel no está lejos de
aquí.
Harry no contestó. Desde que llegara a La Madriguera
había intentado mantener su miedo a raya, pero ahora éste
lo invadía: lo sentía trepar por la piel, vibrarle en el pecho y
atascarle la garganta. Bajaron los escalones de la puerta
trasera y salieron al oscuro patio. Ginny le cogió la mano.
Kingsley iba de un lado para otro a grandes zancadas y
miraba el cielo cada vez que daba media vuelta. Harry se
acordó de tío Vernon paseándose por el salón y tuvo la sen-
sación de que esa imagen pertenecía a un pasado muy re-
moto. Hagrid, Hermione y Lupin estaban de pie, hombro
con hombro, mirando también el cielo. Ninguno de ellos se
volvió cuando Harry y Ginny se les unieron en esa muda vi-
gilancia.
Los minutos transcurrían con una lentitud insoporta-
ble. De repente, un leve susurro los sobresaltó, y todos se
giraron para comprobar si se había movido algún arbusto o
un árbol, con la esperanza de ver asomar entre su follaje,
ileso, a otro miembro de la Orden.
De pronto, justo encima de sus cabezas se materializó
una escoba y descendió como una centella.
—¡Son ellos! —exclamó Hermione.
Tonks aterrizó con un prolongado derrape, salpicando
tierra y guijarros en todas direcciones.
—¡Remus! —gritó la bruja al mismo tiempo que se
apeaba
de la escoba. Tambaleándose, fue a abrazar a Lupin, quien,
pálido y serio, era incapaz de articular palabra.
Ron fue dando trompicones hacia Harry y Hermione.
—¡Estás sana y salva! —farfulló antes de que Hermio-
ne se abalanzara sobre él y lo abrazara con fuerza.
—Creí... creí...
—Estoy bien —dijo Ron dándole unas palmaditas en la
espalda—. Estoy bien.
—Ron se ha comportado de una manera espectacular
—explicó Tonks con entusiasmo, y soltó a Lupin—. Impre-
sionante. Le ha lanzado un hechizo aturdidor a un mortífa-
go, directo a la cabeza, y ya sabéis que apuntar a un objetivo
en movimiento desde una escoba en vuelo...
—¿Eso has hecho? —se asombró Hermione mirando a
Ron, a quien todavía tenía abrazado por el cuello.
—Siempre ese tono de sorpresa —refunfuñó él soltán-
dose—. ¿Somos los últimos?
—No —respondió Ginny—. Todavía estamos esperan-
do a Bill y Fleur y a Ojoloco y Mundungus. Voy a decirles a
mamá y papá que estás bien, Ron. —Y entró corriendo en la
casa.
—¿Qué ha pasado? ¿Qué os ha retenido? —preguntó Lu-
pin a Tonks, casi con enfado.
—Bellatrix, ni más ni menos —contestó ella—. Me odia
tanto como a Harry; ha hecho todo lo posible por matarme.
Ojalá la hubiera pillado, porque se la debo. Pero al menos
herimos a Rodolphus. Luego fuimos a casa de la tía de Ron,
pero se nos escapó el traslador; tía Muriel estaba muy preo-
cupada por nosotros...
Lupin, a quien le temblaba un músculo del mentón,
sólo consiguió asentir.
—Y a vosotros ¿qué os ha ocurrido? —preguntó Tonks
volviéndose hacia Harry, Hermione y Kingsley.
Cada uno relató su historia, pero daba la impresión de
que la tardanza de Bill, Fleur, Ojoloco y Mundungus los ha-
bía recubierto de una especie de escarcha, y cada vez les
costaba más ignorar el frío que les imbuía.
—Tengo que volver a Downing Street; hace una hora
que debería estar allí —dijo Kingsley tras echar un último
vistazo al cielo—. Avisadme cuando vuelvan.
Lupin asintió. Kingsley se despidió de los demás con un
ademán y echó a andar hacia la verja del oscuro patio. A Ha-
rry le pareció oír un débil ¡paf! cuando el mago se desapare-
ció, justo detrás de las lindes de La Madriguera.
Los Weasley bajaron corriendo los escalones de la puer-
ta trasera, seguidos por Ginny. Abrazaron a Ron y luego se
dirigieron a Lupin y Tonks.
—Gracias por devolvernos a nuestros hijos —dijo la se-
ñora Weasley.
—No digas tonterías, Molly —replicó Tonks.
—¿Cómo se encuentra George? —preguntó Lupin.
—¿Qué le pasa a George? —inquirió Ron.
—Ha perdido...
Pero unos repentinos gritos de júbilo ahogaron la res-
puesta de la señora Weasley, porque un thestral acababa de
aparecer en el cielo. Tras descender a gran velocidad, se posó
a escasa distancia del reducido grupo. Bill y Fleur, despeina-
dos pero ilesos, se apearon del animal.
—¡Bill! ¡Menos mal! ¡Benditos los ojos que te ven!
La señora Weasley fue hacia ellos, pero Bill sólo la abra-
zó de pasada. Miró a su padre y anunció:
—Ojoloco ha muerto.
Nadie dijo nada, nadie se movió. Harry notó que algo se
desplomaba en su interior, como si algo se le cayera y, atra-
vesando el suelo, lo abandonara para siempre.
—Lo hemos visto con nuestros propios ojos —explicó
Bill. Fleur asintió; la luz proveniente de la cocina iluminaba
los surcos que las lágrimas le dejaban en las mejillas—. Ocu-
rrió justo después de que saliéramos del círculo; Ojoloco y
Dung estaban cerca de nosotros y también iban hacia el nor-
te. Voldemort puede volar, ¿sabéis?, y fue derecho hacia ellos.
Oí gritar a Dung, que se dejó dominar por el pánico; Ojoloco
intentó detenerlo, pero se desapareció. Entonces la maldi-
ción de Voldemort le dio a Ojoloco en pleno rostro; cayó hacia
atrás y... No pudimos hacer nada, nada. Nos perseguían una
docena de mortífagos... —Se le quebró la voz.
—Claro que no pudisteis hacer nada —lo consoló Lupin.
Se quedaron todos allí plantados, mirándose. Harry no
era capaz de asimilarlo: Ojoloco, muerto; no podía ser. Ojo-
loco, tan fuerte, tan valiente, el superviviente por excelen-
cia...
Al final todos cayeron en la cuenta, aunque nadie lo di-
jera, de que ya no tenía sentido seguir esperando en el patio,
de modo que siguieron en silencio a los Weasley y fueron al
salón de La Madriguera, donde encontraron a Fred y George
riendo.
—¿Qué ocurre? —preguntó Fred escudriñando sus ros-
tros—. ¿Qué ha pasado? ¿Quién...?
—Se trata de... de Ojoloco —dijo su padre—. Ha muerto.
Las sonrisas de los gemelos se convirtieron en muecas
de conmoción; parecía que nadie sabía qué hacer. Tonks llo-
raba en silencio tapándose la cara con un pañuelo (Harry
sabía que la bruja estaba muy unida al mago, pues era su
favorita y su protegida en el Ministerio de Magia), y Ha-
grid, que se había sentado en el rincón más despejado del
suelo, se enjugaba las lágrimas con un pañuelo del tamaño
de un mantel.
Bill fue al aparador y sacó una botella de whisky de
fuego y unos vasos pequeños.
—Brindemos —propuso, y con una sacudida de la varita
hizo volar los doce vasos llenos por la habitación hasta cada
uno de los presentes; cogió el suyo y lo levantó—. ¡Por Ojoloco!
—¡Por Ojoloco! —repitieron todos, y bebieron.
—¡Por Ojoloco! —brindó Hagrid con retraso, hipando.
El whisky de fuego le abrasó la garganta a Harry, pero
fue como si le devolviera la sensibilidad, disipando el entu-
mecimiento y la sensación de irrealidad e infundiéndole
algo similar al coraje.
—Conque Mundungus ha desaparecido, ¿eh? —mascu-
lló Lupin, que había vaciado su vaso de un trago.
El ambiente cambió de inmediato: todos se pusieron
tensos, observándolo. A Harry le pareció que querían oír
más pero, al mismo tiempo, temían escuchar lo que Lupin
opinase al respecto.
—Sé lo que piensas —dijo Bill—, y yo también me lo he
preguntado cuando venía hacia aquí, porque pareció cier-
tamente que los mortífagos nos estaban esperando. Pero
Mundungus no puede habernos traicionado. No sabían que
habría siete Harrys y eso los desconcertó cuando nos vieron
aparecer. Por si lo has olvidado, fue Mundungus quien pro-
puso nuestro ardid. Así que, dime, ¿por qué no iba a reve-
larles el dato más importante? Lo que pasa es que a Dung
le entró pánico, así de sencillo. El no quería venir, pero Ojo-
loco lo obligó, y Quien-tú-sabes fue directo hacia ellos; eso
habría bastado para aterrorizar a cualquiera.
—Quien-tú-sabes ha actuado exactamente como Ojolo-
co previo que haría —repuso Tonks con desdén—. Moody nos
dijo que El-que-no-debe-ser-nombrado supondría que el Ha-
rry auténtico iría con los aurores más fuertes y expertos.
Así que primero persiguió a Ojoloco y, cuando Mundungus
se delató, fue a buscar a Kingsley.
—Sí, todo eso está muy bien —intervino Fleur—, pego
no explica cómo sabían que íbamos a tgasladag a Hagy esta
noche, ¿no? Alguien debe de habeg tenido algún descuido.
A alguien se le ha debido escapag la fecha hablando con al-
gún intguso. Es la única explicación de que los mogtífagos
supiegan la fecha del plan.
Los miró uno por uno a la cara —todavía conservaba el
rastro de las lágrimas en sus hermosas mejillas—, desafian-
dolos en silencio a contradecirla. Nadie lo hizo. El único
sonido
que interrumpió el silencio fue el de los hipidos de Hagrid,
que
seguía tapándose la cara con el pañuelo. Harry lo miró; Ha-
grid era quien acababa de arriesgar su vida para salvarlo;
Hagrid, a quien quería y en quien confiaba, aquel al que en
una
ocasión habían engañado para que le diera a Voldemort
una información crucial a cambio de un huevo de dragón...
—No, no puede ser —dijo Harry con decisión, y todos lo
miraron sorprendidos. El whisky de fuego parecía amplifi-
carle la voz—. Es decir... si alguien ha cometido algún error
y revelado algún detalle del plan, estoy convencido de que
no fue su intención. No es culpa de nadie —aseguró con un
tono más fuerte del que habría empleado normalmente—.
Tenemos que confiar los unos en los otros. Yo confío en to-
dos vosotros y no creo que ninguno fuera capaz de vender-
me a Voldemort.
Se produjo otro silencio. Todos contemplaron a Harry,
que, acalorado, bebió otro sorbo de whisky de fuego sólo por
hacer algo. Entonces pensó en Ojoloco, que siempre había
sido muy mordaz respecto a la buena disposición de Dum-
bledore a confiar en la gente.
—Bien dicho, Harry —soltó de pronto Fred.
—¡Eso! ¿Lo habéis oído todos? Yo sólo a medias —bromeó
George mirando de soslayo a Fred, que tuvo que contener
una sonrisa.
Lupin miró a Harry con una extraña expresión de des-
dén, casi de lástima.
—¿Crees que estoy loco? —le preguntó Harry.
—No, lo que creo es que eres igual que James, que ha-
bría considerado que desconfiar de sus amigos era la peor
deshonra.
Harry sabía a qué se refería Lupin: a su padre lo ha-
bía traicionado uno de sus amigos, Peter Pettigrew. Sintió
una rabia irracional. Quiso discutir, pero Lupin, que ya no
lo miraba, dejó su vaso en una mesita y le dijo a Bill:
—Tenemos trabajo. Puedo pedirle a Kingsley que...
—No —lo interrumpió Bill—. Iré yo.
—¿Adonde? —preguntaron Tonks y Fleur a la vez.
—A buscar el cadáver de Ojoloco —contestó Lupin—.
Debemos recuperarlo.
—Pero ¿eso no puede...? —musitó la señora Weasley mi-
rando suplicante a su hijo Bill.
—¿Esperar? No, madre, a menos que prefieras que se
lo lleven los mortífagos.
Nadie replicó. Lupin y Bill se despidieron y salieron de
la habitación.
Los demás se dejaron caer en las sillas, todos excepto
Harry que permaneció de pie. Lo repentino e irremediable
de la muerte los acompañaba como una presencia.
—Yo también tengo que marcharme —anunció.
Diez pares de ojos se clavaron en él.
—No digas tonterías, Harry —dijo la señora Weasley—.
¿De qué estás hablando?
—No puedo quedarme aquí. —El muchacho se frotó la
frente; volvía a sentir pinchazos en la cicatriz; no le dolía
tanto desde hacía más de un año—. Mientras yo esté aquí,
todos correréis peligro. No quiero que...
—¡No seas tonto! —saltó la señora Weasley—. El prin-
cipal objetivo de esta noche era traerte aquí sano y salvo, y
por suerte lo hemos logrado. Y como Fleur ha decidido ca-
sarse aquí en vez de en Francia, lo hemos organizado todo
para estar juntos y vigilarte...
Molly no entendía que con esas palabras sólo conse-
guía que Harry se sintiera aún peor.
—Si Voldemort descubre que estoy aquí...
—Pero ¿cómo va a descubrirlo? —replicó ella.
—Podrías estar en un montón de sitios, Harry —argü-
yó su marido—. El no tiene manera de saber en qué casa
protegida te hemos escondido.
—¡No estoy preocupado por mí! —protestó Harry.
—Ya lo imaginamos —repuso el señor Weasley con cal-
ma—, pero, si te marchas, todo el esfuerzo que hemos hecho
esta noche habrá sido en vano.
—Tú no vas a ninguna parte —gruñó Hagrid—. ¡Jo, Ha-
rry! ¡Con lo que nos ha costado traerte aquí!
—Sí, ¿qué me dices de mi oreja? —intervino George in-
corporándose un poco.
—Ya sé que...
—A Ojoloco no le habría gustado que...
—¡YA LO SÉ! —bramó Harry.
Se sentía acosado y chantajeado. ¿Acaso pensaban que
no era consciente de lo que habían hecho por él? ¿No com-
prendían que precisamente por eso quería marcharse, para
que no tuvieran que sufrir más por su culpa? Hubo un largo
e incómodo silencio (durante el cual siguió notando punza-
das en la cicatriz) que por fin rompió la señora Weasley pre-
guntándole con diplomacia:
—¿Dónde está Hedwig, Harry? Si quieres, podemos lle-
varla con Pigwidgeon y darle algo de comer.
El estómago se le cerró como un puño. No era capaz de
decir la verdad, de modo que se bebió el resto del whisky
de fuego para no tener que contestar.
—Ya verás cuando se sepa que has vuelto a conseguir-
lo, Harry —dijo Hagrid—. ¡Espera a que todo el mundo se
entere de que lo rechazaste cuando ya casi te tenía!
—No fui yo —replicó Harry con voz cansina—. Fue mi
varita mágica; actuó por su cuenta.
Al cabo de unos instantes, Hermione dijo con dulzura:
—Eso es imposible. Querrás decir que hiciste magia
sin proponértelo, o que reaccionaste de forma instintiva.
—No, no —insistió Harry—. La motocicleta estaba ca-
yendo en picado y yo no sabía dónde estaba Voldemort, pero
mi varita giró en mi mano, lo encontró y le lanzó un hechi-
zo, un hechizo que ni siquiera reconocí. Yo nunca he hecho
aparecer llamas doradas.
—A veces —explicó el señor Weasley—, cuando uno se
encuentra en una situación muy comprometida, hace una
magia con la que nunca había soñado. Los niños pequeños,
por ejemplo, antes de recibir formación...
—No, no fue eso —masculló Harry apretando los dientes.
Le dolía mucho la cicatriz, y le costaba disimular su enfado y
frustración; detestaba la idea de que todos estuvieran imagi-
nando que él tenía un poder comparable al de Voldemort.
Nadie insistió, pero Harry sabía que no le creían. Y la
verdad era que nunca había oído decir que una varita hicie-
ra magia por su cuenta.
El dolor de la cicatriz era cada vez más intenso y ya
apenas podía contener los gemidos. Dijo que necesitaba to-
mar el aire, dejó su vaso y salió de la habitación.
Cuando cruzó el oscuro patio, el enorme y esquelético
thestral levantó la cabeza, agitó sus inmensas alas de mur-
ciélago y continuó paciendo. Harry se detuvo ante la verja
que daba al jardín y contempló la maleza mientras se frota-
ba la dolorida frente y pensaba en Dumbledore.
Estaba convencido de que éste le habría creído. Él ha-
bría sabido cómo y por qué la varita de Harry había actuado
por sí sola, porque él tenía respuestas para todo; además,
entendía mucho de varitas y le había explicado a Harry la
extraña relación que existía entre su varita y la de Volde-
mort... Pero Dumbledore —como Ojoloco, Sirius, sus padres
y su pobre lechuza— se había marchado y Harry nunca vol-
vería a hablar con él. Entonces notó un ardor en la garganta
que no tenía nada que ver con el whisky de fuego.
Y de pronto el dolor de la cicatriz alcanzó su punto álgi-
do. Harry se llevó las manos a la frente y cerró los ojos, mien-
tras una voz le gritaba en la cabeza:
—¡Me aseguraste que el problema se solucionaría si se
empleaba la varita de otro!
En su mente surgió la imagen de un anciano escuálido
que, envuelto en harapos, yacía en un suelo de piedra; el an-
ciano soltó un grito horrible y prolongado, un grito de inso-
portable agonía...
—¡No! ¡No! Se lo suplico, se lo suplico...
—¡Mentiste a lord Voldemort, Ollivander!
—No, yo no... Juro que no...
—¡Querías ayudar a Potter, ayudarlo a huir de mí!
—Juro que yo no... Creí que si utilizaba otra varita...
—Entonces explícame qué ha pasado. ¡La varita de Lu-
cius ha quedado destruida!
—No lo entiendo. La conexión... sólo existe... entre esas
dos varitas...
—¡Mientes!
—Por favor... se lo suplico...
Harry vio cómo la blanca mano levantaba la varita,
sintió brotar el odio de Voldemort y vio cómo el frágil ancia-
no que yacía en el suelo se retorcía de dolor...
—¡Harry!
Las imágenes desaparecieron con la misma rapidez
con que habían aparecido. El muchacho estaba plantado en
la oscuridad, temblando, aferrado a la verja del jardín; el
corazón le palpitaba y todavía notaba un hormigueo en la
cicatriz. Tardó un poco en darse cuenta de que Ron y Her-
mione estaban a su lado.
—Volvamos dentro, Harry —le susurró Hermione—.
Supongo que no seguirás pensando en marcharte, ¿ver-
dad?
—Tienes que quedarte, colega —dijo Ron dándole una
fuerte palmada en la espalda.
—¿Te encuentras bien? —preguntó Hermione, que se
había acercado para verle la cara—. ¡Tienes muy mal as-
pecto!
—Bueno —repuso Harry con voz temblorosa—, seguro
que tengo mejor aspecto que Ollivander.
Cuando terminó de contarles lo que acababa de ver, Ron
se quedó consternado, pero Hermione, completamente ate-
rrada, exclamó:
—¡Pero si eso había dejado de pasarte! La cicatriz... ¡se
suponía que no te sucedería nunca más! No debes permitir
que vuelva a abrirse esa conexión, Harry. ¡Dumbledore que-
ría que cerraras tu mente! —Y como él no contestaba, lo
agarró por el brazo y le advirtió—: ¡Se está apoderando del
ministerio, de los periódicos y de medio mundo mágico, Ha-
rry! ¡No permitas que invada también tu mente!
jueves, 15 de marzo de 2018
Capitulo 4. Los siete Potters
Harry subió corriendo a su habitación y se acercó a la ven-
tana justo a tiempo de ver cómo el coche de los Dursley sa-
lía por el camino de la casa y enfilaba la calle. Distinguió el
sombrero de copa de Dedalus en el asiento trasero, entre
tía Petunia y Dudley El coche torció a la derecha al llegar
al final de Privet Drive y los cristales de las ventanillas se
tiñeron de rojo un instante, bañados por la luz del sol po-
niente; luego se perdió de vista.
Cogió la jaula de Hedwig, la Saeta de Fuego y la mochi-
la, le echó una última ojeada a su dormitorio, mucho más
ordenado de lo habitual, y bajó otra vez con andares des-
garbados al recibidor. Dejó la jaula, la escoba y la mochila
junto al pie de la escalera. Oscurecía rápidamente y el reci-
bidor estaba quedando en penumbra. Le producía una sen-
sación extrañísima estar allí plantado, en medio de aquel
completo silencio, sabiendo que se disponía a abandonar la
casa por última vez. En otras ocasiones, cuando se quedaba
solo porque los Dursley salían a divertirse, las horas de sole-
dad suponían todo un lujo, pues iba a la cocina, cogía algo
que le apetecía de la nevera y subía para jugar con el orde-
nador de Dudley, o encendía el televisor y zapeaba a su anto-
jo. Recordando esos momentos tuvo una extraña sensación
de vacío; era como recordar a un hermano pequeño al que
hubiera perdido.
—¿No quieres echarle un último vistazo a la casa? —le
preguntó a Hedwig, que seguía enfurruñada, con la cabeza
bajo el ala—. No volveremos a pisarla, ¿sabes? ¿No te gustaría
recordar los momentos felices que hemos pasado aquí? Mira
ese felpudo, por ejemplo. ¡Qué recuerdos! Dudley vomitó en-
cima de él después de que lo salvara de los dementores. Y re-
sulta que el pobre estaba agradecido y todo, ¿te imaginas?
Y el verano pasado Dumbledore entró por esa puerta...
Harry perdió el hilo de lo que estaba diciendo y la le-
chuza no lo ayudó a recuperarlo, sino que siguió inmóvil,
sin sacar la cabeza. Harry se puso de espaldas a la puerta
de entrada.
—Y aquí, Hedwig —prosiguió, abriendo la alacena que
había debajo de la escalera—, es donde dormía antes. Tú no
me conocías cuando... ¡Caray, qué pequeña es! Ya no me acor-
daba.
Paseó la mirada por los zapatos y paraguas amontona-
dos y recordó que lo primero que veía todas las mañanas al
despertar era el interior de la escalera, casi siempre ador-
nado con una o dos arañas. En esa época todavía no conocía
su verdadera identidad ni le habían explicado cómo habían
muerto sus padres ni por qué muchas veces ocurrían cosas
extrañas en su entorno. Pero todavía recordaba los sueños
que ya entonces lo acosaban; sueños confusos en que apare-
cían destellos de luz verde, y en una ocasión (tío Vernon es-
tuvo a punto de chocar con el coche cuando se lo explicó)
una motocicleta voladora...
De pronto se oyó un rugido ensordecedor fuera de la
casa. Harry se incorporó bruscamente y se golpeó la coroni-
lla con el marco de la pequeña puerta. Se quedó quieto sólo
lo necesario para proferir algunas de las palabrotas más
selectas de tío Vernon y, frotándose la cabeza, fue tamba-
leante hasta la cocina. Miró por la ventana que daba al jar-
dín trasero.
Observó unas ondulaciones que recorrían la oscuridad,
como si el aire temblara. Entonces empezaron a aparecer
figuras, una a una, a medida que se desactivaban sus en-
cantamientos desilusionadores. Hagrid, con casco y gafas
de motorista, destacaba en medio de la escena, sentado a
horcajadas en una enorme motocicleta con sidecar negro.
Alrededor de él, otros desmontaban de sus escobas, y dos de
rllos de sendos caballos alados, negros y esqueléticos.
Harry abrió de un tirón la puerta trasera y corrió hacia
los recién llegados. En medio de un griterío de calurosos sa-
ludos, Hermione lo abrazó y Ron le dio palmadas en la es-
palda.
—¿Todo bien, Harry? —preguntó Hagrid—. ¿Listo para
pirarte?
—Ya lo creo —respondió sonriéndoles a todos—. Pero...
¡no esperaba que vinierais tantos!
—Ha habido un cambio de planes —gruñó Ojoloco, que
llevaba dos grandes sacos repletos y cuyo ojo mágico enfo-
caba alternativamente el oscuro cielo, la casa y el jardín con
una rapidez asombrosa—. Pongámonos a cubierto y luego
te lo explicaremos todo.
Harry los guió hasta la cocina. Riendo y charlando, algu-
nos se sentaron en las sillas y sobre las relucientes encimeras
de tía Petunia, y otros se apoyaron contra los impecables
electrodomésticos. Estaban: Ron, alto y desgarbado; Hermio-
ne, que se había recogido la espesa melena en una larga
trenza; Fred y George esbozando idénticas sonrisas; Bill,
con tremendas cicatrices y el pelo largo; el señor Weasley,
con expresión bondadosa, algo más calvo y con las gafas un
poco torcidas; Ojoloco, maltrecho, cojo, y cuyo brillante ojo
mágico azul se movía a toda velocidad; Tonks, con el pelo
corto y teñido de rosa, su color preferido; Lupin, con más ca-
nas y más arrugas; Fleur, esbelta y hermosa, luciendo su
larga y rubia cabellera; Kingsley, negro, calvo y ancho de
hombros; Hagrid, con el pelo y la barba enmarañados, en-
corvado para no darse contra el techo, y Mundungus Flet-
cher, alicaído, desaliñado y bajito, de mustios ojos de basset
y pelo apelmazado. Harry tuvo la impresión de que su co-
razón se agrandaba y resplandecía ante aquel panora-
ma; los quería muchísimo a todos, incluso a Mundungus, a
quien había intentado estrangular la última vez que se vie-
ron.
—Creía que estabas protegiendo al primer ministro
muggle, Kingsley —comentó.
—Puede pasar sin mí por una noche. Tú eres más im-
portante.
—¿Has visto esto, Harry? —dijo Tonks, encaramada en
la lavadora, y agitó la mano izquierda mostrándole el anillo
que lucía en un dedo.
—¿Os habéis casado? —preguntó Harry mirándola, y
luego a Lupin.
—Lamento que no pudieras asistir a la boda, Harry.
Fue una ceremonia muy discreta.
—¡Qué alegría! ¡Felici...!
—Bueno, bueno, más adelante ya habrá tiempo para
cotilleos —intervino Moody en medio del barullo, y todos se
callaron. Dejó los sacos en el suelo y se volvió hacia Ha-
rry—. Como supongo que te habrá contado Dedalus, hemos
tenido que desechar el plan A, puesto que Pius Thicknesse
se ha pasado al otro bando. Por consiguiente, nos hallamos
ante un grave problema. Ha amenazado con encarcelar a
cualquiera que conecte esta casa a la Red Flu, ubique un
traslador o entre o salga mediante Aparición. Y todo eso lo
ha hecho, en teoría, para protegerte e impedir que Quien-
tú-sabes venga a buscarte, aunque no tiene sentido, porque
el encantamiento de tu madre ya se encarga de esas funcio-
nes. Lo que ha hecho en realidad es impedir que salgas de
aquí de forma segura.
»Segundo problema: eres menor de edad, y eso significa
que todavía tienes activado el Detector.
—¿El Detector? No...
—¡El Detector, el Detector! —repitió Ojoloco, impacien-
te—. El encantamiento que percibe las actividades mági-
cas realizadas en torno a los menores de diecisiete años, y
que el ministerio emplea para descubrir las infracciones
del Decreto para la moderada limitación de la brujería en
menores de edad. Si alguno de nosotros hiciera un hechizo
para sacarte de aquí, Thicknesse lo sabría, y también los
mortífagos.
»Pero no podemos esperar a que se desactive el Detec-
tor, porque en cuanto cumplas los años perderás toda la
protección que te proporcionó tu madre. Resumiendo: Pius
Thicknesse cree que te tiene totalmente acorralado.
Harry a su pesar, estaba de acuerdo con lo que creía ese
tal Thicknesse.
—¿Y qué vamos a hacer?
—Utilizaremos los únicos medios de transporte que
nos quedan, los únicos que el Detector no puede descubrir,
porque no necesitamos hacer ningún hechizo para utilizar-
los: escobas, thestrals y la motocicleta de Hagrid.
Harry entrevio algunos fallos en ese plan; sin embargo,
no dijo nada y dejó que Ojoloco siguiera con su explicación.
—Veamos. El encantamiento de tu madre sólo puede
romperse si se dan dos circunstancias: que alcances la ma-
yoría de edad, o... —Moody abarcó con un gesto del brazo
toda la inmaculada cocina— que ya no llames hogar a esta
casa. Tus tíos y tú vais a tomar distintos caminos esta no-
che, conscientes de que nunca volveréis a vivir juntos, ¿co-
rrecto? —Harry asintió—. De modo que esta vez, cuando te
marches, ya no podrás regresar, y el encantamiento se rom-
perá apenas salgas de su radio de alcance. Así pues, hemos
decidido romperlo antes de hora, porque la otra opción es
esperar a que Quien-tú-sabes venga aquí y te capture el día
de tu cumpleaños.
»Lo único que tenemos a nuestro favor es que Quien-
tú-sabes ignora que vamos a trasladarte esta noche, por-
que hemos dado una pista falsa al ministerio: creen que no
te marcharás hasta el día treinta. Sin embargo, estamos
hablando de Quien-tú-sabes, así que no podemos fiarnos
simplemente de que él tenga la fecha equivocada; seguro
que hay un par de mortífagos patrullando el cielo por esta
zona, por si acaso. Por eso les hemos dado la mayor protec-
ción a una docena de casas diferentes. Todas parecen un
buen sitio donde esconderte y todas tienen alguna relación
con la Orden: mi propia casa, la de Kingsley, la de tía Mu-
riel... Me sigues, ¿verdad?
—Sí... sí —contestó Harry, no del todo sincero, porque
todavía veía un gran fallo en el plan.
—Muy bien. Pues irás a la casa de los padres de Tonks.
Cuando te encuentres dentro de los límites de los sortilegios
protectores que hemos puesto en esa casa, podrás utilizar
un traslador para llegar a La Madriguera. ¿Alguna pre-
gunta?
—Pues... sí. Quizá al principio ellos no sepan a cuál de
las doce casas seguras voy a ir, pero ¿no resultará evidente
cuando... —hizo un rápido recuento— vean a catorce perso-
nas volando hacia la casa de los padres de Tonks?
—¡Vaya —masculló Moody—, se me ha olvidado men-
cionar la clave fundamental! Es que no verán a catorce per-
sonas volando hacia la casa de los padres de Tonks, porque
habrá siete Harry Potters surcando el cielo esta noche, cada
uno con un acompañante, y cada pareja se dirigirá a una
casa segura diferente.
Moody sacó de su capa un frasco que contenía un líqui-
do parecido al barro. Y no hizo falta que dijera nada más:
Harry comprendió de inmediato el resto del plan.
—¡No! —gritó, y su voz resonó en la cocina—. ¡Ni ha-
blar!
—Ya les advertí que te lo tomarías así —intervino Her-
mione con un deje de autocomplacencia.
—¡Si creéis que voy a permitir que seis personas se jue-
guen la vida...!
—Como si fuera la primera vez que lo hacemos —terció
Ron.
—¡Esto es diferente! ¡Haceros pasar por mí, vaya idea!
—Mira, a nadie le hace mucha gracia, Harry —dijo Fred
con seriedad—. Imagínate que algo sale mal y nos quedamos
convertidos en unos imbéciles canijos y con gafitas para toda
la vida.
Harry no sonrió y razonó:
—No podréis hacerlo si yo no coopero. Necesitáis pelo
de mi cabeza.
—¡Vaya! Eso echa por tierra nuestro plan —intervino
George—. Es evidente que no hay ninguna posibilidad de
que entre todos te arranquemos unos cuantos pelos.
—Sí, claro, trece contra uno que ni siquiera puede em-
plear la magia. Lo tenemos muy mal, ¿eh? —añadió Fred.
—Muy gracioso —le espetó Harry—. Me parto de risa.
—Si hemos de hacerlo por la fuerza, lo haremos —gruñó
Moody y su ojo mágico tembló un poco mientras miraba fija-
mente a Harry—. Todos los que estamos aquí somos mayo-
res de edad, Potter, y estamos dispuestos a correr el riesgo.
Mundungus se encogió de hombros e hizo una mueca;
el ojo mágico se desvió hacia un lado para observarlo.
—Será mejor que no sigamos discutiendo. El tiempo
pasa. Arráncate ahora mismo unos pelos, muchacho.
—Esto es una locura. No hay ninguna necesidad de...
—¿Que no hay ninguna necesidad? —gruñó Moody—.
¿Con Quien-tú-sabes campando a sus anchas y con medio
ministerio en su bando? Con suerte, Potter, se habrá traga-
do el cuento y se estará preparando para tenderte una em-
boscada el día treinta, pero sería estúpido si no ha enviado
un par de mortífagos a vigilarte: eso es lo que haría yo. Qui-
zá no consigan cogerte ni entrar aquí mientras funcione el
encantamiento de tu madre, pero está a punto de romperse,
y ellos conocen más o menos la ubicación de la casa. Lo úni-
co que podemos hacer es usar señuelos. Ni siquiera Quien-
l,ú-sabes puede dividirse en siete.
Harry echó un rápido vistazo a Hermione y desvió la
mirada.
—Así que... los pelos, Potter, por favor.
Entonces el muchacho miró a Ron, que le sonrió como
diciéndole: «Va, dáselos, hombre.»
—¡Ahora mismo! —ordenó Moody.
Con todas las miradas fijas en él, Harry se llevó una
mano a la cabeza y se arrancó varios pelos.
—Muy bien —dijo Moody y, cojeando, se acercó y quitó
el tapón del frasco—. Mételos aquí.
Harry lo hizo. En cuanto entraron en contacto con aque-
lla poción semejante al barro, ésta produjo espuma y humo,
y de repente se tornó de un color dorado, limpio y brillan-
te.
—¡Oh! Estás mucho más apetitoso que Crabbe y Goyle,
Harry —observó Hermione y Ron arqueó las cejas; enton-
ces ella se sonrojó ligeramente y añadió—: Bueno, ya sabes
a qué me refiero; la poción de Goyle parecía de mocos.
—Muy bien. Que los falsos Potters se pongan en fila
aquí —indicó Moody.
Ron, Hermione, Fred, George y Fleur formaron una
fila enfrente del reluciente fregadero de tía Petunia.
—Falta uno —observó Lupin.
—Está aquí —indicó Hagrid con aspereza. Levantó a
Mundungus por la nuca y lo puso al lado de Fleur, que arru-
gó la nariz sin disimulo y se colocó entre Fred y George.
—Ya os lo dije, prefiero ir de escolta —protestó Mun-
dungus.
—Cállate —ordenó Moody—. Como ya te he explicado,
gusano asqueroso, si nos encontramos a algún mortífago, éste
intentará capturar a Potter, pero no matarlo. Dumbledore
siempre dijo que Quien-tú-sabes quería acabar con Potter
personalmente. Así pues, los que corren mayor riesgo son los
escoltas, porque a ellos los mortífagos sí intentarán matar-
los.
Esta explicación no tranquilizó demasiado a Mundun-
gus, pero Moody ya había sacado media docena de copitas
—del tamaño de una huevera— de debajo de su capa y, tras
verter en ellas un poco de poción multijugos, se las fue dan-
do a cada uno.
—Vamos, todos a un tiempo...
Ron, Hermione, Fred, George, Fleur y Mundungus be-
bieron. En cuanto tragaron la poción se pusieron a hacer
muecas y dar boqueadas, y a continuación las facciones se
les deformaron y les borbotearon como si fueran de cera ca-
liente: Hermione y Mundungus se estiraron; Ron, Fred y
George, en cambio, menguaron y el cabello se les oscureció,
mientras que a Hermione y Fleur se les echó hacia atrás
adherido al cráneo.
Moody que no parecía en absoluto preocupado, se puso
a desatar los nudos de los voluminosos sacos que había lle-
vado consigo. Cuando volvió a enderezarse, había seis Ha-
rry Potters boqueando y jadeando ante él.
Fred y George se miraron y exclamaron al unísono:
—¡Vaya! ¡Somos idénticos!
—Sí, pero no sé, creo que aun así yo soy más guapo
—alardeó Fred examinando su reflejo en la tetera.
—¡Bah! —dijo Fleur mirándose en la puerta del mi-
croondas—. No me migues, Bill. Estoy hogogosa.
—Aquí tengo ropa de talla más pequeña para aquellos
a los que se os haya quedado un poco amplia —dijo Moody
.señalando el primer saco—, y viceversa. No os olvidéis de
las gafas: hay seis pares en el bolsillo lateral. Y cuando os
hayáis vestido, en el otro saco encontraréis el equipaje.
El Harry auténtico pensó que aquello era lo más raro
que había visto jamás, y eso que había visto cosas rarísi-
mas. Se quedó mirando cómo sus seis clones rebuscaban en
los sacos, sacaban prendas, se ponían las gafas y guarda-
ban sus propias cosas. Cuando todos empezaron a desnu-
darse sin ningún recato, le habría gustado pedirles que
tuvieran un poco más de respeto por su intimidad, pues pa-
recían más cómodos exhibiendo el cuerpo de Harry de lo
que se habrían sentido mostrando el suyo propio.
—Ya sabía yo que Ginny mentía sobre lo de ese tatuaje
—comentó Ron mirándose el torso desnudo.
—Oye, Harry, tienes la vista fatal, ¿eh? —dijo Hermio-
ne al ponerse las gafas.
Una vez vestidos, cada uno de los falsos Harrys cogió
del segundo saco una mochila y una jaula que contenía una
lechuza blanca disecada.
—Estupendo —murmuró Moody cuando por fin siete
I larrys vestidos, con gafas y cargados con el equipaje se co-
locaron ante él—. Las parejas serán las siguientes: Mun-
dungus viajará conmigo, en escoba...
—¿Por qué tengo que ir yo contigo? —gruñó el Harry
que estaba más cerca de la puerta trasera.
—Porque eres el único del que no me fío —le espetó
Moody, y con su ojo mágico, efectivamente, no dejó de obser-
varlo mientras continuaba—: Arthur y Fred...
—Yo soy George —aclaró el gemelo al que Moody esta-
ba señalando—. ¿Tampoco nos distingues cuando nos hace-
mos pasar por Harry?
—Perdona, George...
—¡Ja! Sólo te estaba tomando el pelo. Soy Fred.
—¡Basta de bromas! —gruñó Moody—. El otro (Geor-
ge, Fred o quienquiera que sea) va con Remus. Señorita De-
lacour...
—Yo llevaré a Fleur en un thestral —se adelantó Bill—.
No le gustan las escobas.
Fleur se puso al lado de su prometido y le dirigió una
mirada sumisa y sensiblera. Harry suplicó que aquella ex-
presión jamás volviera a aparecer en su cara.
—La señorita Granger irá con Kingsley, también en
thestral...
Hermione sonrió aliviada a Kingsley. Harry sabía que
ella tampoco se sentía muy segura encima de una escoba.
—¡Sólo quedamos tú y yo, Ron! —exclamó Tonks, derri-
bando un soporte de tazas al hacerle señas con la mano.
Ron no parecía tan satisfecho como Hermione.
—Y tú vienes conmigo, Harry. ¿Te parece bien? —dijo
Hagrid con cierta aprensión—. Iremos en la motocicleta,
porque ni las escobas ni los thestrals soportan mi peso. Pero
no queda mucho espacio en el asiento, así que tendrás que
viajar en el sidecar.
—Genial —dijo Harry con escasa sinceridad.
—Creemos que los mortífagos supondrán que vas en
escoba —explicó Moody como si le hubiera leído el pensa-
miento—. Snape ha tenido mucho tiempo para contarles
hasta el mínimo detalle sobre ti, así que si tropezamos con
alguno de ellos, lo lógico es que persiga al Potter que dé la
sensación de ir más cómodo encima de la escoba. Muy bien
—murmuró mientras cerraba el saco con la ropa que se ha-
bían quitado los falsos Potters y los precedía hacia la puer-
ta—. Faltan unos tres minutos para partir. No tiene sentido
que cerremos la puerta, porque eso no impedirá entrar a
los mortífagos cuando vengan a buscarte. ¡Vamos!
Harry pasó por el recibidor para recoger la mochila, la
Saeta de Fuego y la jaula de Hedwig antes de reunirse con
los demás en el oscuro jardín trasero. Vio varias escobas
saltando a las manos de sus conductores; Kingsley ya había
ayudado a Hermione a montar en la grupa de un enorme
thestral negro, y Bill había hecho lo propio con Fleur para
instalarla en el suyo. Hagrid estaba plantado junto a la mo-
tocicleta, con las gafas de motorista puestas.
—¿Es ésta? Pero... pero ¿no es la motocicleta de Sirius?
—Así es —confirmó Hagrid con satisfacción—. Y la úl-
tima vez que montaste en ella cabías en la palma de mi
mano, Harry.
El chico se sintió un poco ridículo cuando se metió en el
sidecar, pues se hallaba varios palmos más abajo que todos
los demás. Ron compuso una sonrisita al verlo allí sentado,
como un crío en un auto de choque. Harry dejó la mochila
y la escoba en el suelo, entre los pies, y se puso la jaula de
Hedwig entre las rodillas. Estaba sumamente incómodo.
—Arthur le ha hecho unos pequeños ajustes —comen-
tó Hagrid sin reparar en la incomodidad de su pasajero.
Enseguida se montó en la motocicleta, que crujió un poco y
se hundió unos centímetros en el suelo—. Ahora lleva algu-
nos trucos en el manillar. Ese de ahí fue idea mía. —Con un
grueso dedo, señaló un botón morado al lado del velocíme-
tro.
—Ten cuidado, Hagrid, te lo suplico —le advirtió el se-
ñor Weasley, que estaba de pie a su lado sujetando la esco-
ba que iba a utilizar—. Todavía no estoy seguro de que eso
fuera aconsejable, y, desde luego, sólo hay que usarlo en caso
de emergencia.
—¡Atención! —dijo Moody—. Todo el mundo prepara-
do, por favor. Quiero que salgamos todos al mismo tiempo, o
la maniobra de distracción no servirá para nada.
Las cuatro parejas que iban a viajar en escoba monta-
ron en ellas.
—Sujétate fuerte, Ron —aconsejó Tonks, y Harry se
fijó en que su amigo le lanzaba una mirada furtiva y culpa-
ble a Lupin antes de agarrarse con ambas manos a la cintu-
ra de la bruja.
Hagrid puso en marcha la motocicleta, que rugió como
un dragón, y el sidecar vibró. (
—¡Buena suerte a todos! —gritó Moody—. Nos vere-
mos dentro de una hora en La Madriguera. ¡Contaré hasta
tres! ¡Uno... dos... TRES!
La motocicleta arrancó con un rugido atronador y el si-
decar dio una fuerte sacudida. Al elevarse a gran velocidad,
a Harry le lloraron un poco los ojos y el viento le echó atrás
el cabello despejándole la cara. Alrededor de él, las escobas
ascendieron también, y un thestral lo rozó levemente con la
larga cola negra al pasar por su lado. Le dolían las piernas
y las notaba entumecidas, apretujadas al haber colocado en-
tre ellas la jaula de Hedwig, la Saeta de Fuego y la mochila.
Iba tan incómodo que casi se le olvidó echar un último vista-
zo al número 4 de Privet Drive, pero cuando se asomó por el
borde del sidecar ya no logró distinguir la casa. Siguieron
ganando más y más altura...
Y de pronto se vieron rodeados. Al menos treinta figu-
ras encapuchadas, aparecidas de la nada, se mantenían
suspendidas en el aire formando un amplio círculo en me-
dio del cual los miembros de la Orden se habían metido sin
darse cuenta...
Chillidos, una llamarada de luz verde a cada lado... Ha-
grid soltó un grito y la motocicleta se puso boca abajo. Harry
perdió el sentido del espacio: veía las farolas de la calle por
encima de la cabeza, oía gritos alrededor y se agarraba de-
sesperadamente al sidecar. Sus cosas le resbalaron entre las
rodillas...
—¡No! ¡HEDWIG!
La escoba cayó girando sobre sí misma, pero Harry
consiguió atrapar el asa de la mochila y sujetar la jaula, al
mismo tiempo que la motocicleta volvía a girar y se coloca-
ba en la posición correcta. Hubo un segundo de alivio... y
luego otro destello de luz verde. La lechuza chilló y se des-
plomó en la jaula.
—¡No! ¡NOOO!
Hagrid aceleró y Harry vio cómo los encapuchados mor-
tífagos se dispersaban ante la motocicleta, que arremetía a
toda velocidad contra el círculo que habían formado.
—¡Hedwig! ¡Hedwig!
La lechuza, inmóvil y patética como un juguete, yacía
al fondo de la jaula. Pero Harry no podía ocuparse de su
mascota; en ese momento, su mayor preocupación era la
suerte de los demás. Miró hacia atrás y vio un enjambre de
personas en movimiento, destellos de luz verde y dos pare-
jas montadas en sendas escobas que se alejaban a toda ve-
locidad, pero no las reconoció.
—¡Tenemos que dar media vuelta, Hagrid! ¡Tenemos que
volver! —gritó por encima del estruendo del motor. Sacó su
varita mágica y dejó la jaula en el suelo, resistiéndose a creer
que la lechuza hubiese muerto—. ¡DA MEDIA VUELTA, HAGRID!
—¡Mi misión es llevarte allí sano y salvo, Harry! —bra-
mó Hagrid, y aceleró aún más.
—¡Detente! ¡DETENTE! —chilló Harry. Pero cuando vol-
vió a mirar atrás, dos chorros de luz verde pasaron rozándo-
le la oreja izquierda: cuatro mortífagos se habían separado
del círculo y los perseguían apuntando con sus varitas a la
ancha espalda de Hagrid.
El guardabosques hizo un viraje brusco, pero los mortí-
fagos se acercaban peligrosamente; no cesaban de lanzar-
les maldiciones y Harry tuvo que agacharse para evitarlas.
Retorciéndose en el asiento, gritó «¡Desmaius!» y su varita
despidió un rayo de luz roja que abrió una brecha entre sus
cuatro perseguidores, que se separaron para eludir el en-
cantamiento.
—¡Sujétate, Harry! ¡Se van a enterar! —rugió Hagrid,
y el muchacho alcanzó a ver cómo el guardabosques apreta-
ba con un grueso dedo el botón verde situado junto al indi-
cador de la gasolina.
Por el tubo de escape salió una pared, una sólida pared
de ladrillo. Harry estiró el cuello y vio cómo la pared se ex-
tendía por el cielo. Tres mortífagos viraron a tiempo y la es-
quivaron, pero el cuarto no tuvo tanta suerte: se perdió de
vista y de súbito cayó como una piedra por detrás de la pared,
con la escoba hecha añicos. Uno de sus compinches intentó
socorrerlo, pero tanto ellos como el muro volador desapare-
cieron en la oscuridad. Hagrid se inclinó sobre el manillar y
volvió a acelerar.
Los otros dos mortífagos seguían lanzando maldicio-
nes asesinas que pasaban rozándole la cabeza a Harry.
Este respondió con más hechizos aturdidores: el rojo y el
verde chocaban en el aire produciendo una lluvia de chis-
pas multicolores que le recordaron los fuegos artificiales.
¡Y pensar que los muggles que vivían allá abajo no tenían
ni idea de lo que estaba pasando!
—¡Vamos allá, Harry! ¡Agárrate bien! —-gritó Hagrid, y
pulsó otro botón.
Esta vez una gran red salió por el tubo de escape, pero
los mortífagos estaban alertas y la esquivaron. Y el que ha-
bía reducido la marcha para socorrer a su camarada, sur-
giendo de pronto de la oscuridad, los había alcanzado ya.
De modo que los tres siguieron persiguiendo la motocicleta
y lanzando a sus ocupantes una maldición tras otra.
—¡Esto los detendrá, Harry! ¡Sujétate fuerte! —bramó
Hagrid, y el chico vio cómo apretaba con toda la mano el bo-
tón morado.
Con un inconfundible fragor, un chorro de fuego de dra-
gón —blanco y azul— brotó del tubo de escape. El vehículo
salió despedido hacia delante como una bala y produjo un
ruido de metal desgarrándose. Harry vio cómo los mortífa-
gos se alejaban virando para esquivar la letal estela de
llamas,
y al mismo tiempo notó que el sidecar oscilaba amenazado-
ramente: la pieza que lo sujetaba a la motocicleta se había
rajado debido a la fuerza de la aceleración.
—¡No pasa nada, Harry! —gritó el guardabosques, brus-
camente inclinado hacia atrás por el repentino incremento
de la velocidad. Pero ya no dirigía la motocicleta y el side-
car daba fuertes bandazos a su cola—. ¡Yo lo arreglaré, no
te preocupes! —chilló, y del bolsillo de la chaqueta sacó su
paraguas rosa con estampado de flores.
—¡Hagrid! ¡No! ¡Déjame a mí!
—¡REPARO!
Se oyó un estallido ensordecedor y el sidecar se soltó
por completo. Harry salió despedido hacia delante, propul-
sado por el impulso de la motocicleta, y el sidecar fue per-
diendo altura...
Desesperado, Harry intentó arreglarlo con su varita y
gritó:
—¡Wingardium leviosa!
El sidecar se elevó como si fuera de corcho; Harry no
podía dirigirlo, pero al menos no caía. Sin embargo, el chico
sólo tuvo ese momento de respiro, porque los mortífagos se
les echaron encima de nuevo.
—¡Ya voy, Harry! —gritó Hagrid desde la oscuridad, pero
el muchacho vio que el sidecar comenzaba a perder altura
otra vez.
Se agachó cuanto pudo, apuntó a sus tres perseguido-
res con la varita y gritó:
—¡Impedimenta!
El embrujo le dio en el pecho al mortífago del medio. El
individuo se quedó suspendido en el aire con los brazos y
las piernas extendidos, en una postura ridicula, como si se
hubiera empotrado contra una barrera invisible, y uno de
sus compinches estuvo a punto de chocar con él...
Entonces el sidecar se precipitó en picado. Uno de los
mortífagos que seguía persiguiéndolos lanzó una maldición
que pasó rozando a Harry. El muchacho se agachó brusca-
mente en el hueco del sidecar y, al hacerlo, se golpeó los dien-
tes contra el canto del asiento.
—¡Ya voy, Harry! ¡Ya voy!
Una mano enorme lo agarró por la espalda de la túnica
y lo levantó, sacándolo del sidecar, que continuaba cayendo
a plomo. Consiguió coger la mochila y se las ingenió para
trepar al asiento de la motocicleta, hasta que se encontró
instalado detrás de Hagrid, espalda contra espalda. Mien-
tras ascendían a toda velocidad, alejándose de los dos mortí-
fagos restantes, Harry escupió sangre, apuntó con su varita
al sidecar y gritó:
—¡Confringo!
El sidecar explotó y Harry sintió una tremenda punza-
da de dolor por Hedwig, como si le arrancaran las entrañas.
El mortífago más cercano cayó de su escoba y se perdió de
vista; su compinche cayó también y se desvaneció.
—¡Lo siento, Harry, lo siento! —gimió Hagrid—. No debí
intentar repararlo yo mismo... Ahí no tienes sitio...
—¡No pasa nada! ¡Sigue volando! —le gritó Harry al ver
que otros dos mortífagos surgían de la oscuridad y se les apro-
ximaban.
Hagrid viraba hacia uno y otro lado, zigzagueando, mien-
tras las maldiciones volvían a destellar en el espacio que los
separaba de sus perseguidores. Harry comprendió que Ha-
grid no se atrevía a apretar el botón del fuego de dragón por
temor a que él resbalara del asiento, de modo que no cesó de
lanzar un hechizo aturdidor tras otro contra los mortífagos,
pero a duras penas lograba repelerlos. Entonces les arrojó
otro embrujo bloqueador. El mortífago más cercano viró para
zafarse y le resbaló la capucha. Al iluminarlo la luz roja del
siguiente hechizo aturdidor, Harry distinguió la cara extra-
ñamente inexpresiva de Stanley Shunpike, Stan.
—¡Expelliarmus! —bramó Harry.
—¡Es él! ¡Es él! ¡Es el auténtico!
El grito del mortífago encapuchado llegó a oídos del
muchacho pese al rugido de la motocicleta. Al cabo de un
instante, ambos perseguidores se habían quedado atrás y
perdido de vista.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Hagrid—. ¿Dónde se
han metido?
—¡No lo sé!
Pero Harry estaba asustado: el mortífago encapuchado
había gritado «es el auténtico»; ¿cómo lo había descubierto?
Miró alrededor escudriñando el oscuro cielo, aparentemen-
te vacío, y tuvo miedo. ¿Dónde se habían metido los mortí-
fagos?
Se dio la vuelta en el asiento, se colocó mirando al fren-
te y se sujetó a la espalda de Hagrid.
—¡Suelta el fuego de dragón otra vez, Hagrid! ¡Largué-
monos de aquí!
—¡Agárrate fuerte, chico!
Volvió a oírse un rugido ensordecedor y Harry resbaló
hacia atrás en el poco trozo de asiento que le quedaba. Ha-
grid también salió despedido hacia atrás y aplastó a su pa-
sajero, aunque se sujetó por los pelos al manillar.
—¡Me parece que los hemos despistado, Harry! ¡Lo he-
mos conseguido! —gritó el guardabosques.
Pero Harry no estaba tan convencido. Presa del miedo,
siguió mirando a derecha e izquierda en busca de persegui-
dores, pues sabía que volverían. ¿Por qué se habían retira-
do? Uno de ellos todavía conservaba su varita. «Es él, es el
auténtico», habían gritado después de que intentara desar-
mar a Stan.
—¡Ya estamos llegando, Harry! ¡Casi lo hemos logrado!
—exclamó Hagrid.
El muchacho notó que la motocicleta descendía un poco,
aunque las luces que se distinguían abajo todavía eran como
estrellas remotas.
De repente, la cicatriz de la frente comenzó a arderle
como si fuera fuego. En ese momento aparecieron dos mor-
tífagos, uno a cada lado de la motocicleta, y dos maldiciones
asesinas lanzadas desde atrás pasaron rozándolo.
Y entonces lo vio: Voldemort volaba como el humo en el
viento, sin escoba ni thestral que lo sostuviera; su rostro de
serpiente destacaba en la oscuridad y sus blancos dedos vol-
vían a levantar la varita...
Hagrid soltó un chillido de pánico y lanzó la motocicle-
ta en un descenso en picado. Agarrándose con todas sus
fuerzas, Harry arrojó hechizos aturdidores a diestro y si-
niestro. Vio pasar a alguien volando por su lado y compren-
dió que había alcanzado a uno, pero entonces oyó un fuerte
golpe y observó que salían chispas del motor. La motocicle-
ta comenzó a caer trenzando una espiral, fuera de control...
Los mortífagos continuaban lanzándoles chorros de luz
verde. Harry no tenía ni idea de dónde era arriba y dónde
abajo; seguía ardiéndole la cicatriz y suponía que moriría en
cualquier momento. Un encapuchado montado en una esco-
ba llegó a escasos palmos de él, levantó un brazo y...
—¡NO!
Con un grito de furia, Hagrid soltó el manillar y se aba-
lanzó sobre el encapuchado. Harry, horrorizado, vio que el
guardabosques y el mortífago caían y se perdían de vista,
porque el peso de ambos era excesivo para la escoba...
Mientras se sujetaba con las rodillas a la motocicleta,
que seguía cayendo, oyó gritar a Voldemort:
—¡Ya es mío!
Todo había terminado. Harry ya no veía ni percibía
dónde estaba su enemigo, pero distinguió cómo otro mortí-
fago se apartaba y oyó:
—¡Avada...!
El dolor de la cicatriz obligó a Harry a cerrar los ojos, y
entonces su varita actuó por sí sola. Percibió que ésta tira-
ba de su mano, como si fuera un potente imán; vislumbró
una llamarada de fuego dorado a través de los entrecerra-
dos párpados y oyó un estruendo y un chillido de rabia. El
mortífago que quedaba gritó y Voldemort chilló: «¡No!» En
ese momento el muchacho se dio cuenta de que tenía la na-
riz casi pegada al botón del fuego de dragón: lo apretó con
una mano y la motocicleta volvió a lanzar llamas hacia
atrás y se precipitó derecha hacia el suelo.
—¡Hagrid! —chilló Harry sujetándose desesperadamen-
te—. ¡Hagrid! ¡Accio Hagrid!
La motocicleta aceleró aún más, atraída por la fuerza
de la gravedad. Con la cara a la altura del manillar, Harry
sólo veía luces lejanas que se acercaban más y más. Iba a
estrellarse y no podría evitarlo. Oyó otro grito a sus espal-
das...
—¡Tu varita, Selwyn! ¡Dame tu varita!
Sintió la presencia de Voldemort antes de verlo. Miró
de refilón, vio los encarnados ojos de su enemigo y tuvo la
certeza de que eso sería lo último que vería: a Voldemort
preparándose para lanzarle otra maldición...
Pero de pronto éste se desvaneció. Harry miró hacia
abajo y vio a Hagrid tumbado en el suelo con los brazos y las
piernas extendidos. El muchacho tiró con todas sus fuerzas
del manillar para no chocar contra él y buscó a tientas el fre-
no, pero se estrelló en una ciénaga con un estruendo desga-
rrador, haciendo temblar el suelo.
tana justo a tiempo de ver cómo el coche de los Dursley sa-
lía por el camino de la casa y enfilaba la calle. Distinguió el
sombrero de copa de Dedalus en el asiento trasero, entre
tía Petunia y Dudley El coche torció a la derecha al llegar
al final de Privet Drive y los cristales de las ventanillas se
tiñeron de rojo un instante, bañados por la luz del sol po-
niente; luego se perdió de vista.
Cogió la jaula de Hedwig, la Saeta de Fuego y la mochi-
la, le echó una última ojeada a su dormitorio, mucho más
ordenado de lo habitual, y bajó otra vez con andares des-
garbados al recibidor. Dejó la jaula, la escoba y la mochila
junto al pie de la escalera. Oscurecía rápidamente y el reci-
bidor estaba quedando en penumbra. Le producía una sen-
sación extrañísima estar allí plantado, en medio de aquel
completo silencio, sabiendo que se disponía a abandonar la
casa por última vez. En otras ocasiones, cuando se quedaba
solo porque los Dursley salían a divertirse, las horas de sole-
dad suponían todo un lujo, pues iba a la cocina, cogía algo
que le apetecía de la nevera y subía para jugar con el orde-
nador de Dudley, o encendía el televisor y zapeaba a su anto-
jo. Recordando esos momentos tuvo una extraña sensación
de vacío; era como recordar a un hermano pequeño al que
hubiera perdido.
—¿No quieres echarle un último vistazo a la casa? —le
preguntó a Hedwig, que seguía enfurruñada, con la cabeza
bajo el ala—. No volveremos a pisarla, ¿sabes? ¿No te gustaría
recordar los momentos felices que hemos pasado aquí? Mira
ese felpudo, por ejemplo. ¡Qué recuerdos! Dudley vomitó en-
cima de él después de que lo salvara de los dementores. Y re-
sulta que el pobre estaba agradecido y todo, ¿te imaginas?
Y el verano pasado Dumbledore entró por esa puerta...
Harry perdió el hilo de lo que estaba diciendo y la le-
chuza no lo ayudó a recuperarlo, sino que siguió inmóvil,
sin sacar la cabeza. Harry se puso de espaldas a la puerta
de entrada.
—Y aquí, Hedwig —prosiguió, abriendo la alacena que
había debajo de la escalera—, es donde dormía antes. Tú no
me conocías cuando... ¡Caray, qué pequeña es! Ya no me acor-
daba.
Paseó la mirada por los zapatos y paraguas amontona-
dos y recordó que lo primero que veía todas las mañanas al
despertar era el interior de la escalera, casi siempre ador-
nado con una o dos arañas. En esa época todavía no conocía
su verdadera identidad ni le habían explicado cómo habían
muerto sus padres ni por qué muchas veces ocurrían cosas
extrañas en su entorno. Pero todavía recordaba los sueños
que ya entonces lo acosaban; sueños confusos en que apare-
cían destellos de luz verde, y en una ocasión (tío Vernon es-
tuvo a punto de chocar con el coche cuando se lo explicó)
una motocicleta voladora...
De pronto se oyó un rugido ensordecedor fuera de la
casa. Harry se incorporó bruscamente y se golpeó la coroni-
lla con el marco de la pequeña puerta. Se quedó quieto sólo
lo necesario para proferir algunas de las palabrotas más
selectas de tío Vernon y, frotándose la cabeza, fue tamba-
leante hasta la cocina. Miró por la ventana que daba al jar-
dín trasero.
Observó unas ondulaciones que recorrían la oscuridad,
como si el aire temblara. Entonces empezaron a aparecer
figuras, una a una, a medida que se desactivaban sus en-
cantamientos desilusionadores. Hagrid, con casco y gafas
de motorista, destacaba en medio de la escena, sentado a
horcajadas en una enorme motocicleta con sidecar negro.
Alrededor de él, otros desmontaban de sus escobas, y dos de
rllos de sendos caballos alados, negros y esqueléticos.
Harry abrió de un tirón la puerta trasera y corrió hacia
los recién llegados. En medio de un griterío de calurosos sa-
ludos, Hermione lo abrazó y Ron le dio palmadas en la es-
palda.
—¿Todo bien, Harry? —preguntó Hagrid—. ¿Listo para
pirarte?
—Ya lo creo —respondió sonriéndoles a todos—. Pero...
¡no esperaba que vinierais tantos!
—Ha habido un cambio de planes —gruñó Ojoloco, que
llevaba dos grandes sacos repletos y cuyo ojo mágico enfo-
caba alternativamente el oscuro cielo, la casa y el jardín con
una rapidez asombrosa—. Pongámonos a cubierto y luego
te lo explicaremos todo.
Harry los guió hasta la cocina. Riendo y charlando, algu-
nos se sentaron en las sillas y sobre las relucientes encimeras
de tía Petunia, y otros se apoyaron contra los impecables
electrodomésticos. Estaban: Ron, alto y desgarbado; Hermio-
ne, que se había recogido la espesa melena en una larga
trenza; Fred y George esbozando idénticas sonrisas; Bill,
con tremendas cicatrices y el pelo largo; el señor Weasley,
con expresión bondadosa, algo más calvo y con las gafas un
poco torcidas; Ojoloco, maltrecho, cojo, y cuyo brillante ojo
mágico azul se movía a toda velocidad; Tonks, con el pelo
corto y teñido de rosa, su color preferido; Lupin, con más ca-
nas y más arrugas; Fleur, esbelta y hermosa, luciendo su
larga y rubia cabellera; Kingsley, negro, calvo y ancho de
hombros; Hagrid, con el pelo y la barba enmarañados, en-
corvado para no darse contra el techo, y Mundungus Flet-
cher, alicaído, desaliñado y bajito, de mustios ojos de basset
y pelo apelmazado. Harry tuvo la impresión de que su co-
razón se agrandaba y resplandecía ante aquel panora-
ma; los quería muchísimo a todos, incluso a Mundungus, a
quien había intentado estrangular la última vez que se vie-
ron.
—Creía que estabas protegiendo al primer ministro
muggle, Kingsley —comentó.
—Puede pasar sin mí por una noche. Tú eres más im-
portante.
—¿Has visto esto, Harry? —dijo Tonks, encaramada en
la lavadora, y agitó la mano izquierda mostrándole el anillo
que lucía en un dedo.
—¿Os habéis casado? —preguntó Harry mirándola, y
luego a Lupin.
—Lamento que no pudieras asistir a la boda, Harry.
Fue una ceremonia muy discreta.
—¡Qué alegría! ¡Felici...!
—Bueno, bueno, más adelante ya habrá tiempo para
cotilleos —intervino Moody en medio del barullo, y todos se
callaron. Dejó los sacos en el suelo y se volvió hacia Ha-
rry—. Como supongo que te habrá contado Dedalus, hemos
tenido que desechar el plan A, puesto que Pius Thicknesse
se ha pasado al otro bando. Por consiguiente, nos hallamos
ante un grave problema. Ha amenazado con encarcelar a
cualquiera que conecte esta casa a la Red Flu, ubique un
traslador o entre o salga mediante Aparición. Y todo eso lo
ha hecho, en teoría, para protegerte e impedir que Quien-
tú-sabes venga a buscarte, aunque no tiene sentido, porque
el encantamiento de tu madre ya se encarga de esas funcio-
nes. Lo que ha hecho en realidad es impedir que salgas de
aquí de forma segura.
»Segundo problema: eres menor de edad, y eso significa
que todavía tienes activado el Detector.
—¿El Detector? No...
—¡El Detector, el Detector! —repitió Ojoloco, impacien-
te—. El encantamiento que percibe las actividades mági-
cas realizadas en torno a los menores de diecisiete años, y
que el ministerio emplea para descubrir las infracciones
del Decreto para la moderada limitación de la brujería en
menores de edad. Si alguno de nosotros hiciera un hechizo
para sacarte de aquí, Thicknesse lo sabría, y también los
mortífagos.
»Pero no podemos esperar a que se desactive el Detec-
tor, porque en cuanto cumplas los años perderás toda la
protección que te proporcionó tu madre. Resumiendo: Pius
Thicknesse cree que te tiene totalmente acorralado.
Harry a su pesar, estaba de acuerdo con lo que creía ese
tal Thicknesse.
—¿Y qué vamos a hacer?
—Utilizaremos los únicos medios de transporte que
nos quedan, los únicos que el Detector no puede descubrir,
porque no necesitamos hacer ningún hechizo para utilizar-
los: escobas, thestrals y la motocicleta de Hagrid.
Harry entrevio algunos fallos en ese plan; sin embargo,
no dijo nada y dejó que Ojoloco siguiera con su explicación.
—Veamos. El encantamiento de tu madre sólo puede
romperse si se dan dos circunstancias: que alcances la ma-
yoría de edad, o... —Moody abarcó con un gesto del brazo
toda la inmaculada cocina— que ya no llames hogar a esta
casa. Tus tíos y tú vais a tomar distintos caminos esta no-
che, conscientes de que nunca volveréis a vivir juntos, ¿co-
rrecto? —Harry asintió—. De modo que esta vez, cuando te
marches, ya no podrás regresar, y el encantamiento se rom-
perá apenas salgas de su radio de alcance. Así pues, hemos
decidido romperlo antes de hora, porque la otra opción es
esperar a que Quien-tú-sabes venga aquí y te capture el día
de tu cumpleaños.
»Lo único que tenemos a nuestro favor es que Quien-
tú-sabes ignora que vamos a trasladarte esta noche, por-
que hemos dado una pista falsa al ministerio: creen que no
te marcharás hasta el día treinta. Sin embargo, estamos
hablando de Quien-tú-sabes, así que no podemos fiarnos
simplemente de que él tenga la fecha equivocada; seguro
que hay un par de mortífagos patrullando el cielo por esta
zona, por si acaso. Por eso les hemos dado la mayor protec-
ción a una docena de casas diferentes. Todas parecen un
buen sitio donde esconderte y todas tienen alguna relación
con la Orden: mi propia casa, la de Kingsley, la de tía Mu-
riel... Me sigues, ¿verdad?
—Sí... sí —contestó Harry, no del todo sincero, porque
todavía veía un gran fallo en el plan.
—Muy bien. Pues irás a la casa de los padres de Tonks.
Cuando te encuentres dentro de los límites de los sortilegios
protectores que hemos puesto en esa casa, podrás utilizar
un traslador para llegar a La Madriguera. ¿Alguna pre-
gunta?
—Pues... sí. Quizá al principio ellos no sepan a cuál de
las doce casas seguras voy a ir, pero ¿no resultará evidente
cuando... —hizo un rápido recuento— vean a catorce perso-
nas volando hacia la casa de los padres de Tonks?
—¡Vaya —masculló Moody—, se me ha olvidado men-
cionar la clave fundamental! Es que no verán a catorce per-
sonas volando hacia la casa de los padres de Tonks, porque
habrá siete Harry Potters surcando el cielo esta noche, cada
uno con un acompañante, y cada pareja se dirigirá a una
casa segura diferente.
Moody sacó de su capa un frasco que contenía un líqui-
do parecido al barro. Y no hizo falta que dijera nada más:
Harry comprendió de inmediato el resto del plan.
—¡No! —gritó, y su voz resonó en la cocina—. ¡Ni ha-
blar!
—Ya les advertí que te lo tomarías así —intervino Her-
mione con un deje de autocomplacencia.
—¡Si creéis que voy a permitir que seis personas se jue-
guen la vida...!
—Como si fuera la primera vez que lo hacemos —terció
Ron.
—¡Esto es diferente! ¡Haceros pasar por mí, vaya idea!
—Mira, a nadie le hace mucha gracia, Harry —dijo Fred
con seriedad—. Imagínate que algo sale mal y nos quedamos
convertidos en unos imbéciles canijos y con gafitas para toda
la vida.
Harry no sonrió y razonó:
—No podréis hacerlo si yo no coopero. Necesitáis pelo
de mi cabeza.
—¡Vaya! Eso echa por tierra nuestro plan —intervino
George—. Es evidente que no hay ninguna posibilidad de
que entre todos te arranquemos unos cuantos pelos.
—Sí, claro, trece contra uno que ni siquiera puede em-
plear la magia. Lo tenemos muy mal, ¿eh? —añadió Fred.
—Muy gracioso —le espetó Harry—. Me parto de risa.
—Si hemos de hacerlo por la fuerza, lo haremos —gruñó
Moody y su ojo mágico tembló un poco mientras miraba fija-
mente a Harry—. Todos los que estamos aquí somos mayo-
res de edad, Potter, y estamos dispuestos a correr el riesgo.
Mundungus se encogió de hombros e hizo una mueca;
el ojo mágico se desvió hacia un lado para observarlo.
—Será mejor que no sigamos discutiendo. El tiempo
pasa. Arráncate ahora mismo unos pelos, muchacho.
—Esto es una locura. No hay ninguna necesidad de...
—¿Que no hay ninguna necesidad? —gruñó Moody—.
¿Con Quien-tú-sabes campando a sus anchas y con medio
ministerio en su bando? Con suerte, Potter, se habrá traga-
do el cuento y se estará preparando para tenderte una em-
boscada el día treinta, pero sería estúpido si no ha enviado
un par de mortífagos a vigilarte: eso es lo que haría yo. Qui-
zá no consigan cogerte ni entrar aquí mientras funcione el
encantamiento de tu madre, pero está a punto de romperse,
y ellos conocen más o menos la ubicación de la casa. Lo úni-
co que podemos hacer es usar señuelos. Ni siquiera Quien-
l,ú-sabes puede dividirse en siete.
Harry echó un rápido vistazo a Hermione y desvió la
mirada.
—Así que... los pelos, Potter, por favor.
Entonces el muchacho miró a Ron, que le sonrió como
diciéndole: «Va, dáselos, hombre.»
—¡Ahora mismo! —ordenó Moody.
Con todas las miradas fijas en él, Harry se llevó una
mano a la cabeza y se arrancó varios pelos.
—Muy bien —dijo Moody y, cojeando, se acercó y quitó
el tapón del frasco—. Mételos aquí.
Harry lo hizo. En cuanto entraron en contacto con aque-
lla poción semejante al barro, ésta produjo espuma y humo,
y de repente se tornó de un color dorado, limpio y brillan-
te.
—¡Oh! Estás mucho más apetitoso que Crabbe y Goyle,
Harry —observó Hermione y Ron arqueó las cejas; enton-
ces ella se sonrojó ligeramente y añadió—: Bueno, ya sabes
a qué me refiero; la poción de Goyle parecía de mocos.
—Muy bien. Que los falsos Potters se pongan en fila
aquí —indicó Moody.
Ron, Hermione, Fred, George y Fleur formaron una
fila enfrente del reluciente fregadero de tía Petunia.
—Falta uno —observó Lupin.
—Está aquí —indicó Hagrid con aspereza. Levantó a
Mundungus por la nuca y lo puso al lado de Fleur, que arru-
gó la nariz sin disimulo y se colocó entre Fred y George.
—Ya os lo dije, prefiero ir de escolta —protestó Mun-
dungus.
—Cállate —ordenó Moody—. Como ya te he explicado,
gusano asqueroso, si nos encontramos a algún mortífago, éste
intentará capturar a Potter, pero no matarlo. Dumbledore
siempre dijo que Quien-tú-sabes quería acabar con Potter
personalmente. Así pues, los que corren mayor riesgo son los
escoltas, porque a ellos los mortífagos sí intentarán matar-
los.
Esta explicación no tranquilizó demasiado a Mundun-
gus, pero Moody ya había sacado media docena de copitas
—del tamaño de una huevera— de debajo de su capa y, tras
verter en ellas un poco de poción multijugos, se las fue dan-
do a cada uno.
—Vamos, todos a un tiempo...
Ron, Hermione, Fred, George, Fleur y Mundungus be-
bieron. En cuanto tragaron la poción se pusieron a hacer
muecas y dar boqueadas, y a continuación las facciones se
les deformaron y les borbotearon como si fueran de cera ca-
liente: Hermione y Mundungus se estiraron; Ron, Fred y
George, en cambio, menguaron y el cabello se les oscureció,
mientras que a Hermione y Fleur se les echó hacia atrás
adherido al cráneo.
Moody que no parecía en absoluto preocupado, se puso
a desatar los nudos de los voluminosos sacos que había lle-
vado consigo. Cuando volvió a enderezarse, había seis Ha-
rry Potters boqueando y jadeando ante él.
Fred y George se miraron y exclamaron al unísono:
—¡Vaya! ¡Somos idénticos!
—Sí, pero no sé, creo que aun así yo soy más guapo
—alardeó Fred examinando su reflejo en la tetera.
—¡Bah! —dijo Fleur mirándose en la puerta del mi-
croondas—. No me migues, Bill. Estoy hogogosa.
—Aquí tengo ropa de talla más pequeña para aquellos
a los que se os haya quedado un poco amplia —dijo Moody
.señalando el primer saco—, y viceversa. No os olvidéis de
las gafas: hay seis pares en el bolsillo lateral. Y cuando os
hayáis vestido, en el otro saco encontraréis el equipaje.
El Harry auténtico pensó que aquello era lo más raro
que había visto jamás, y eso que había visto cosas rarísi-
mas. Se quedó mirando cómo sus seis clones rebuscaban en
los sacos, sacaban prendas, se ponían las gafas y guarda-
ban sus propias cosas. Cuando todos empezaron a desnu-
darse sin ningún recato, le habría gustado pedirles que
tuvieran un poco más de respeto por su intimidad, pues pa-
recían más cómodos exhibiendo el cuerpo de Harry de lo
que se habrían sentido mostrando el suyo propio.
—Ya sabía yo que Ginny mentía sobre lo de ese tatuaje
—comentó Ron mirándose el torso desnudo.
—Oye, Harry, tienes la vista fatal, ¿eh? —dijo Hermio-
ne al ponerse las gafas.
Una vez vestidos, cada uno de los falsos Harrys cogió
del segundo saco una mochila y una jaula que contenía una
lechuza blanca disecada.
—Estupendo —murmuró Moody cuando por fin siete
I larrys vestidos, con gafas y cargados con el equipaje se co-
locaron ante él—. Las parejas serán las siguientes: Mun-
dungus viajará conmigo, en escoba...
—¿Por qué tengo que ir yo contigo? —gruñó el Harry
que estaba más cerca de la puerta trasera.
—Porque eres el único del que no me fío —le espetó
Moody, y con su ojo mágico, efectivamente, no dejó de obser-
varlo mientras continuaba—: Arthur y Fred...
—Yo soy George —aclaró el gemelo al que Moody esta-
ba señalando—. ¿Tampoco nos distingues cuando nos hace-
mos pasar por Harry?
—Perdona, George...
—¡Ja! Sólo te estaba tomando el pelo. Soy Fred.
—¡Basta de bromas! —gruñó Moody—. El otro (Geor-
ge, Fred o quienquiera que sea) va con Remus. Señorita De-
lacour...
—Yo llevaré a Fleur en un thestral —se adelantó Bill—.
No le gustan las escobas.
Fleur se puso al lado de su prometido y le dirigió una
mirada sumisa y sensiblera. Harry suplicó que aquella ex-
presión jamás volviera a aparecer en su cara.
—La señorita Granger irá con Kingsley, también en
thestral...
Hermione sonrió aliviada a Kingsley. Harry sabía que
ella tampoco se sentía muy segura encima de una escoba.
—¡Sólo quedamos tú y yo, Ron! —exclamó Tonks, derri-
bando un soporte de tazas al hacerle señas con la mano.
Ron no parecía tan satisfecho como Hermione.
—Y tú vienes conmigo, Harry. ¿Te parece bien? —dijo
Hagrid con cierta aprensión—. Iremos en la motocicleta,
porque ni las escobas ni los thestrals soportan mi peso. Pero
no queda mucho espacio en el asiento, así que tendrás que
viajar en el sidecar.
—Genial —dijo Harry con escasa sinceridad.
—Creemos que los mortífagos supondrán que vas en
escoba —explicó Moody como si le hubiera leído el pensa-
miento—. Snape ha tenido mucho tiempo para contarles
hasta el mínimo detalle sobre ti, así que si tropezamos con
alguno de ellos, lo lógico es que persiga al Potter que dé la
sensación de ir más cómodo encima de la escoba. Muy bien
—murmuró mientras cerraba el saco con la ropa que se ha-
bían quitado los falsos Potters y los precedía hacia la puer-
ta—. Faltan unos tres minutos para partir. No tiene sentido
que cerremos la puerta, porque eso no impedirá entrar a
los mortífagos cuando vengan a buscarte. ¡Vamos!
Harry pasó por el recibidor para recoger la mochila, la
Saeta de Fuego y la jaula de Hedwig antes de reunirse con
los demás en el oscuro jardín trasero. Vio varias escobas
saltando a las manos de sus conductores; Kingsley ya había
ayudado a Hermione a montar en la grupa de un enorme
thestral negro, y Bill había hecho lo propio con Fleur para
instalarla en el suyo. Hagrid estaba plantado junto a la mo-
tocicleta, con las gafas de motorista puestas.
—¿Es ésta? Pero... pero ¿no es la motocicleta de Sirius?
—Así es —confirmó Hagrid con satisfacción—. Y la úl-
tima vez que montaste en ella cabías en la palma de mi
mano, Harry.
El chico se sintió un poco ridículo cuando se metió en el
sidecar, pues se hallaba varios palmos más abajo que todos
los demás. Ron compuso una sonrisita al verlo allí sentado,
como un crío en un auto de choque. Harry dejó la mochila
y la escoba en el suelo, entre los pies, y se puso la jaula de
Hedwig entre las rodillas. Estaba sumamente incómodo.
—Arthur le ha hecho unos pequeños ajustes —comen-
tó Hagrid sin reparar en la incomodidad de su pasajero.
Enseguida se montó en la motocicleta, que crujió un poco y
se hundió unos centímetros en el suelo—. Ahora lleva algu-
nos trucos en el manillar. Ese de ahí fue idea mía. —Con un
grueso dedo, señaló un botón morado al lado del velocíme-
tro.
—Ten cuidado, Hagrid, te lo suplico —le advirtió el se-
ñor Weasley, que estaba de pie a su lado sujetando la esco-
ba que iba a utilizar—. Todavía no estoy seguro de que eso
fuera aconsejable, y, desde luego, sólo hay que usarlo en caso
de emergencia.
—¡Atención! —dijo Moody—. Todo el mundo prepara-
do, por favor. Quiero que salgamos todos al mismo tiempo, o
la maniobra de distracción no servirá para nada.
Las cuatro parejas que iban a viajar en escoba monta-
ron en ellas.
—Sujétate fuerte, Ron —aconsejó Tonks, y Harry se
fijó en que su amigo le lanzaba una mirada furtiva y culpa-
ble a Lupin antes de agarrarse con ambas manos a la cintu-
ra de la bruja.
Hagrid puso en marcha la motocicleta, que rugió como
un dragón, y el sidecar vibró. (
—¡Buena suerte a todos! —gritó Moody—. Nos vere-
mos dentro de una hora en La Madriguera. ¡Contaré hasta
tres! ¡Uno... dos... TRES!
La motocicleta arrancó con un rugido atronador y el si-
decar dio una fuerte sacudida. Al elevarse a gran velocidad,
a Harry le lloraron un poco los ojos y el viento le echó atrás
el cabello despejándole la cara. Alrededor de él, las escobas
ascendieron también, y un thestral lo rozó levemente con la
larga cola negra al pasar por su lado. Le dolían las piernas
y las notaba entumecidas, apretujadas al haber colocado en-
tre ellas la jaula de Hedwig, la Saeta de Fuego y la mochila.
Iba tan incómodo que casi se le olvidó echar un último vista-
zo al número 4 de Privet Drive, pero cuando se asomó por el
borde del sidecar ya no logró distinguir la casa. Siguieron
ganando más y más altura...
Y de pronto se vieron rodeados. Al menos treinta figu-
ras encapuchadas, aparecidas de la nada, se mantenían
suspendidas en el aire formando un amplio círculo en me-
dio del cual los miembros de la Orden se habían metido sin
darse cuenta...
Chillidos, una llamarada de luz verde a cada lado... Ha-
grid soltó un grito y la motocicleta se puso boca abajo. Harry
perdió el sentido del espacio: veía las farolas de la calle por
encima de la cabeza, oía gritos alrededor y se agarraba de-
sesperadamente al sidecar. Sus cosas le resbalaron entre las
rodillas...
—¡No! ¡HEDWIG!
La escoba cayó girando sobre sí misma, pero Harry
consiguió atrapar el asa de la mochila y sujetar la jaula, al
mismo tiempo que la motocicleta volvía a girar y se coloca-
ba en la posición correcta. Hubo un segundo de alivio... y
luego otro destello de luz verde. La lechuza chilló y se des-
plomó en la jaula.
—¡No! ¡NOOO!
Hagrid aceleró y Harry vio cómo los encapuchados mor-
tífagos se dispersaban ante la motocicleta, que arremetía a
toda velocidad contra el círculo que habían formado.
—¡Hedwig! ¡Hedwig!
La lechuza, inmóvil y patética como un juguete, yacía
al fondo de la jaula. Pero Harry no podía ocuparse de su
mascota; en ese momento, su mayor preocupación era la
suerte de los demás. Miró hacia atrás y vio un enjambre de
personas en movimiento, destellos de luz verde y dos pare-
jas montadas en sendas escobas que se alejaban a toda ve-
locidad, pero no las reconoció.
—¡Tenemos que dar media vuelta, Hagrid! ¡Tenemos que
volver! —gritó por encima del estruendo del motor. Sacó su
varita mágica y dejó la jaula en el suelo, resistiéndose a creer
que la lechuza hubiese muerto—. ¡DA MEDIA VUELTA, HAGRID!
—¡Mi misión es llevarte allí sano y salvo, Harry! —bra-
mó Hagrid, y aceleró aún más.
—¡Detente! ¡DETENTE! —chilló Harry. Pero cuando vol-
vió a mirar atrás, dos chorros de luz verde pasaron rozándo-
le la oreja izquierda: cuatro mortífagos se habían separado
del círculo y los perseguían apuntando con sus varitas a la
ancha espalda de Hagrid.
El guardabosques hizo un viraje brusco, pero los mortí-
fagos se acercaban peligrosamente; no cesaban de lanzar-
les maldiciones y Harry tuvo que agacharse para evitarlas.
Retorciéndose en el asiento, gritó «¡Desmaius!» y su varita
despidió un rayo de luz roja que abrió una brecha entre sus
cuatro perseguidores, que se separaron para eludir el en-
cantamiento.
—¡Sujétate, Harry! ¡Se van a enterar! —rugió Hagrid,
y el muchacho alcanzó a ver cómo el guardabosques apreta-
ba con un grueso dedo el botón verde situado junto al indi-
cador de la gasolina.
Por el tubo de escape salió una pared, una sólida pared
de ladrillo. Harry estiró el cuello y vio cómo la pared se ex-
tendía por el cielo. Tres mortífagos viraron a tiempo y la es-
quivaron, pero el cuarto no tuvo tanta suerte: se perdió de
vista y de súbito cayó como una piedra por detrás de la pared,
con la escoba hecha añicos. Uno de sus compinches intentó
socorrerlo, pero tanto ellos como el muro volador desapare-
cieron en la oscuridad. Hagrid se inclinó sobre el manillar y
volvió a acelerar.
Los otros dos mortífagos seguían lanzando maldicio-
nes asesinas que pasaban rozándole la cabeza a Harry.
Este respondió con más hechizos aturdidores: el rojo y el
verde chocaban en el aire produciendo una lluvia de chis-
pas multicolores que le recordaron los fuegos artificiales.
¡Y pensar que los muggles que vivían allá abajo no tenían
ni idea de lo que estaba pasando!
—¡Vamos allá, Harry! ¡Agárrate bien! —-gritó Hagrid, y
pulsó otro botón.
Esta vez una gran red salió por el tubo de escape, pero
los mortífagos estaban alertas y la esquivaron. Y el que ha-
bía reducido la marcha para socorrer a su camarada, sur-
giendo de pronto de la oscuridad, los había alcanzado ya.
De modo que los tres siguieron persiguiendo la motocicleta
y lanzando a sus ocupantes una maldición tras otra.
—¡Esto los detendrá, Harry! ¡Sujétate fuerte! —bramó
Hagrid, y el chico vio cómo apretaba con toda la mano el bo-
tón morado.
Con un inconfundible fragor, un chorro de fuego de dra-
gón —blanco y azul— brotó del tubo de escape. El vehículo
salió despedido hacia delante como una bala y produjo un
ruido de metal desgarrándose. Harry vio cómo los mortífa-
gos se alejaban virando para esquivar la letal estela de
llamas,
y al mismo tiempo notó que el sidecar oscilaba amenazado-
ramente: la pieza que lo sujetaba a la motocicleta se había
rajado debido a la fuerza de la aceleración.
—¡No pasa nada, Harry! —gritó el guardabosques, brus-
camente inclinado hacia atrás por el repentino incremento
de la velocidad. Pero ya no dirigía la motocicleta y el side-
car daba fuertes bandazos a su cola—. ¡Yo lo arreglaré, no
te preocupes! —chilló, y del bolsillo de la chaqueta sacó su
paraguas rosa con estampado de flores.
—¡Hagrid! ¡No! ¡Déjame a mí!
—¡REPARO!
Se oyó un estallido ensordecedor y el sidecar se soltó
por completo. Harry salió despedido hacia delante, propul-
sado por el impulso de la motocicleta, y el sidecar fue per-
diendo altura...
Desesperado, Harry intentó arreglarlo con su varita y
gritó:
—¡Wingardium leviosa!
El sidecar se elevó como si fuera de corcho; Harry no
podía dirigirlo, pero al menos no caía. Sin embargo, el chico
sólo tuvo ese momento de respiro, porque los mortífagos se
les echaron encima de nuevo.
—¡Ya voy, Harry! —gritó Hagrid desde la oscuridad, pero
el muchacho vio que el sidecar comenzaba a perder altura
otra vez.
Se agachó cuanto pudo, apuntó a sus tres perseguido-
res con la varita y gritó:
—¡Impedimenta!
El embrujo le dio en el pecho al mortífago del medio. El
individuo se quedó suspendido en el aire con los brazos y
las piernas extendidos, en una postura ridicula, como si se
hubiera empotrado contra una barrera invisible, y uno de
sus compinches estuvo a punto de chocar con él...
Entonces el sidecar se precipitó en picado. Uno de los
mortífagos que seguía persiguiéndolos lanzó una maldición
que pasó rozando a Harry. El muchacho se agachó brusca-
mente en el hueco del sidecar y, al hacerlo, se golpeó los dien-
tes contra el canto del asiento.
—¡Ya voy, Harry! ¡Ya voy!
Una mano enorme lo agarró por la espalda de la túnica
y lo levantó, sacándolo del sidecar, que continuaba cayendo
a plomo. Consiguió coger la mochila y se las ingenió para
trepar al asiento de la motocicleta, hasta que se encontró
instalado detrás de Hagrid, espalda contra espalda. Mien-
tras ascendían a toda velocidad, alejándose de los dos mortí-
fagos restantes, Harry escupió sangre, apuntó con su varita
al sidecar y gritó:
—¡Confringo!
El sidecar explotó y Harry sintió una tremenda punza-
da de dolor por Hedwig, como si le arrancaran las entrañas.
El mortífago más cercano cayó de su escoba y se perdió de
vista; su compinche cayó también y se desvaneció.
—¡Lo siento, Harry, lo siento! —gimió Hagrid—. No debí
intentar repararlo yo mismo... Ahí no tienes sitio...
—¡No pasa nada! ¡Sigue volando! —le gritó Harry al ver
que otros dos mortífagos surgían de la oscuridad y se les apro-
ximaban.
Hagrid viraba hacia uno y otro lado, zigzagueando, mien-
tras las maldiciones volvían a destellar en el espacio que los
separaba de sus perseguidores. Harry comprendió que Ha-
grid no se atrevía a apretar el botón del fuego de dragón por
temor a que él resbalara del asiento, de modo que no cesó de
lanzar un hechizo aturdidor tras otro contra los mortífagos,
pero a duras penas lograba repelerlos. Entonces les arrojó
otro embrujo bloqueador. El mortífago más cercano viró para
zafarse y le resbaló la capucha. Al iluminarlo la luz roja del
siguiente hechizo aturdidor, Harry distinguió la cara extra-
ñamente inexpresiva de Stanley Shunpike, Stan.
—¡Expelliarmus! —bramó Harry.
—¡Es él! ¡Es él! ¡Es el auténtico!
El grito del mortífago encapuchado llegó a oídos del
muchacho pese al rugido de la motocicleta. Al cabo de un
instante, ambos perseguidores se habían quedado atrás y
perdido de vista.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Hagrid—. ¿Dónde se
han metido?
—¡No lo sé!
Pero Harry estaba asustado: el mortífago encapuchado
había gritado «es el auténtico»; ¿cómo lo había descubierto?
Miró alrededor escudriñando el oscuro cielo, aparentemen-
te vacío, y tuvo miedo. ¿Dónde se habían metido los mortí-
fagos?
Se dio la vuelta en el asiento, se colocó mirando al fren-
te y se sujetó a la espalda de Hagrid.
—¡Suelta el fuego de dragón otra vez, Hagrid! ¡Largué-
monos de aquí!
—¡Agárrate fuerte, chico!
Volvió a oírse un rugido ensordecedor y Harry resbaló
hacia atrás en el poco trozo de asiento que le quedaba. Ha-
grid también salió despedido hacia atrás y aplastó a su pa-
sajero, aunque se sujetó por los pelos al manillar.
—¡Me parece que los hemos despistado, Harry! ¡Lo he-
mos conseguido! —gritó el guardabosques.
Pero Harry no estaba tan convencido. Presa del miedo,
siguió mirando a derecha e izquierda en busca de persegui-
dores, pues sabía que volverían. ¿Por qué se habían retira-
do? Uno de ellos todavía conservaba su varita. «Es él, es el
auténtico», habían gritado después de que intentara desar-
mar a Stan.
—¡Ya estamos llegando, Harry! ¡Casi lo hemos logrado!
—exclamó Hagrid.
El muchacho notó que la motocicleta descendía un poco,
aunque las luces que se distinguían abajo todavía eran como
estrellas remotas.
De repente, la cicatriz de la frente comenzó a arderle
como si fuera fuego. En ese momento aparecieron dos mor-
tífagos, uno a cada lado de la motocicleta, y dos maldiciones
asesinas lanzadas desde atrás pasaron rozándolo.
Y entonces lo vio: Voldemort volaba como el humo en el
viento, sin escoba ni thestral que lo sostuviera; su rostro de
serpiente destacaba en la oscuridad y sus blancos dedos vol-
vían a levantar la varita...
Hagrid soltó un chillido de pánico y lanzó la motocicle-
ta en un descenso en picado. Agarrándose con todas sus
fuerzas, Harry arrojó hechizos aturdidores a diestro y si-
niestro. Vio pasar a alguien volando por su lado y compren-
dió que había alcanzado a uno, pero entonces oyó un fuerte
golpe y observó que salían chispas del motor. La motocicle-
ta comenzó a caer trenzando una espiral, fuera de control...
Los mortífagos continuaban lanzándoles chorros de luz
verde. Harry no tenía ni idea de dónde era arriba y dónde
abajo; seguía ardiéndole la cicatriz y suponía que moriría en
cualquier momento. Un encapuchado montado en una esco-
ba llegó a escasos palmos de él, levantó un brazo y...
—¡NO!
Con un grito de furia, Hagrid soltó el manillar y se aba-
lanzó sobre el encapuchado. Harry, horrorizado, vio que el
guardabosques y el mortífago caían y se perdían de vista,
porque el peso de ambos era excesivo para la escoba...
Mientras se sujetaba con las rodillas a la motocicleta,
que seguía cayendo, oyó gritar a Voldemort:
—¡Ya es mío!
Todo había terminado. Harry ya no veía ni percibía
dónde estaba su enemigo, pero distinguió cómo otro mortí-
fago se apartaba y oyó:
—¡Avada...!
El dolor de la cicatriz obligó a Harry a cerrar los ojos, y
entonces su varita actuó por sí sola. Percibió que ésta tira-
ba de su mano, como si fuera un potente imán; vislumbró
una llamarada de fuego dorado a través de los entrecerra-
dos párpados y oyó un estruendo y un chillido de rabia. El
mortífago que quedaba gritó y Voldemort chilló: «¡No!» En
ese momento el muchacho se dio cuenta de que tenía la na-
riz casi pegada al botón del fuego de dragón: lo apretó con
una mano y la motocicleta volvió a lanzar llamas hacia
atrás y se precipitó derecha hacia el suelo.
—¡Hagrid! —chilló Harry sujetándose desesperadamen-
te—. ¡Hagrid! ¡Accio Hagrid!
La motocicleta aceleró aún más, atraída por la fuerza
de la gravedad. Con la cara a la altura del manillar, Harry
sólo veía luces lejanas que se acercaban más y más. Iba a
estrellarse y no podría evitarlo. Oyó otro grito a sus espal-
das...
—¡Tu varita, Selwyn! ¡Dame tu varita!
Sintió la presencia de Voldemort antes de verlo. Miró
de refilón, vio los encarnados ojos de su enemigo y tuvo la
certeza de que eso sería lo último que vería: a Voldemort
preparándose para lanzarle otra maldición...
Pero de pronto éste se desvaneció. Harry miró hacia
abajo y vio a Hagrid tumbado en el suelo con los brazos y las
piernas extendidos. El muchacho tiró con todas sus fuerzas
del manillar para no chocar contra él y buscó a tientas el fre-
no, pero se estrelló en una ciénaga con un estruendo desga-
rrador, haciendo temblar el suelo.
Capitulo 3. La despedida de los Dursley
El portazo de la puerta de entrada resonó en el piso de arriba
y una voz gritó:
—¡Eh, tú!
Como hacía dieciséis años que lo llamaban así cuando
querían hablar con él, Harry no tuvo ninguna duda de que
su tío lo requería; con todo, no respondió inmediatamente.
Siguió contemplando el fragmento de espejo en que, por una
milésima de segundo, le había parecido ver un ojo de Dum-
bledore. Sólo cuando su tío bramó «¡MUCHACHO!», se levantó
poco a poco y fue hacia la puerta de su dormitorio, detenién-
dose para meter el trozo de espejo roto en la mochila, donde
había guardado las otras cosas que deseaba llevarse.
—Te ha costado, ¿eh? —rugió Vernon Dursley cuando
el muchacho apareció en lo alto de la escalera—. Ven aquí,
quiero hablar contigo.
Bajó despacio los escalones, con las manos en los bolsi-
llos de los vaqueros. Cuando llegó al salón, vio que los tres
Dursley se hallaban allí. Iban vestidos como si fueran a
marcharse de viaje: tío Vernon llevaba una cazadora beis
con cremallera; tía Petunia, una pulcra chaqueta de color
salmón, y Dudley, su corpulento, rubio y musculoso primo,
la cazadora de piel.
—¿Qué ocurre? —preguntó Harry.
—¡Siéntate! —ordenó tío Vernon, y su sobrino enarcó
las cejas—. Por favor —añadió e hizo una mueca, como si
esas dos palabras le lastimaran la garganta.
Harry se sentó; creía saber lo que iba a pasar. Su tío em-
pezó a pasearse por el salón; tía Petunia y Dudley seguían
sus movimientos con expresión de angustia. Por fin Vernon
Dursley, cuya enorme y morada cara se contraía en un gesto
de concentración, se detuvo delante del muchacho y anun-
ció:
—He cambiado de idea.
—Qué sorpresa —replicó Harry.
—No permitas que te hable con ese tono... —chilló tía
Petunia, pero su esposo la acalló con un ademán.
—Todo esto es un cuento chino —continuó Vernon, ful-
minando al muchacho con sus ojillos porcinos—. He decidi-
do que no me creo ni una sola palabra. Nos quedamos aquí;
no vamos a ninguna parte.
Harry sintió una mezcla de regodeo y exasperación.
Vernon Dursley llevaba cuatro semanas cambiando de idea
cada veinticuatro horas: cargaba el coche, lo descargaba y
volvía a cargarlo cada vez que alteraba sus planes. El mo-
mento más divertido para Harry había sido cuando su tío,
que no sabía que Dudley había puesto las pesas en su maleta
después de la última vez que su padre descargara el coche,
intentó levantarla para meterla en el maletero y se cayó de
golpe; había soltado una buena retahila de gritos e impro-
perios.
—Según tú —prosiguió Vernon, reiniciando sus pa-
seos por el salón—, Petunia, Dudley y yo estamos amena-
zados por... por...
—Algunos «de los míos», sí —afirmó Harry.
—Pues no te creo —le espetó su tío, y volvió a detenerse
delante de él—. Me he pasado la noche en vela dándole vuel-
tas, y opino que es una estratagema para quedarte la casa.
—¿La casa, dices? —repitió Harry—. ¿Qué casa?
—¡Esta casa! —chilló Vernon, y la vena de la frente le
latió—. ¡Nuestra casa! En este barrio, el precio de la vivien-
da se está disparando. Lo que quieres es quitarnos de en
medio para poder hacer tus trapícheos y antes de que nos
demos cuenta la escritura esté a tu nombre y...
—¿Te has vuelto loco? —replicó Harry—. ¿Una estrata-
gema para quedarme esta casa? ¿De verdad eres tan estúpi-
do como pareces?
—¡Cómo te atreves! —saltó tía Petunia, pero Vernon la
hizo callar de nuevo con un ademán. Al parecer, el escarnio
de su aspecto personal no era nada comparado con el peli-
gro que había detectado.
—Por si no te acuerdas —dijo Harry—, yo ya tengo una
casa: la que me dejó mi padrino. ¿Para qué iba a querer
ésta? ¿Por los recuerdos felices?
Se produjo un silencio y Harry creyó que había impre-
sionado a su tío con ese razonamiento.
—Dices que ese lord como se llame... —retomó Vernon
su argumentación.
—Voldemort —aclaró su sobrino, impaciente—, y ya he-
mos hablado de esto cientos de veces. Y no lo digo yo: es la
verdad; Dumbledore te lo explicó el año pasado, y Kingsley
y el señor Weasley...
Vernon Dursley encorvó los hombros, furioso, y Harry
dedujo que intentaba ahuyentar los recuerdos de la inespe-
rada visita, recién empezadas sus vacaciones de verano, de
dos magos. En efecto, cuando abrieron la puerta y vieron a
Kingsley Shacklebolt y Arthur Weasley, los Dursley se ha-
bían llevado una desagradable sorpresa. Pero Harry reco-
nocía que, dado que en una ocasión el señor Weasley había
destrozado la mitad del salón de aquella casa, era lógico
que su reaparición no causara demasiado placer a tío Ver-
non.
—... Kingsley y el señor Weasley también te lo explica-
ron —repitió Harry, implacable—. En cuanto cumpla dieci-
siete años, el encantamiento protector que me mantiene a
salvo se romperá, y eso os expondrá al peligro tanto como
a mí. La Orden está segura de que Voldemort vendrá por
vosotros, ya sea para torturaros e intentar averiguar mi
paradero, o porque crea que si os toma como rehenes yo vol-
veré para rescataros.
Las miradas de tío y sobrino se cruzaron, y Harry tuvo
la certeza de que en ese instante ambos se preguntaban lo
mismo. Entonces Vernon arrancó de nuevo a pasearse y el
muchacho continuó:
—Tenéis que esconderos, y la Orden quiere ayudaros.
Os están ofreciendo una protección excelente, la mejor que
puede haber.
Su tío no dijo nada y siguió dando vueltas por el salón.
Kuera, el sol estaba a punto de ocultarse detrás de los setos
de alheña y el cortacésped del vecino volvió a calarse.
—Pero ¿no existe un Ministerio de Magia? —preguntó
de pronto Vernon Dursley.
—Sí, claro que sí —contestó Harry, sorprendido.
—Pues entonces, ¿por qué no nos protege el tal minis-
terio? Me parece a mí que, como víctimas inocentes que so-
mos, cuyo único delito ha sido hospedar a un individuo
fichado, deberíamos tener derecho a recibir protección del
Gobierno.
Harry no logró contener la risa. Era típico de su tío de-
positar sus esperanzas en el Gobierno, incluso en el de ese
mundo que tanto despreciaba y del que tanto desconfiaba.
—Ya oíste lo que dijeron el señor Weasley y Kingsley
—repuso—. Creemos que se han infiltrado en el ministerio.
Vernon fue hasta la chimenea y regresó; respiraba tan
hondo que se le movía el espeso bigote negro, y todavía te-
nía la cara morada por el esfuerzo de concentración.
—Está bien —dijo deteniéndose una vez más frente a
su sobrino—. Está bien, pongamos por caso que aceptamos
esa protección, pero sigo sin entender por qué no pueden
asignarnos a ese tal Kingsley.
Harry se esforzó por no poner los ojos en blanco. Esa
pregunta se la habían formulado muchas veces.
—Como ya te he dicho —respondió apretando los dien-
tes—, Kingsley se encarga de proteger al ministro mug...
quiero decir, a vuestro primer ministro.
—¡Exacto! ¡Porque es el mejor! —bramó tío Vernon se-
ñalando la pantalla del televisor. Los Dursley habían visto
a Kingsley en el telediario, caminando discretamente de-
trás del primer ministro muggle mientras éste visitaba un
hospital. Esa imagen, y el hecho de que Kingsley tuviera
una habilidad especial para vestirse como un muggle, por
no mencionar el efecto tranquilizador de su grave y pausa-
da voz, consiguió que los Dursley confiaran en él como ja-
más habían confiado en ningún mago, aunque era cierto
que nunca lo habían visto con el pendiente puesto.
—Sí, pero resulta que él está ocupado —aclaró Ha-
rry—. Y Hestia Jones y Dedalus Diggle están perfectamen-
te capacitados para realizar este trabajo.
—Si al menos hubiéramos leído sus currículos... —re-
zongó Vernon.
Entonces Harry perdió la paciencia. Se levantó y se
aproximó a su tío señalando el televisor.
—Esos accidentes (aviones estrellados, explosiones, des-
carrilamientos), así como cualquier otra desgracia que haya
sucedido desde que vimos las últimas noticias, no son acci-
(lentes. Está desapareciendo y muriendo gente, y Volde-
mort se encuentra detrás de todo esto. Ya te lo he dicho cien
veces: Voldemort mata muggles por pura diversión. Hasta
La niebla está producida por los dementores, y si no te acuer-
das de quiénes son, pregúntaselo a tu hijo.
Dudley levantó automáticamente ambas manos y se
tapó la boca. Sus padres y Harry lo miraron; el chico bajó
lentamente las manos y preguntó:
—¿Hay... hay más?
—¿Más qué? —rió Harry—. ¿Quieres decir más demen-
tores, aparte de los dos que nos atacaron? Pues claro que hay
más, cientos de ellos, quizá miles a estas alturas, porque se
alimentan del miedo y la desesperanza.
—Está bien, está bien —bramó Vernon Dursley—. Ya
has dicho lo que querías decir...
—Eso espero, porque cuando cumpla diecisiete años to-
dos ellos, los mortífagos, los dementores, quizá incluso los
inferí, que son cadáveres embrujados por magos tenebro-
sos, podrán salir en vuestra busca, os encontrarán y ataca-
rán. Y si te acuerdas de la última vez que intentaste huir de
un mago, creo que me concederás que necesitáis ayuda.
Hubo un breve silencio durante el cual el lejano eco de
los golpes de Hagrid en una puerta de madera resonó como
si no hubieran pasado los años. Tía Petunia miraba a su es-
poso, y Dudley, a Harry. Por fin el señor Dursley dijo:
—¿Y qué pasará con mi trabajo? ¿Y el colegio de Dud-
ley? Supongo que esas cosas no les importan a un puñado
de magos holgazanes...
—¿Es que no lo entiendes? —le espetó Harry—. ¡Os tor-
turarán y matarán como hicieron con mis padres!
—Papá... —terció Dudley—. Papá, yo me voy con la Or-
den ésa.
—Por primera vez en tu vida dices algo con sentido co-
mún, Dudley —afirmó Harry, ahora seguro de que la batalla
estaba ganada. Si Dudley estaba lo bastante asustado para
aceptar la ayuda de la Orden, sus padres lo acompañarían,
porque nunca se plantearían separarse de su cachorrillo.
Miró el reloj de sobremesa que había en la repisa de la chi-
menea—. Llegarán dentro de cinco minutos —anunció, y
como nadie dijo nada, salió de la habitación.
La perspectiva de separarse —seguramente para siem-
pre— de sus tíos y su primo le producía una alegría consi-
derable, pero en la casa reinaba una atmósfera un tanto
violenta, ya que... ¿qué se dicen para despedirse las perso-
nas que llevan dieciséis años detestándose?
Una vez en su dormitorio, Harry repasó el contenido
de su mochila y luego metió entre los barrotes de la jaula de
Hedwig un par de chucherías lechuciles que cayeron con
un ruidito sordo, pero la lechuza las desdeñó olímpicamen-
te.
—No tardaremos en irnos —le dijo—. Y entonces po-
drás volver a volar.
De repente, sonó el timbre de la puerta. Harry vaciló
un momento, pero salió de su habitación y bajó la escalera;
era excesivo pretender que Hestia y Dedalus se las arregla-
ran solos con los Dursley
—¡Harry Potter! —chilló una emocionada voz en cuanto
el muchacho abrió la puerta; un individuo bajito con som-
brero de copa color malva le hizo una profunda reveren-
cia—. ¡Es un gran honor, como siempre!
—Gracias, Dedalus —repuso Harry dirigiéndole una
tímida y embarazosa sonrisa a la morena Hestia—. Os agra-
dezco que hagáis esto. Mirad, aquí están: mis tíos y mi pri-
mo...
—¡Buenas tardes, parientes de Harry Potter! —saludó
Dedalus alegremente al entrar con decisión en el salón.
A los Dursley no les gustó nada ese tratamiento, y Ha-
rry temió que volvieran a cambiar de idea. Al ver al mago y
la bruja, Dudley se acercó más a su madre.
—Veo que ya están listos para marchar. ¡Excelente! El
plan, como les ha explicado Harry, es muy sencillo —dijo
Dedalus mientras examinaba el enorme reloj que se sacó
del bolsillo—. Nos iremos antes que Harry. Debido al peli-
gro que conlleva emplear la magia en esta casa (puesto que
el muchacho todavía es menor de edad, si lo hiciéramos el
ministerio tendría una excusa para apresarlo), cogeremos
el coche y nos alejaremos unos quince kilómetros; luego nos
desapareceremos e iremos al lugar seguro que hemos elegi-
do para ustedes. Supongo que sabe conducir, ¿verdad? —le
preguntó a tío Vernon.
—¿Si sé condu...? ¡Pues claro que sé conducir! —farfu-
lló Vernon.
—Es usted muy inteligente, señor, muy inteligente. Re-
conozco que yo me haría un lío tremendo con todos esos bo-
tones y palancas —declaró Dedalus. Era evidente que creía
estar halagando a Vernon Dursley, pero éste iba perdiendo
confianza en el plan a cada palabra que pronunciaba el
mago.
—Ni siquiera sabe conducir —masculló, y el bigote se
le agitó con indignación, pero por suerte ni Dedalus ni Hes-
tia lo oyeron.
—Tú, Harry —continuó el mago—, esperarás aquí has-
ta que llegue tu escolta. Ha habido un pequeño cambio de
planes...
—¿Qué quieres decir? —saltó el chico—. Yo creía que iba
a venir Ojoloco y me llevaría mediante la Aparición Con-
junta.
—No ha podido ser —intervino Hestia, lacónica—. Ya
te lo explicará él mismo.
Los Dursley, que escuchaban la conversación con cara
de no entender nada, dieron un respingo cuando una fuerte
voz chilló: «¡Daos prisa!» Harry recorrió la habitación con la
mirada hasta que comprendió que la voz había salido del
reloj de bolsillo de Dedalus.
—Sí, es cierto; estamos operando con un margen de
tiempo muy ajustado —aclaró el mago asintiendo a su reloj
y guardándoselo en el bolsillo del chaleco—. Intentaremos
que tu salida de la casa coincida con la desaparición de tu
familia, Harry; de ese modo, el encantamiento se romperá
en el preciso instante en que todos vayáis hacia un lugar se-
guro. —Se dio la vuelta hacia los Dursley y añadió—: Bueno,
¿estamos listos para partir?
Nadie le contestó: tío Vernon seguía contemplando, ho-
rrorizado, el abultado bolsillo del chaleco del mago.
—Quizá deberíamos esperar en el recibidor, Dedalus
—murmuró Hestia, creyendo que demostrarían muy poco
tacto si se quedaban en el salón mientras Harry y los Durs-
ley intercambiaban afectuosas y quizá emotivas palabras
de despedida.
—No hace falta —murmuró Harry, pero su tío zanjó la
situación diciendo en voz alta:
—Bueno, chico, pues adiós.
Vernon Dursley levantó el brazo derecho para estre-
charle la mano, pero en el último momento debió de sentir-
se incapaz de ello, porque cerró la mano y balanceó el brazo
adelante y atrás como si fuera un metrónomo.
—¿Listo, Diddy? —preguntó tía Petunia comprobando,
nerviosa, el cierre de su bolso para no tener que mirar a Ha-
rry.
Dudley no contestó, pero se quedó allí plantado con la
boca entreabierta, y Harry se acordó de Grawp, el gigante.
—Pues... ¡nos vamos! —anunció tío Vernon, y ya había
llegado a la puerta del salón cuando su hijo masculló:
—No lo entiendo.
—¿Qué es lo que no entiendes, Peoncita? —preguntó
tía Petunia mirándolo con extrañeza.
Dudley levantó una mano, enorme como un jamón, y
señalando a Harry preguntó:
—¿Por qué no viene con nosotros?
Sus padres se quedaron paralizados, mirándolo como
si acabara de expresar el deseo de ser bailarina.
—¿Qué dices? —tronó Vernon.
—¿Por qué él no viene con nosotros?
—Pues... porque no quiere —repuso Vernon; se dio la
vuelta, fulminó a Harry con la mirada y añadió—: No quie-
res venir, ¿verdad que no?
—No, claro que no.
—¿Lo ves? —le dijo Vernon a su hijo—. Y ahora, vamo-
nos.
Vernon Dursley salió al recibidor y oyeron cómo se abría
la puerta de entrada, pero Dudley no se movió; tras dar
unos pasos vacilantes, tía Petunia se detuvo también.
—Y ahora ¿qué pasa? —gruñó su marido, y volvió a plan-
tarse en el umbral.
Al parecer, Dudley lidiaba con conceptos demasiado di-
fíciles para expresarlos con palabras. Tras unos momentos
de dolorosa lucha interna, cuestionó:
—Pero ¿adonde va a ir?
Los tíos de Harry se miraron, de pronto asustados por
la pregunta de Dudley. Hestia Jones interrumpió el silen-
cio.
—Pero... ustedes saben adonde irá su sobrino, ¿verdad?
—preguntó desconcertada.
—Claro que lo sabemos —contestó Vernon Dursley—.
Se va con los de su calaña, ¿no? Métete en el coche, Dudley;
ya has oído a ese hombre: tenemos prisa.
Y volvió a ir hasta la puerta de entrada, pero su hijo no
lo siguió.
—¿Ha dicho que se va con los de su calaña? —Hestia
estaba escandalizada.
Harry ya había vivido otras veces esa reacción, pero los
magos y las brujas no entendían que los parientes más pró-
ximos del famoso Harry Potter se interesaran tan poco por
él.
—No pasa nada —la tranquilizó Harry—. No importa,
en serio.
—¿Que no importa? —repitió Hestia elevando la voz ame-
nazadoramente—. ¿Es que esta gente no se da cuenta de lo
que has llegado a sufrir, ni del peligro que has corrido, ni de
la excepcional posición que ocupas en el seno del movi-
miento antiVoldemort?
—Pues... no, la verdad es que no. Ellos creen que lo úni-
co que hago es ocupar espacio, pero estoy acostumbrado a...
—Yo no creo que lo único que hagas sea ocupar espacio.
Si Harry no hubiera visto cómo Dudley movía los labios,
quizá no lo habría creído. Miró a su primo unos segundos an-
tes de aceptar que era él quien había hablado, porque, para
empezar, Dudley se había sonrojado. Harry se quedó abo-
chornado y atónito.
—Bien... eh... gracias, Dudley.
Una vez más dio la impresión de que Dudley lidiaba
con pensamientos demasiado complicados para expresar,
hasta que logró balbucear:
—Tú me salvaste la vida.
—No exactamente —repuso Harry—. Lo que te hubie-
ra quitado aquel dementor habría sido el alma...
Miró con curiosidad a su primo. Durante ese verano y
el anterior apenas se habían relacionado, porque Harry ha-
bía pasado poco tiempo en Privet Drive y casi siempre se
encerraba en su habitación. Sin embargo, entonces com-
prendió que la taza de té frío con que había tropezado esa
mañana no era ninguna broma. Aunque estaba emociona-
do, le alivió que Dudley hubiera agotado su capacidad de
manifestar sus sentimientos. Tras despegar los labios un
par de veces más, su primo, rojo como un tomate, decidió
guardar silencio.
Tía Petunia rompió a llorar. Hestia Jones le dirigió una
mirada de comprensión que se transformó en indignación
al ver que la mujer corría a abrazar a Dudley en lugar de a
Harry.
—¡Qué tierno eres, Dudders! —sollozó Petunia hundien-
do la cabeza en el inmenso pecho de su hijo—. ¡Qué chico tan
encantador! ¡Mira que darle las gracias...!
—¡Pero si no le ha dado las gracias! —protestó Hestia,
ofendida—. ¡Sólo ha dicho que no creía que Harry únicamen-
te ocupara espacio!
—Ya, pero viniendo de Dudley, eso es como decir «te
quiero» —aclaró Harry, que se debatía entre el fastidio y las
ganas de echarse a reír, mientras su tía seguía abrazando a
Dudley como si éste acabara de salvar a su primo de un edi-
ficio en llamas.
—¿Nos vamos o no? —rugió tío Vernon, que había rea-
parecido en el umbral del salón—. ¡Creía que tenían un mar-
gen de tiempo muy ajustado!
—Sí, es verdad —confirmó Dedalus Diggle, que había
observado la escena con aire de desconcierto. Tras recobrar
la compostura, añadió—: Tenemos que irnos. Harry... —De-
cidido, fue hacia el muchacho y le estrechó la mano enérgica-
mente—. Buena suerte. Espero que volvamos a vernos. Todas
las esperanzas del mundo mágico están puestas en ti.
—¡Ah, vale! Gracias.
—Adiós, Harry —se despidió Hestia, y también le es-
trechó la mano—. Pensaremos en ti.
—Espero que todo salga bien —repuso el muchacho mi-
rando de soslayo a tía Petunia y Dudley.
—Sí, estoy seguro de que acabaremos siendo íntimos
amigos —vaticinó el mago alegremente, y al salir de la ha-
bitación agitó su sombrero. Hestia lo siguió.
Dudley se soltó con cuidado del abrazo de su madre, se
aproximó a Harry, que tuvo que dominar el impulso de ame-
nazarlo con magia, y le tendió una manaza rosada.
—Caray, Dudley —exclamó Harry mientras tía Petu-
nia sollozaba con renovado ímpetu—, ¿estás seguro de que
los dementores no te metieron dentro otra personalidad?
—No lo sé —farfulló el chico—. Hasta otra, Harry.
—Ya... —Harry le cogió la mano y se la estrechó—. Pue-
de ser. Cuídate, Big D.
Dudley casi compuso una sonrisa y salió de la habita-
ción con andares torpes. Harry oyó sus fuertes pisadas por
el camino de grava y cómo se cerraba la puerta del coche.
Tía Petunia, que tenía la cara hundida en un pañuelo,
alzó la cabeza al oír el ruido. Al parecer no había previsto
quedarse a solas con su sobrino, de modo que se guardó pre-
cipitadamente el pañuelo húmedo en el bolsillo y dijo:
—Bueno, adiós. —Y caminó hacia la puerta sin mirarlo.
—Adiós —repuso Harry.
Ella se detuvo y se dio la vuelta. Por un instante Harry
creyó que quería decirle algo, porque le lanzó una extraña
y trémula mirada y despegó los labios; pero entonces hizo
un gesto brusco con la cabeza y salió presurosa de la habi-
tación tras los pasos de su esposo y su hijo.
y una voz gritó:
—¡Eh, tú!
Como hacía dieciséis años que lo llamaban así cuando
querían hablar con él, Harry no tuvo ninguna duda de que
su tío lo requería; con todo, no respondió inmediatamente.
Siguió contemplando el fragmento de espejo en que, por una
milésima de segundo, le había parecido ver un ojo de Dum-
bledore. Sólo cuando su tío bramó «¡MUCHACHO!», se levantó
poco a poco y fue hacia la puerta de su dormitorio, detenién-
dose para meter el trozo de espejo roto en la mochila, donde
había guardado las otras cosas que deseaba llevarse.
—Te ha costado, ¿eh? —rugió Vernon Dursley cuando
el muchacho apareció en lo alto de la escalera—. Ven aquí,
quiero hablar contigo.
Bajó despacio los escalones, con las manos en los bolsi-
llos de los vaqueros. Cuando llegó al salón, vio que los tres
Dursley se hallaban allí. Iban vestidos como si fueran a
marcharse de viaje: tío Vernon llevaba una cazadora beis
con cremallera; tía Petunia, una pulcra chaqueta de color
salmón, y Dudley, su corpulento, rubio y musculoso primo,
la cazadora de piel.
—¿Qué ocurre? —preguntó Harry.
—¡Siéntate! —ordenó tío Vernon, y su sobrino enarcó
las cejas—. Por favor —añadió e hizo una mueca, como si
esas dos palabras le lastimaran la garganta.
Harry se sentó; creía saber lo que iba a pasar. Su tío em-
pezó a pasearse por el salón; tía Petunia y Dudley seguían
sus movimientos con expresión de angustia. Por fin Vernon
Dursley, cuya enorme y morada cara se contraía en un gesto
de concentración, se detuvo delante del muchacho y anun-
ció:
—He cambiado de idea.
—Qué sorpresa —replicó Harry.
—No permitas que te hable con ese tono... —chilló tía
Petunia, pero su esposo la acalló con un ademán.
—Todo esto es un cuento chino —continuó Vernon, ful-
minando al muchacho con sus ojillos porcinos—. He decidi-
do que no me creo ni una sola palabra. Nos quedamos aquí;
no vamos a ninguna parte.
Harry sintió una mezcla de regodeo y exasperación.
Vernon Dursley llevaba cuatro semanas cambiando de idea
cada veinticuatro horas: cargaba el coche, lo descargaba y
volvía a cargarlo cada vez que alteraba sus planes. El mo-
mento más divertido para Harry había sido cuando su tío,
que no sabía que Dudley había puesto las pesas en su maleta
después de la última vez que su padre descargara el coche,
intentó levantarla para meterla en el maletero y se cayó de
golpe; había soltado una buena retahila de gritos e impro-
perios.
—Según tú —prosiguió Vernon, reiniciando sus pa-
seos por el salón—, Petunia, Dudley y yo estamos amena-
zados por... por...
—Algunos «de los míos», sí —afirmó Harry.
—Pues no te creo —le espetó su tío, y volvió a detenerse
delante de él—. Me he pasado la noche en vela dándole vuel-
tas, y opino que es una estratagema para quedarte la casa.
—¿La casa, dices? —repitió Harry—. ¿Qué casa?
—¡Esta casa! —chilló Vernon, y la vena de la frente le
latió—. ¡Nuestra casa! En este barrio, el precio de la vivien-
da se está disparando. Lo que quieres es quitarnos de en
medio para poder hacer tus trapícheos y antes de que nos
demos cuenta la escritura esté a tu nombre y...
—¿Te has vuelto loco? —replicó Harry—. ¿Una estrata-
gema para quedarme esta casa? ¿De verdad eres tan estúpi-
do como pareces?
—¡Cómo te atreves! —saltó tía Petunia, pero Vernon la
hizo callar de nuevo con un ademán. Al parecer, el escarnio
de su aspecto personal no era nada comparado con el peli-
gro que había detectado.
—Por si no te acuerdas —dijo Harry—, yo ya tengo una
casa: la que me dejó mi padrino. ¿Para qué iba a querer
ésta? ¿Por los recuerdos felices?
Se produjo un silencio y Harry creyó que había impre-
sionado a su tío con ese razonamiento.
—Dices que ese lord como se llame... —retomó Vernon
su argumentación.
—Voldemort —aclaró su sobrino, impaciente—, y ya he-
mos hablado de esto cientos de veces. Y no lo digo yo: es la
verdad; Dumbledore te lo explicó el año pasado, y Kingsley
y el señor Weasley...
Vernon Dursley encorvó los hombros, furioso, y Harry
dedujo que intentaba ahuyentar los recuerdos de la inespe-
rada visita, recién empezadas sus vacaciones de verano, de
dos magos. En efecto, cuando abrieron la puerta y vieron a
Kingsley Shacklebolt y Arthur Weasley, los Dursley se ha-
bían llevado una desagradable sorpresa. Pero Harry reco-
nocía que, dado que en una ocasión el señor Weasley había
destrozado la mitad del salón de aquella casa, era lógico
que su reaparición no causara demasiado placer a tío Ver-
non.
—... Kingsley y el señor Weasley también te lo explica-
ron —repitió Harry, implacable—. En cuanto cumpla dieci-
siete años, el encantamiento protector que me mantiene a
salvo se romperá, y eso os expondrá al peligro tanto como
a mí. La Orden está segura de que Voldemort vendrá por
vosotros, ya sea para torturaros e intentar averiguar mi
paradero, o porque crea que si os toma como rehenes yo vol-
veré para rescataros.
Las miradas de tío y sobrino se cruzaron, y Harry tuvo
la certeza de que en ese instante ambos se preguntaban lo
mismo. Entonces Vernon arrancó de nuevo a pasearse y el
muchacho continuó:
—Tenéis que esconderos, y la Orden quiere ayudaros.
Os están ofreciendo una protección excelente, la mejor que
puede haber.
Su tío no dijo nada y siguió dando vueltas por el salón.
Kuera, el sol estaba a punto de ocultarse detrás de los setos
de alheña y el cortacésped del vecino volvió a calarse.
—Pero ¿no existe un Ministerio de Magia? —preguntó
de pronto Vernon Dursley.
—Sí, claro que sí —contestó Harry, sorprendido.
—Pues entonces, ¿por qué no nos protege el tal minis-
terio? Me parece a mí que, como víctimas inocentes que so-
mos, cuyo único delito ha sido hospedar a un individuo
fichado, deberíamos tener derecho a recibir protección del
Gobierno.
Harry no logró contener la risa. Era típico de su tío de-
positar sus esperanzas en el Gobierno, incluso en el de ese
mundo que tanto despreciaba y del que tanto desconfiaba.
—Ya oíste lo que dijeron el señor Weasley y Kingsley
—repuso—. Creemos que se han infiltrado en el ministerio.
Vernon fue hasta la chimenea y regresó; respiraba tan
hondo que se le movía el espeso bigote negro, y todavía te-
nía la cara morada por el esfuerzo de concentración.
—Está bien —dijo deteniéndose una vez más frente a
su sobrino—. Está bien, pongamos por caso que aceptamos
esa protección, pero sigo sin entender por qué no pueden
asignarnos a ese tal Kingsley.
Harry se esforzó por no poner los ojos en blanco. Esa
pregunta se la habían formulado muchas veces.
—Como ya te he dicho —respondió apretando los dien-
tes—, Kingsley se encarga de proteger al ministro mug...
quiero decir, a vuestro primer ministro.
—¡Exacto! ¡Porque es el mejor! —bramó tío Vernon se-
ñalando la pantalla del televisor. Los Dursley habían visto
a Kingsley en el telediario, caminando discretamente de-
trás del primer ministro muggle mientras éste visitaba un
hospital. Esa imagen, y el hecho de que Kingsley tuviera
una habilidad especial para vestirse como un muggle, por
no mencionar el efecto tranquilizador de su grave y pausa-
da voz, consiguió que los Dursley confiaran en él como ja-
más habían confiado en ningún mago, aunque era cierto
que nunca lo habían visto con el pendiente puesto.
—Sí, pero resulta que él está ocupado —aclaró Ha-
rry—. Y Hestia Jones y Dedalus Diggle están perfectamen-
te capacitados para realizar este trabajo.
—Si al menos hubiéramos leído sus currículos... —re-
zongó Vernon.
Entonces Harry perdió la paciencia. Se levantó y se
aproximó a su tío señalando el televisor.
—Esos accidentes (aviones estrellados, explosiones, des-
carrilamientos), así como cualquier otra desgracia que haya
sucedido desde que vimos las últimas noticias, no son acci-
(lentes. Está desapareciendo y muriendo gente, y Volde-
mort se encuentra detrás de todo esto. Ya te lo he dicho cien
veces: Voldemort mata muggles por pura diversión. Hasta
La niebla está producida por los dementores, y si no te acuer-
das de quiénes son, pregúntaselo a tu hijo.
Dudley levantó automáticamente ambas manos y se
tapó la boca. Sus padres y Harry lo miraron; el chico bajó
lentamente las manos y preguntó:
—¿Hay... hay más?
—¿Más qué? —rió Harry—. ¿Quieres decir más demen-
tores, aparte de los dos que nos atacaron? Pues claro que hay
más, cientos de ellos, quizá miles a estas alturas, porque se
alimentan del miedo y la desesperanza.
—Está bien, está bien —bramó Vernon Dursley—. Ya
has dicho lo que querías decir...
—Eso espero, porque cuando cumpla diecisiete años to-
dos ellos, los mortífagos, los dementores, quizá incluso los
inferí, que son cadáveres embrujados por magos tenebro-
sos, podrán salir en vuestra busca, os encontrarán y ataca-
rán. Y si te acuerdas de la última vez que intentaste huir de
un mago, creo que me concederás que necesitáis ayuda.
Hubo un breve silencio durante el cual el lejano eco de
los golpes de Hagrid en una puerta de madera resonó como
si no hubieran pasado los años. Tía Petunia miraba a su es-
poso, y Dudley, a Harry. Por fin el señor Dursley dijo:
—¿Y qué pasará con mi trabajo? ¿Y el colegio de Dud-
ley? Supongo que esas cosas no les importan a un puñado
de magos holgazanes...
—¿Es que no lo entiendes? —le espetó Harry—. ¡Os tor-
turarán y matarán como hicieron con mis padres!
—Papá... —terció Dudley—. Papá, yo me voy con la Or-
den ésa.
—Por primera vez en tu vida dices algo con sentido co-
mún, Dudley —afirmó Harry, ahora seguro de que la batalla
estaba ganada. Si Dudley estaba lo bastante asustado para
aceptar la ayuda de la Orden, sus padres lo acompañarían,
porque nunca se plantearían separarse de su cachorrillo.
Miró el reloj de sobremesa que había en la repisa de la chi-
menea—. Llegarán dentro de cinco minutos —anunció, y
como nadie dijo nada, salió de la habitación.
La perspectiva de separarse —seguramente para siem-
pre— de sus tíos y su primo le producía una alegría consi-
derable, pero en la casa reinaba una atmósfera un tanto
violenta, ya que... ¿qué se dicen para despedirse las perso-
nas que llevan dieciséis años detestándose?
Una vez en su dormitorio, Harry repasó el contenido
de su mochila y luego metió entre los barrotes de la jaula de
Hedwig un par de chucherías lechuciles que cayeron con
un ruidito sordo, pero la lechuza las desdeñó olímpicamen-
te.
—No tardaremos en irnos —le dijo—. Y entonces po-
drás volver a volar.
De repente, sonó el timbre de la puerta. Harry vaciló
un momento, pero salió de su habitación y bajó la escalera;
era excesivo pretender que Hestia y Dedalus se las arregla-
ran solos con los Dursley
—¡Harry Potter! —chilló una emocionada voz en cuanto
el muchacho abrió la puerta; un individuo bajito con som-
brero de copa color malva le hizo una profunda reveren-
cia—. ¡Es un gran honor, como siempre!
—Gracias, Dedalus —repuso Harry dirigiéndole una
tímida y embarazosa sonrisa a la morena Hestia—. Os agra-
dezco que hagáis esto. Mirad, aquí están: mis tíos y mi pri-
mo...
—¡Buenas tardes, parientes de Harry Potter! —saludó
Dedalus alegremente al entrar con decisión en el salón.
A los Dursley no les gustó nada ese tratamiento, y Ha-
rry temió que volvieran a cambiar de idea. Al ver al mago y
la bruja, Dudley se acercó más a su madre.
—Veo que ya están listos para marchar. ¡Excelente! El
plan, como les ha explicado Harry, es muy sencillo —dijo
Dedalus mientras examinaba el enorme reloj que se sacó
del bolsillo—. Nos iremos antes que Harry. Debido al peli-
gro que conlleva emplear la magia en esta casa (puesto que
el muchacho todavía es menor de edad, si lo hiciéramos el
ministerio tendría una excusa para apresarlo), cogeremos
el coche y nos alejaremos unos quince kilómetros; luego nos
desapareceremos e iremos al lugar seguro que hemos elegi-
do para ustedes. Supongo que sabe conducir, ¿verdad? —le
preguntó a tío Vernon.
—¿Si sé condu...? ¡Pues claro que sé conducir! —farfu-
lló Vernon.
—Es usted muy inteligente, señor, muy inteligente. Re-
conozco que yo me haría un lío tremendo con todos esos bo-
tones y palancas —declaró Dedalus. Era evidente que creía
estar halagando a Vernon Dursley, pero éste iba perdiendo
confianza en el plan a cada palabra que pronunciaba el
mago.
—Ni siquiera sabe conducir —masculló, y el bigote se
le agitó con indignación, pero por suerte ni Dedalus ni Hes-
tia lo oyeron.
—Tú, Harry —continuó el mago—, esperarás aquí has-
ta que llegue tu escolta. Ha habido un pequeño cambio de
planes...
—¿Qué quieres decir? —saltó el chico—. Yo creía que iba
a venir Ojoloco y me llevaría mediante la Aparición Con-
junta.
—No ha podido ser —intervino Hestia, lacónica—. Ya
te lo explicará él mismo.
Los Dursley, que escuchaban la conversación con cara
de no entender nada, dieron un respingo cuando una fuerte
voz chilló: «¡Daos prisa!» Harry recorrió la habitación con la
mirada hasta que comprendió que la voz había salido del
reloj de bolsillo de Dedalus.
—Sí, es cierto; estamos operando con un margen de
tiempo muy ajustado —aclaró el mago asintiendo a su reloj
y guardándoselo en el bolsillo del chaleco—. Intentaremos
que tu salida de la casa coincida con la desaparición de tu
familia, Harry; de ese modo, el encantamiento se romperá
en el preciso instante en que todos vayáis hacia un lugar se-
guro. —Se dio la vuelta hacia los Dursley y añadió—: Bueno,
¿estamos listos para partir?
Nadie le contestó: tío Vernon seguía contemplando, ho-
rrorizado, el abultado bolsillo del chaleco del mago.
—Quizá deberíamos esperar en el recibidor, Dedalus
—murmuró Hestia, creyendo que demostrarían muy poco
tacto si se quedaban en el salón mientras Harry y los Durs-
ley intercambiaban afectuosas y quizá emotivas palabras
de despedida.
—No hace falta —murmuró Harry, pero su tío zanjó la
situación diciendo en voz alta:
—Bueno, chico, pues adiós.
Vernon Dursley levantó el brazo derecho para estre-
charle la mano, pero en el último momento debió de sentir-
se incapaz de ello, porque cerró la mano y balanceó el brazo
adelante y atrás como si fuera un metrónomo.
—¿Listo, Diddy? —preguntó tía Petunia comprobando,
nerviosa, el cierre de su bolso para no tener que mirar a Ha-
rry.
Dudley no contestó, pero se quedó allí plantado con la
boca entreabierta, y Harry se acordó de Grawp, el gigante.
—Pues... ¡nos vamos! —anunció tío Vernon, y ya había
llegado a la puerta del salón cuando su hijo masculló:
—No lo entiendo.
—¿Qué es lo que no entiendes, Peoncita? —preguntó
tía Petunia mirándolo con extrañeza.
Dudley levantó una mano, enorme como un jamón, y
señalando a Harry preguntó:
—¿Por qué no viene con nosotros?
Sus padres se quedaron paralizados, mirándolo como
si acabara de expresar el deseo de ser bailarina.
—¿Qué dices? —tronó Vernon.
—¿Por qué él no viene con nosotros?
—Pues... porque no quiere —repuso Vernon; se dio la
vuelta, fulminó a Harry con la mirada y añadió—: No quie-
res venir, ¿verdad que no?
—No, claro que no.
—¿Lo ves? —le dijo Vernon a su hijo—. Y ahora, vamo-
nos.
Vernon Dursley salió al recibidor y oyeron cómo se abría
la puerta de entrada, pero Dudley no se movió; tras dar
unos pasos vacilantes, tía Petunia se detuvo también.
—Y ahora ¿qué pasa? —gruñó su marido, y volvió a plan-
tarse en el umbral.
Al parecer, Dudley lidiaba con conceptos demasiado di-
fíciles para expresarlos con palabras. Tras unos momentos
de dolorosa lucha interna, cuestionó:
—Pero ¿adonde va a ir?
Los tíos de Harry se miraron, de pronto asustados por
la pregunta de Dudley. Hestia Jones interrumpió el silen-
cio.
—Pero... ustedes saben adonde irá su sobrino, ¿verdad?
—preguntó desconcertada.
—Claro que lo sabemos —contestó Vernon Dursley—.
Se va con los de su calaña, ¿no? Métete en el coche, Dudley;
ya has oído a ese hombre: tenemos prisa.
Y volvió a ir hasta la puerta de entrada, pero su hijo no
lo siguió.
—¿Ha dicho que se va con los de su calaña? —Hestia
estaba escandalizada.
Harry ya había vivido otras veces esa reacción, pero los
magos y las brujas no entendían que los parientes más pró-
ximos del famoso Harry Potter se interesaran tan poco por
él.
—No pasa nada —la tranquilizó Harry—. No importa,
en serio.
—¿Que no importa? —repitió Hestia elevando la voz ame-
nazadoramente—. ¿Es que esta gente no se da cuenta de lo
que has llegado a sufrir, ni del peligro que has corrido, ni de
la excepcional posición que ocupas en el seno del movi-
miento antiVoldemort?
—Pues... no, la verdad es que no. Ellos creen que lo úni-
co que hago es ocupar espacio, pero estoy acostumbrado a...
—Yo no creo que lo único que hagas sea ocupar espacio.
Si Harry no hubiera visto cómo Dudley movía los labios,
quizá no lo habría creído. Miró a su primo unos segundos an-
tes de aceptar que era él quien había hablado, porque, para
empezar, Dudley se había sonrojado. Harry se quedó abo-
chornado y atónito.
—Bien... eh... gracias, Dudley.
Una vez más dio la impresión de que Dudley lidiaba
con pensamientos demasiado complicados para expresar,
hasta que logró balbucear:
—Tú me salvaste la vida.
—No exactamente —repuso Harry—. Lo que te hubie-
ra quitado aquel dementor habría sido el alma...
Miró con curiosidad a su primo. Durante ese verano y
el anterior apenas se habían relacionado, porque Harry ha-
bía pasado poco tiempo en Privet Drive y casi siempre se
encerraba en su habitación. Sin embargo, entonces com-
prendió que la taza de té frío con que había tropezado esa
mañana no era ninguna broma. Aunque estaba emociona-
do, le alivió que Dudley hubiera agotado su capacidad de
manifestar sus sentimientos. Tras despegar los labios un
par de veces más, su primo, rojo como un tomate, decidió
guardar silencio.
Tía Petunia rompió a llorar. Hestia Jones le dirigió una
mirada de comprensión que se transformó en indignación
al ver que la mujer corría a abrazar a Dudley en lugar de a
Harry.
—¡Qué tierno eres, Dudders! —sollozó Petunia hundien-
do la cabeza en el inmenso pecho de su hijo—. ¡Qué chico tan
encantador! ¡Mira que darle las gracias...!
—¡Pero si no le ha dado las gracias! —protestó Hestia,
ofendida—. ¡Sólo ha dicho que no creía que Harry únicamen-
te ocupara espacio!
—Ya, pero viniendo de Dudley, eso es como decir «te
quiero» —aclaró Harry, que se debatía entre el fastidio y las
ganas de echarse a reír, mientras su tía seguía abrazando a
Dudley como si éste acabara de salvar a su primo de un edi-
ficio en llamas.
—¿Nos vamos o no? —rugió tío Vernon, que había rea-
parecido en el umbral del salón—. ¡Creía que tenían un mar-
gen de tiempo muy ajustado!
—Sí, es verdad —confirmó Dedalus Diggle, que había
observado la escena con aire de desconcierto. Tras recobrar
la compostura, añadió—: Tenemos que irnos. Harry... —De-
cidido, fue hacia el muchacho y le estrechó la mano enérgica-
mente—. Buena suerte. Espero que volvamos a vernos. Todas
las esperanzas del mundo mágico están puestas en ti.
—¡Ah, vale! Gracias.
—Adiós, Harry —se despidió Hestia, y también le es-
trechó la mano—. Pensaremos en ti.
—Espero que todo salga bien —repuso el muchacho mi-
rando de soslayo a tía Petunia y Dudley.
—Sí, estoy seguro de que acabaremos siendo íntimos
amigos —vaticinó el mago alegremente, y al salir de la ha-
bitación agitó su sombrero. Hestia lo siguió.
Dudley se soltó con cuidado del abrazo de su madre, se
aproximó a Harry, que tuvo que dominar el impulso de ame-
nazarlo con magia, y le tendió una manaza rosada.
—Caray, Dudley —exclamó Harry mientras tía Petu-
nia sollozaba con renovado ímpetu—, ¿estás seguro de que
los dementores no te metieron dentro otra personalidad?
—No lo sé —farfulló el chico—. Hasta otra, Harry.
—Ya... —Harry le cogió la mano y se la estrechó—. Pue-
de ser. Cuídate, Big D.
Dudley casi compuso una sonrisa y salió de la habita-
ción con andares torpes. Harry oyó sus fuertes pisadas por
el camino de grava y cómo se cerraba la puerta del coche.
Tía Petunia, que tenía la cara hundida en un pañuelo,
alzó la cabeza al oír el ruido. Al parecer no había previsto
quedarse a solas con su sobrino, de modo que se guardó pre-
cipitadamente el pañuelo húmedo en el bolsillo y dijo:
—Bueno, adiós. —Y caminó hacia la puerta sin mirarlo.
—Adiós —repuso Harry.
Ella se detuvo y se dio la vuelta. Por un instante Harry
creyó que quería decirle algo, porque le lanzó una extraña
y trémula mirada y despegó los labios; pero entonces hizo
un gesto brusco con la cabeza y salió presurosa de la habi-
tación tras los pasos de su esposo y su hijo.
Capitulo 2. In Memoriam
Harry sangraba. Mientras se apretaba la mano derecha con
la izquierda y maldecía por lo bajo, abrió la puerta de su dor-
mitorio empujándola con el hombro. De inmediato se oyó
un crujido de porcelana al romperse, pues le había dado un
puntapié a una taza de té que había en el suelo, delante mis-
mo de la puerta.
—Pero ¿qué...?
Echó un vistazo alrededor: el rellano del número 4 de
Privet Drive se hallaba desierto. Seguramente, Dudley ha-
bía dejado allí la taza, convencido de que estaba haciendo
una broma ingeniosa. Manteniendo la mano que le sangra-
ba en alto, Harry recogió los fragmentos de porcelana con
la otra y los arrojó a la papelera, ya rebosante, que había
justo al lado de su dormitorio. Luego fue al cuarto de baño a
poner el dedo bajo el grifo.
Era estúpido, absurdo y sumamente irritante que to-
davía faltaran cuatro días para que se le permitiera practi-
car magia. Pero tenía que admitir que no habría sabido qué
hacer con aquel corte irregular en el dedo. Todavía no había
aprendido a curar heridas y, pensándolo bien —sobre todo a
la luz de sus planes inmediatos—, eso era un grave fallo de
su educación mágica. Se dijo que debía pedirle a Hermione
que le enseñara y a continuación, con un gran puñado de pa-
pel higiénico, limpió el té derramado antes de volver a su
dormitorio y cerrar de un portazo.
Había pasado la mañana vaciando por completo su baúl
del colegio por primera vez desde que lo llenara seis años
atrás. Al principio de cada curso escolar se limitaba a sacar
de él las tres cuartas partes de su contenido y sustituirlas o
ponerlas al día, pero dejaba una capa de residuos en el fon-
do: plumas viejas, ojos de escarabajo disecados, calcetines
desparejados... Unos minutos antes, al meter la mano en ese
mantillo, había experimentado un agudo dolor en el dedo
anular de la mano derecha y, al retirarla, vio la sangre.
Esta vez tuvo más cuidado. Volvió a arrodillarse junto
al baúl, buscó a tientas en el fondo y, tras sacar una vieja
insignia donde se leía alternativamente «Apoya a CEDRIC
DIGGORY» y «POTTER APESTA», un chivatoscopio rajado y
gastado y un guardapelo de oro que contenía una nota fir-
mada «R.A.B.», encontró por fin el borde afilado que le ha-
bía producido la herida. Lo reconoció de inmediato: era un
trozo de unos cinco centímetros del espejo encantado que le
había regalado Sirius, su difunto padrino. Lo puso aparte y
siguió tanteando con precaución en el baúl en busca de la
parte restante, pero del último regalo de su padrino no que-
daba más que un poco de vidrio pulverizado que, como bri-
llante arenilla, se había adherido a la capa más profunda
de residuos.
Se incorporó y examinó el trozo de bordes irregulares
con que se había cortado, pero lo único que vio reflejado fue
su propio ojo, de un verde vivo. Dejó el fragmento encima de
El Profeta de esa mañana (todavía por leer), que estaba so-
bre la cama, y, para detener el repentino torrente de amargos
recuerdos y punzadas de remordimiento y nostalgia origi-
nados por el hallazgo del espejo roto, arremetió contra el res-
to de los cachivaches que quedaban en el baúl.
Tardó otra hora en vaciarlo por completo, tirar los bár-
tulos inservibles y separar los demás en dos montones,
según fuera a necesitarlos o no. Acumuló en un rincón la
túnica del colegio y la de quidditch, el caldero, las hojas de
pergamino, las plumas y la mayoría de los libros de texto,
porque no tenía intención de llevárselos. Entonces se pre-
guntó qué harían sus tíos con ellos; seguramente quemar-
los a altas horas de la noche, como si fueran la prueba de
algún espantoso crimen. En cambio, metió en una mochila
vieja la ropa de muggle, la capa invisible, el equipo de pre-
parar pociones, algunos libros, el álbum de fotografías que
le había regalado Hagrid, un atado de cartas y su varita
mágica. En un bolsillo delantero de la mochila guardó el
mapa del merodeador y el guardapelo con la nota firmada
«R.A.B.». Al guardapelo le había concedido ese lugar de ho-
nor no porque fuera valioso —no valía nada, al menos a
efectos prácticos—, sino por lo que le había costado obte-
nerlo.
Encima del escritorio, junto a Hedwig —su lechuza
blanca como la nieve—, aún quedaba un buen montón de
periódicos: uno por cada día pasado en Privet Drive ese ve-
rano.
Al cabo de un rato se puso en pie, se estiró y se acercó al
escritorio. Hedwig no se movió mientras él se ocupaba de
hojear los periódicos antes de tirarlos al montón de basura
uno tras otro; la lechuza dormía o fingía hacerlo, ya que es-
taba enfadada con Harry por el poco tiempo que le permitía
salir de la jaula.
A medida que llegaba al final de los periódicos, fue pa-
sándolos más despacio, intentando recuperar uno que ha-
bía llegado poco después de que él regresara a Privet Drive
a principios del verano; recordaba que la primera plana de
ese ejemplar incluía un breve comentario sobre la dimi-
sión de Charity Burbage, la profesora de Estudios Muggles
de Hogwarts. Por fin lo encontró. Buscó la página 10, se
dejó caer en la silla del escritorio y releyó el artículo que
buscaba.
REMEMBRANZA DE ALBUS DUMBLEDORE
Elphias Doge
Conocí a Albus Dumbledore cuando tenía once años;
era nuestro primer día en Hogwarts. La atracción
mutua que experimentamos se debió sin duda al
hecho de que ambos nos sentíamos como intrusos
allí. Yo había contraído viruela de dragón poco an-
tes de instalarme en el colegio y, aunque ya no con-
tagiaba, mi cara —picada y de un desagradable
tono verdoso— no animaba a nadie a acercárseme.
Albus, por su parte, había llegado a Hogwarts bajo
la carga de una notoriedad en absoluto deseada.
Apenas un año atrás, su padre, Percival, había sido
condenado por una brutal agresión, muy divulga-
da, contra tres jóvenes muggles.
El nunca intentó negar que su progenitor (que
moriría en Azkaban) hubiera cometido ese crimen;
es más, cuando reuní el valor suficiente para pre-
guntárselo, me aseguró que sabía que su padre era
culpable. Aparte de eso, se negó a seguir hablando
de tan lamentable asunto, aunque muchos intenta-
ron tirarle de la lengua. Algunos incluso elogiaban el
acto de Percival y daban por sentado que su hijo tam-
bién odiaba a los muggles. Pero estaban muy equi-
vocados, como podría atestiguar cualquiera que lo
conociera; él nunca manifestó ni la más remota ten-
dencia antimuggle. De hecho, con su decidido apoyo
a los derechos de los no magos, se ganaría muchos
enemigos en los años posteriores.
Sin embargo, en cuestión de meses la fama que
iba adquiriendo empezó a eclipsar la de su padre.
Hacia finales de su primer curso, ya nadie lo cono-
cía como el hijo de un criminal antimuggles, sino
como —nada más y nada menos— el alumno más
brillante que jamás había pasado por el colegio.
Quienes tuvimos el privilegio de contarnos entre
sus amigos nos beneficiamos de su ejemplo, así
como de su ayuda y sus palabras de ánimo, con las
que siempre fue generoso. Años después me con-
fió que ya entonces sabía que lo que más le gustaba
era enseñar.
No sólo ganó todos los premios importantes del
colegio, sino que pronto estableció una correspon-
dencia regular con los personajes del mundo mági-
co más destacados de la época, entre ellos Nicolás
Flamel, el famoso alquimista; Bathilda Bagshot, la
renombrada historiadora, y Adalbert Waffling, el
teórico de la magia. Asimismo, varios trabajos su-
yos fueron incluidos en publicaciones especializa-
das como La transformación moderna, Desafíos en
encantamientos y El elaborador de pociones práctico,
lúa. carrera de Dumbledore prometía ser meteó-
rica, y lo único que quedaba por saber era cuándo
se convertiría en ministro de Magia. Sin embargo,
pese a que en los años siguientes a menudo se pre-
dijo que estaba a punto de asumir el cargo, nunca
tuvo ambiciones políticas.
Tres años después de nuestro ingreso en Hog-
warts llegó al colegio su hermano Aberforth. No se
parecían mucho, pues éste nunca fue buen estu-
diante y, a diferencia de mi amigo, prefería resol-
ver las disputas mediante duelos en lugar de con
discusiones razonadas. Con todo, no es correcto in-
sinuar, como han hecho algunos, que ambos her-
manos estuvieran enemistados. Se llevaban tan
bien como podían llevarse dos chicos tan diferentes.
Para ser justos con Aberforth, hay que reconocer
que vivir a la sombra de Albus no era una expe-
riencia agradable. Sus amigos teníamos que sobre-
llevar el hecho de quedar siempre eclipsados por
él, y para su hermano debía de resultar aún más
difícil.
Cuando Dumbledore y yo terminamos los es-
tudios en Hogwarts, planeamos hacer juntos la
entonces tradicional vuelta al mundo, visitando y
observando a los magos de otros países, antes de
emprender nuestras respectivas carreras. Pero se
produjo una tragedia: la víspera del inicio de nues-
tro viaje murió la madre de mi amigo, Kendra, y él
se convirtió en el cabeza de familia y su único sos-
tén. Aplacé mi partida el tiempo suficiente para
asistir al funeral y ofrecer mi pésame a la familia,
pero luego emprendí el viaje en solitario. Como Al-
bus tenía un hermano y una hermana menores a
su cargo y, además, les habían dejado muy poco di-
nero, no podía plantearse acompañarme.
Ese fue el periodo de nuestras vidas en que tu-
vimos menos contacto. A pesar de todo, me cartea-
ba con él y le describía, quizá con escaso tacto, las
maravillas de mi viaje, desde cómo me salvé por
muy poco de las quimeras en Grecia hasta los ex-
perimentos de los alquimistas egipcios. En sus car-
tas, él apenas me hablaba de su vida cotidiana, que
a mí se me antojaba frustrante y aburrida para un
mago tan brillante. Inmerso en mis propias expe-
riencias, cuando mi año sabático tocaba ya a su fin,
me enteré horrorizado de que otra tragedia había
golpeado a los Dumbledore: la muerte de su her-
mana Ariana.
Pese a que ésta tenía problemas de salud desde
hacía mucho tiempo, el infortunio, acaecido poco
después de la pérdida de la madre, afectó mucho a
los dos hermanos. Todos los que teníamos una rela-
ción estrecha con Albus (y me cuento entre esos afor-
tunados) coincidimos en que la muerte de Ariana y
el sentimiento de culpa que lo embargó (aunque él
no tuvo ninguna responsabilidad en lo ocurrido, por
supuesto) lo marcaron para siempre.
A mi regreso encontré a un joven que había so-
portado un sufrimiento desproporcionado para su
edad; se mostraba más reservado que antes y mu-
cho menos alegre. Por si fuera poca su desgracia, la
muerte de Ariana no propició el acercamiento entre
él y Aberforth, sino que acentuó su distanciamien-
to. (Con el tiempo, esa situación se resolvió, pues
ambos hermanos recuperaron, si no una estrecha
amistad, al menos una relación cordial.) Sin embar-
go, a partir de entonces Albus raramente hablaba
de sus padres ni de Ariana, y sus amigos aprendi-
mos a no mencionarlos.
Otras plumas se ocuparán de describir los éxi-
tos de los años siguientes. Las innumerables contri-
buciones de Dumbledore al acervo del conocimiento
mágico, entre ellas el descubrimiento de los doce
usos de la sangre de dragón, beneficiarán a gene-
raciones venideras, igual que la sabiduría de que
hizo gala en las numerosas sentencias que dictó
mientras fue Jefe de Magos del Wizengamot. Di-
cen, todavía hoy, que ningún duelo mágico puede
compararse con el que protagonizaron él y Grin-
delwald en 1945. Aquellos que lo presenciaron han
descrito el terror y el sobrecogimiento que sintie-
ron al ver combatir a esos dos extraordinarios ma-
gos. La victoria de Dumbledore y sus consecuencias
para el mundo mágico se consideran un punto de
inflexión en la historia de la magia, semejante al
de la introducción del Estatuto Internacional del
Secreto o a la caída de El-que-no-debe-ser-nombra-
do.
Albus Dumbledore nunca fue orgulloso ni pe-
dante; sabía encontrar algo meritorio en cada perso-
na, por insignificante o desgraciada que pareciera,
y creo que sus tempranas pérdidas lo dotaron de una
gran humanidad y una enorme compasión. No ten-
go palabras para expresar cuánto echaré de menos
su amistad, pero mi dolor no es nada comparado
con el del mundo mágico. Nadie puede poner en
duda que Dumbledore fue el más ejemplar y el más
querido de todos los directores de Hogwarts. Murió
como había vivido: siempre trabajando por el triun-
fo del bien y, hasta el último momento, tan dispues-
to a tenderle una mano a un niño con viruela de
dragón como lo estaba el día que lo conocí.
Harry terminó de leer, pero siguió contemplando la fo-
tografía que acompañaba la nota necrológica: Dumbledore
exhibía su habitual y bondadosa sonrisa, y como miraba el
objetivo por encima de sus gafas de media luna, al mucha-
cho le dio la sensación, incluso en el papel de prensa, de que
lo traspasaba con rayos X. Y la tristeza se le mezcló con un
sentimiento de humillación.
Siempre había creído que conocía bien a Dumbledore,
pero tras leer esa nota necrológica se vio obligado a recono-
cer que apenas sabía nada de él. Jamás había imaginado su
infancia ni su juventud; era como si siempre hubiera sido
como él lo conoció: un venerable anciano de cabello platea-
do. La idea de un Dumbledore adolescente se le antojaba
rara; era como tratar de pensar en una Hermione estúpida
0en un escreguto de cola explosiva bonachón.
Nunca se le ocurrió preguntarle acerca de su pasado
(sin duda habría resultado extraño, incluso impertinente,
pues al fin y al cabo todos sabían que había participado en
aquel legendario duelo con Grindelwald), ni le había pasa-
do por la cabeza pedirle detalles de ése ni de ningún otro de
sus famosos logros. No, siempre habían hablado de Harry,
del pasado de Harry, del futuro de Harry, de los planes de
1larry... y ahora éste tenía la impresión, pese a lo peligroso
e incierto que era su futuro, de que había desperdiciado
oportunidades irrepetibles al no preguntarle más cosas so-
bre su vida, aunque la única pregunta personal que le ha-
bía formulado era también la única que sospechaba que el
director del colegio no había contestado con sinceridad:
«¿Qué es lo que ve cuando se mira en el espejo?»
«¿Yo? Me veo sosteniendo un par de gruesos calcetines
de lana.»
Harry permaneció pensativo unos minutos; luego re-
cortó la nota necrológica de El Profeta, la dobló con cuidado
y la guardó dentro del primer volumen de Magia defensiva
práctica y cómo utilizarla contra las artes oscuras.
Entonces tiró el resto del periódico al montón de basura y
contempló la habitación: estaba mucho más ordenada. Lo
único que seguía fuera de su sitio era el periódico de ese
día, sobre la cama y con el fragmento del espejo roto enci-
ma.
Harry cruzó el dormitorio, cogió El Profeta, dejando
que el fragmento de espejo resbalara y cayera a la cama, y lo
abrió. Cuando la lechuza del correo se lo entregó enrollado
por la mañana, no había hecho más que echarle un vistazo
al titular y dejarlo por ahí, tras comprobar que no menciona-
ba a Voldemort. Estaba seguro de que el ministerio se valía
de El Profeta para ocultar las noticias sobre el Señor Tene-
broso. Por eso no vio hasta ese momento lo que había pasa-
do por alto.
En la mitad inferior de la primera plana había un titu-
lar más pequeño sobre una fotografía de Dumbledore cami-
nando a grandes zancadas, al parecer con prisa:
DUMBLEDORE, ¿LA VERDAD, POR FIN?
La semana que viene se publicará la asombrosa
historia del imperfecto genio, considerado por mu-
chos el mago más grande de su generación. Rita
Skeeter echa por tierra la popular imagen del sa-
bio sereno de barba plateada y revela la proble-
mática infancia, la descontrolada juventud, las
eternas enemistades y los vergonzosos secretos
que Dumbledore se llevó a la tumba. ¿Por qué un
hombre destinado a ser ministro de Magia se con-
tentó con dirigir un colegio? ¿Cuál era el verdadero
propósito de la organización secreta conocida como
Orden del Fénix? ¿Cómo murió realmente Dum-
bledore?
Estas y muchas otras preguntas se investi-
gan en la explosiva biografía Vida y mentiras de
Albus Dumbledore, de Rita Skeeter, entrevistada
en exclusiva por Betty Braithwaite (véase pági-
na 13).
Harry abrió el periódico con brusquedad y buscó la pá-
gina 13. El artículo iba acompañado de una fotografía de
otra cara que también le resultó familiar: una mujer de ga-
las con joyas incrustadas en la montura y de rubio cabello
rizado artificialmente; dejando entrever los dientes, esbo-
zaba una sonrisa que sin duda pretendía ser encantadora y
saludaba agitando los dedos. Harry hizo todo lo posible por
ignorar esa desagradable imagen y leyó:
En persona, Rita Skeeter es más dulce y afectuosa
de lo que sugieren sus famosas y despiadadas sem-
blanzas. Tras recibirme en el vestíbulo de su aco-
gedora casa, me lleva directamente a la cocina para
ofrecerme una taza de té, un trozo de bizcocho y,
huelga decirlo, una buena hornada de cotilleos.
«Sí, desde luego, Dumbledore es el sueño de
todo biógrafo —afirma—. Tuvo una vida larga y ple-
na. Estoy segura de que mi libro será el primero de
una larga serie.»
Skeeter no ha perdido el tiempo, pues terminó
su libro —de novecientas páginas— tan sólo cua-
tro semanas después de la misteriosa muerte de
Dumbledore, acaecida en junio. Le pregunto cómo
consiguió esa hazaña.
«Bueno, verás, cuando llevas tantos años como
yo ejerciendo el periodismo te acostumbras a tra-
bajar con un plazo determinado. Era consciente de
que el mundo mágico estaba pidiendo a gritos la
historia completa, y quería ser la primera en satis-
facer esa necesidad.»
Menciono los recientes comentarios, ampliamen-
te divulgados, de Elphias Doge, consejero especial
del Wizengamot y gran amigo de Albus Dumbledo-
re, según los cuales «el libro de Skeeter contiene me-
nos hechos reales que los cromos de las ranas de
chocolate».
Skeeter echa la cabeza atrás y ríe.
«¡El bueno de Dodgy! Recuerdo que hace unos
años lo entrevisté acerca de los derechos de la gen-
te del agua. ¡Pobre hombre! Estaba completamente
ido; al parecer creía que nos hallábamos sentados
en el fondo del lago Windermere, y no paraba de
decirme que estuviera atenta por si veía alguna
trucha.»
Sin embargo, otras personas se han hecho eco
de las acusaciones de inexactitud formuladas por
Elphias Doge. De modo que le planteo a Skeeter si
cree que un tiempo tan breve —cuatro semanas—
le ha bastado para hacerse una idea completa de la
larga y extraordinaria vida de Dumbledore.
«¡Ay, querida! —replica componiendo una sonri-
sa, y me da unas afectuosas palmaditas en la
mano—.
Tú sabes tan bien como yo la cantidad de informa-
ción que puede obtenerse con una bolsa llena de ga-
leones, con la determinación de no aceptar un no
por respuesta y provista de una buena pluma a
vuelapluma. Además, la gente hacía cola para cri-
ticar a Dumbledore. Verás, no todo el mundo lo
consideraba tan maravilloso, puesto que molestó a
más de un personaje importante. Pero el bueno de
Dodgy Doge ya puede ir apeándose de su hipogrifo,
porque yo he tenido acceso a una fuente por la que
muchos periodistas cambiarían su varita, alguien
que hasta ahora nunca había hablado en público
y que estuvo cerca de Dumbledore durante la eta-
pa más turbulenta e inquietante de su juventud.»
En efecto, los avances publicitarios de la bio-
grafía redactada por Skeeter sugieren que ésta de-
parará sorpresas a los que creen que Dumbledore
llevó una vida sin tacha. Le pregunto cuáles son
las sorpresas más relevantes que incluye.
«Vamos, Betty, no creerás que voy a desvelar
lo más destacado antes de que la gente haya com-
prado el libro, ¿verdad? —bromea la periodista—.
Pero puedo adelantar que quien siga creyendo que
Dumbledore era tan inmaculado como su barba se
va a llevar un chasco. Me limitaré a decir que nadie
que alguna vez lo oyera despotricar contra Quien-
tú-sabes habrá podido imaginar que tuvo sus escar-
ceos con las artes oscuras en su juventud. Y para
tratarse de un mago que pasó los últimos años de
su vida exigiendo tolerancia, de joven no era muy
tolerante que digamos. Sí, Albus Dumbledore tuvo
un pasado sumamente turbio, por no mencionar al
resto de esa sospechosa familia a la que tanto tra-
bajo le costó mantener a raya.»
Le pregunto a Skeeter si se refiere al hermano
de Dumbledore, Aberforth, cuya condena por parte
del Wizengamot por uso indebido de la magia pro-
vocó un pequeño escándalo hace quince años.
«Bueno, Aberforth sólo es la punta del iceberg
—responde Skeeter riendo—. No, no; me refiero a
algo mucho peor que un hermano aficionado a ju-
gar con cabras, o peor incluso que un padre que iba
por ahí agrediendo a muggles. Además, Dumbledo-
re no consiguió que se moderaran, y el Wizengamot
los inculpó a ambos. En realidad, las que me intri-
gaban eran la madre y la hermana, así que me puse
a indagar y no tardé en descubrir un verdadero
nido de infamias. Pero, como ya he dicho, tendréis
que leer del capítulo nueve al doce para saber to-
dos los detalles. Lo único que puedo adelantar aho-
ra es que no me extraña que Dumbledore nunca
explicara cómo se rompió la nariz.»
Le comento a Skeeter si, a pesar de esos trapos
sucios que la familia intentaba ocultar, niega la ge-
nialidad que permitió a Dumbledore hacer tantos
descubrimientos mágicos.
«Era listo —admite—, aunque ahora muchos
ponen en duda si realmente merecía que se le reco-
nociera la autoría de todos sus presuntos logros.
Como revelo en el capítulo dieciséis, Ivor Dillonsby
afirma que él ya había descubierto ocho usos de la
sangre de dragón cuando Dumbledore "tomó pres-
tados" sus trabajos.»
No obstante, insisto en que la importancia de
algunos logros de Dumbledore no puede negarse.
Así pues, ¿qué opina de la famosa derrota de Grin-
delwald?
«Mira, me alegro de que menciones a Grindel-
wald —responde Skeeter con una seductora sonri-
sa—. Me temo que aquellos cuyos ojos se humedecen
con la historia de la espectacular victoria de Dum-
bledore deberían prepararse para recibir un bom-
bazo, o quizá una bomba fétida. Fue un asunto muy
sucio, ¿sabes? Lo único que voy a decir es que no de-
béis estar tan seguros de que sea verdad que hubo
un espectacular duelo digno de una leyenda. Cuando
la gente haya leído mi libro, quizá se vea obligada
a concluir que Grindelwald se limitó a hacer apa-
recer un pañuelo blanco en el extremo de su varita
mágica y entregarse sin oponer resistencia.»
Skeeter se niega a dar más detalles sobre ese
intrigante tema, así que pasamos a hablar de la re-
lación amistosa que sin duda más fascinará a sus
lectores.
«¡Ah, sí, sí —dice Skeeter asintiendo enérgica-
mente—, le dedico un capítulo entero a la relación
de Dumbledore con Potter! Hay quien la ha califi-
cado de morbosa, incluso siniestra. Una vez más
insisto en que los lectores tendrán que comprar mi
libro para conocer toda la historia, pero no cabe
duda de que el director de Hogwarts desarrolló un
interés poco natural por Potter desde el principio.
Ya veremos si lo hizo realmente por el interés del
chico. Desde luego, es un secreto a voces que éste
ha tenido una adolescencia muy turbulenta.»
Le pregunto si todavía sigue en contacto con
Harry Potter, a quien entrevistó divinamente el año
pasado y sobre quien publicó un revelador artículo
en el que él hablaba en exclusiva de su convicción
de que Quien-ustedes-saben había regresado.
«Sí, claro, hemos desarrollado un fuerte vínculo.
El pobre Potter tiene muy pocos amigos auténticos,
y nosotros nos conocimos en uno de los momentos
más difíciles de su vida: el Torneo de los Tres Ma-
gos. Seguramente soy una de las pocas personas
con vida que pueden jactarse de conocer al verdade-
ro Harry Potter.»
Esa afirmación nos lleva a hablar de los nu-
merosos rumores que todavía circulan acerca de
las horas finales de Dumbledore. ¿Cree Skeeter
que Potter estaba presente cuando murió el profe-
sor?
«Verás, no quiero hablar demasiado (está todo
en el libro), pero hay testigos oculares del castillo
de Hogwarts que vieron a Potter huyendo del lugar
momentos después de que el director del colegio
cayera, saltara o fuera empujado desde la torre.
Más tarde, Potter acusó a Severus Snape, a quien
guarda un profundo rencor. ¿Ocurrió todo como pa-
rece? Eso tendrá que decidirlo la comunidad mági-
ca... después de leer mi libro.»
Dejamos esa intrigante frase en el aire. No cabe
duda de que Skeeter ha escrito un auténtico super-
venías. Entretanto, las legiones de admiradores
de Dumbledore quizá estén temblando por lo que
pronto descubrirán sobre su héroe.
Harry llegó al final del artículo y se quedó contemplan-
do la página como embobado. La rabia y el asco surgían en
su interior como vómito; arrugó el periódico y lo lanzó con
todas sus fuerzas contra la pared, donde se unió al resto
de la basura amontonada alrededor de la rebosante pape-
lera.
A continuación se paseó abstraído por la habitación,
abriendo cajones vacíos y cogiendo libros para luego dejarlos
en los mismos montones, apenas consciente de lo que hacía.
Algunas frases del artículo le resonaban en la cabeza: «[...]
dedico un capítulo entero a la relación de Dumbledore con
Potter [...] hay quien la ha calificado de morbosa, incluso si-
niestra [...] tuvo sus escarceos con las artes oscuras en su
juventud [...] he tenido acceso a una fuente por la que mu-
chos periodistas cambiarían su varita [...]».
—¡Mentiras! —gritó Harry, y por la ventana vio al veci-
no de al lado que, mirándolo con nerviosismo, se había de-
tenido para volver a poner en marcha el cortacésped.
Se dejó caer con frustración en la cama, haciendo sal-
tar el trozo de espejo; lo cogió y lo giró entre los dedos, al
tiempo que pensaba en Dumbledore y en los embustes con
que Rita Skeeter lo estaba difamando.
De pronto percibió un intenso destello azul. Se quedó
paralizado, y el dedo que se había cortado se le deslizó otra
vez por el borde irregular del espejo. Eran imaginaciones
suyas, no había otra explicación. Miró hacia atrás, pero la
pared lucía aquel asqueroso tono melocotón elegido por tía
Petunia: allí no había nada de color azul que pudiera ha-
berse reflejado en el espejo. Volvió a mirarse en éste y no
vio más que su ojo, de un verde vivo, devolviéndole la mira-
da.
Se lo había imaginado, era evidente; se lo había ima-
ginado porque estaba pensando en el difunto director del
colegio. Si de algo estaba seguro era de que los ojos azules
de Albus Dumbledore jamás volverían a clavarse en los
suyos.
la izquierda y maldecía por lo bajo, abrió la puerta de su dor-
mitorio empujándola con el hombro. De inmediato se oyó
un crujido de porcelana al romperse, pues le había dado un
puntapié a una taza de té que había en el suelo, delante mis-
mo de la puerta.
—Pero ¿qué...?
Echó un vistazo alrededor: el rellano del número 4 de
Privet Drive se hallaba desierto. Seguramente, Dudley ha-
bía dejado allí la taza, convencido de que estaba haciendo
una broma ingeniosa. Manteniendo la mano que le sangra-
ba en alto, Harry recogió los fragmentos de porcelana con
la otra y los arrojó a la papelera, ya rebosante, que había
justo al lado de su dormitorio. Luego fue al cuarto de baño a
poner el dedo bajo el grifo.
Era estúpido, absurdo y sumamente irritante que to-
davía faltaran cuatro días para que se le permitiera practi-
car magia. Pero tenía que admitir que no habría sabido qué
hacer con aquel corte irregular en el dedo. Todavía no había
aprendido a curar heridas y, pensándolo bien —sobre todo a
la luz de sus planes inmediatos—, eso era un grave fallo de
su educación mágica. Se dijo que debía pedirle a Hermione
que le enseñara y a continuación, con un gran puñado de pa-
pel higiénico, limpió el té derramado antes de volver a su
dormitorio y cerrar de un portazo.
Había pasado la mañana vaciando por completo su baúl
del colegio por primera vez desde que lo llenara seis años
atrás. Al principio de cada curso escolar se limitaba a sacar
de él las tres cuartas partes de su contenido y sustituirlas o
ponerlas al día, pero dejaba una capa de residuos en el fon-
do: plumas viejas, ojos de escarabajo disecados, calcetines
desparejados... Unos minutos antes, al meter la mano en ese
mantillo, había experimentado un agudo dolor en el dedo
anular de la mano derecha y, al retirarla, vio la sangre.
Esta vez tuvo más cuidado. Volvió a arrodillarse junto
al baúl, buscó a tientas en el fondo y, tras sacar una vieja
insignia donde se leía alternativamente «Apoya a CEDRIC
DIGGORY» y «POTTER APESTA», un chivatoscopio rajado y
gastado y un guardapelo de oro que contenía una nota fir-
mada «R.A.B.», encontró por fin el borde afilado que le ha-
bía producido la herida. Lo reconoció de inmediato: era un
trozo de unos cinco centímetros del espejo encantado que le
había regalado Sirius, su difunto padrino. Lo puso aparte y
siguió tanteando con precaución en el baúl en busca de la
parte restante, pero del último regalo de su padrino no que-
daba más que un poco de vidrio pulverizado que, como bri-
llante arenilla, se había adherido a la capa más profunda
de residuos.
Se incorporó y examinó el trozo de bordes irregulares
con que se había cortado, pero lo único que vio reflejado fue
su propio ojo, de un verde vivo. Dejó el fragmento encima de
El Profeta de esa mañana (todavía por leer), que estaba so-
bre la cama, y, para detener el repentino torrente de amargos
recuerdos y punzadas de remordimiento y nostalgia origi-
nados por el hallazgo del espejo roto, arremetió contra el res-
to de los cachivaches que quedaban en el baúl.
Tardó otra hora en vaciarlo por completo, tirar los bár-
tulos inservibles y separar los demás en dos montones,
según fuera a necesitarlos o no. Acumuló en un rincón la
túnica del colegio y la de quidditch, el caldero, las hojas de
pergamino, las plumas y la mayoría de los libros de texto,
porque no tenía intención de llevárselos. Entonces se pre-
guntó qué harían sus tíos con ellos; seguramente quemar-
los a altas horas de la noche, como si fueran la prueba de
algún espantoso crimen. En cambio, metió en una mochila
vieja la ropa de muggle, la capa invisible, el equipo de pre-
parar pociones, algunos libros, el álbum de fotografías que
le había regalado Hagrid, un atado de cartas y su varita
mágica. En un bolsillo delantero de la mochila guardó el
mapa del merodeador y el guardapelo con la nota firmada
«R.A.B.». Al guardapelo le había concedido ese lugar de ho-
nor no porque fuera valioso —no valía nada, al menos a
efectos prácticos—, sino por lo que le había costado obte-
nerlo.
Encima del escritorio, junto a Hedwig —su lechuza
blanca como la nieve—, aún quedaba un buen montón de
periódicos: uno por cada día pasado en Privet Drive ese ve-
rano.
Al cabo de un rato se puso en pie, se estiró y se acercó al
escritorio. Hedwig no se movió mientras él se ocupaba de
hojear los periódicos antes de tirarlos al montón de basura
uno tras otro; la lechuza dormía o fingía hacerlo, ya que es-
taba enfadada con Harry por el poco tiempo que le permitía
salir de la jaula.
A medida que llegaba al final de los periódicos, fue pa-
sándolos más despacio, intentando recuperar uno que ha-
bía llegado poco después de que él regresara a Privet Drive
a principios del verano; recordaba que la primera plana de
ese ejemplar incluía un breve comentario sobre la dimi-
sión de Charity Burbage, la profesora de Estudios Muggles
de Hogwarts. Por fin lo encontró. Buscó la página 10, se
dejó caer en la silla del escritorio y releyó el artículo que
buscaba.
REMEMBRANZA DE ALBUS DUMBLEDORE
Elphias Doge
Conocí a Albus Dumbledore cuando tenía once años;
era nuestro primer día en Hogwarts. La atracción
mutua que experimentamos se debió sin duda al
hecho de que ambos nos sentíamos como intrusos
allí. Yo había contraído viruela de dragón poco an-
tes de instalarme en el colegio y, aunque ya no con-
tagiaba, mi cara —picada y de un desagradable
tono verdoso— no animaba a nadie a acercárseme.
Albus, por su parte, había llegado a Hogwarts bajo
la carga de una notoriedad en absoluto deseada.
Apenas un año atrás, su padre, Percival, había sido
condenado por una brutal agresión, muy divulga-
da, contra tres jóvenes muggles.
El nunca intentó negar que su progenitor (que
moriría en Azkaban) hubiera cometido ese crimen;
es más, cuando reuní el valor suficiente para pre-
guntárselo, me aseguró que sabía que su padre era
culpable. Aparte de eso, se negó a seguir hablando
de tan lamentable asunto, aunque muchos intenta-
ron tirarle de la lengua. Algunos incluso elogiaban el
acto de Percival y daban por sentado que su hijo tam-
bién odiaba a los muggles. Pero estaban muy equi-
vocados, como podría atestiguar cualquiera que lo
conociera; él nunca manifestó ni la más remota ten-
dencia antimuggle. De hecho, con su decidido apoyo
a los derechos de los no magos, se ganaría muchos
enemigos en los años posteriores.
Sin embargo, en cuestión de meses la fama que
iba adquiriendo empezó a eclipsar la de su padre.
Hacia finales de su primer curso, ya nadie lo cono-
cía como el hijo de un criminal antimuggles, sino
como —nada más y nada menos— el alumno más
brillante que jamás había pasado por el colegio.
Quienes tuvimos el privilegio de contarnos entre
sus amigos nos beneficiamos de su ejemplo, así
como de su ayuda y sus palabras de ánimo, con las
que siempre fue generoso. Años después me con-
fió que ya entonces sabía que lo que más le gustaba
era enseñar.
No sólo ganó todos los premios importantes del
colegio, sino que pronto estableció una correspon-
dencia regular con los personajes del mundo mági-
co más destacados de la época, entre ellos Nicolás
Flamel, el famoso alquimista; Bathilda Bagshot, la
renombrada historiadora, y Adalbert Waffling, el
teórico de la magia. Asimismo, varios trabajos su-
yos fueron incluidos en publicaciones especializa-
das como La transformación moderna, Desafíos en
encantamientos y El elaborador de pociones práctico,
lúa. carrera de Dumbledore prometía ser meteó-
rica, y lo único que quedaba por saber era cuándo
se convertiría en ministro de Magia. Sin embargo,
pese a que en los años siguientes a menudo se pre-
dijo que estaba a punto de asumir el cargo, nunca
tuvo ambiciones políticas.
Tres años después de nuestro ingreso en Hog-
warts llegó al colegio su hermano Aberforth. No se
parecían mucho, pues éste nunca fue buen estu-
diante y, a diferencia de mi amigo, prefería resol-
ver las disputas mediante duelos en lugar de con
discusiones razonadas. Con todo, no es correcto in-
sinuar, como han hecho algunos, que ambos her-
manos estuvieran enemistados. Se llevaban tan
bien como podían llevarse dos chicos tan diferentes.
Para ser justos con Aberforth, hay que reconocer
que vivir a la sombra de Albus no era una expe-
riencia agradable. Sus amigos teníamos que sobre-
llevar el hecho de quedar siempre eclipsados por
él, y para su hermano debía de resultar aún más
difícil.
Cuando Dumbledore y yo terminamos los es-
tudios en Hogwarts, planeamos hacer juntos la
entonces tradicional vuelta al mundo, visitando y
observando a los magos de otros países, antes de
emprender nuestras respectivas carreras. Pero se
produjo una tragedia: la víspera del inicio de nues-
tro viaje murió la madre de mi amigo, Kendra, y él
se convirtió en el cabeza de familia y su único sos-
tén. Aplacé mi partida el tiempo suficiente para
asistir al funeral y ofrecer mi pésame a la familia,
pero luego emprendí el viaje en solitario. Como Al-
bus tenía un hermano y una hermana menores a
su cargo y, además, les habían dejado muy poco di-
nero, no podía plantearse acompañarme.
Ese fue el periodo de nuestras vidas en que tu-
vimos menos contacto. A pesar de todo, me cartea-
ba con él y le describía, quizá con escaso tacto, las
maravillas de mi viaje, desde cómo me salvé por
muy poco de las quimeras en Grecia hasta los ex-
perimentos de los alquimistas egipcios. En sus car-
tas, él apenas me hablaba de su vida cotidiana, que
a mí se me antojaba frustrante y aburrida para un
mago tan brillante. Inmerso en mis propias expe-
riencias, cuando mi año sabático tocaba ya a su fin,
me enteré horrorizado de que otra tragedia había
golpeado a los Dumbledore: la muerte de su her-
mana Ariana.
Pese a que ésta tenía problemas de salud desde
hacía mucho tiempo, el infortunio, acaecido poco
después de la pérdida de la madre, afectó mucho a
los dos hermanos. Todos los que teníamos una rela-
ción estrecha con Albus (y me cuento entre esos afor-
tunados) coincidimos en que la muerte de Ariana y
el sentimiento de culpa que lo embargó (aunque él
no tuvo ninguna responsabilidad en lo ocurrido, por
supuesto) lo marcaron para siempre.
A mi regreso encontré a un joven que había so-
portado un sufrimiento desproporcionado para su
edad; se mostraba más reservado que antes y mu-
cho menos alegre. Por si fuera poca su desgracia, la
muerte de Ariana no propició el acercamiento entre
él y Aberforth, sino que acentuó su distanciamien-
to. (Con el tiempo, esa situación se resolvió, pues
ambos hermanos recuperaron, si no una estrecha
amistad, al menos una relación cordial.) Sin embar-
go, a partir de entonces Albus raramente hablaba
de sus padres ni de Ariana, y sus amigos aprendi-
mos a no mencionarlos.
Otras plumas se ocuparán de describir los éxi-
tos de los años siguientes. Las innumerables contri-
buciones de Dumbledore al acervo del conocimiento
mágico, entre ellas el descubrimiento de los doce
usos de la sangre de dragón, beneficiarán a gene-
raciones venideras, igual que la sabiduría de que
hizo gala en las numerosas sentencias que dictó
mientras fue Jefe de Magos del Wizengamot. Di-
cen, todavía hoy, que ningún duelo mágico puede
compararse con el que protagonizaron él y Grin-
delwald en 1945. Aquellos que lo presenciaron han
descrito el terror y el sobrecogimiento que sintie-
ron al ver combatir a esos dos extraordinarios ma-
gos. La victoria de Dumbledore y sus consecuencias
para el mundo mágico se consideran un punto de
inflexión en la historia de la magia, semejante al
de la introducción del Estatuto Internacional del
Secreto o a la caída de El-que-no-debe-ser-nombra-
do.
Albus Dumbledore nunca fue orgulloso ni pe-
dante; sabía encontrar algo meritorio en cada perso-
na, por insignificante o desgraciada que pareciera,
y creo que sus tempranas pérdidas lo dotaron de una
gran humanidad y una enorme compasión. No ten-
go palabras para expresar cuánto echaré de menos
su amistad, pero mi dolor no es nada comparado
con el del mundo mágico. Nadie puede poner en
duda que Dumbledore fue el más ejemplar y el más
querido de todos los directores de Hogwarts. Murió
como había vivido: siempre trabajando por el triun-
fo del bien y, hasta el último momento, tan dispues-
to a tenderle una mano a un niño con viruela de
dragón como lo estaba el día que lo conocí.
Harry terminó de leer, pero siguió contemplando la fo-
tografía que acompañaba la nota necrológica: Dumbledore
exhibía su habitual y bondadosa sonrisa, y como miraba el
objetivo por encima de sus gafas de media luna, al mucha-
cho le dio la sensación, incluso en el papel de prensa, de que
lo traspasaba con rayos X. Y la tristeza se le mezcló con un
sentimiento de humillación.
Siempre había creído que conocía bien a Dumbledore,
pero tras leer esa nota necrológica se vio obligado a recono-
cer que apenas sabía nada de él. Jamás había imaginado su
infancia ni su juventud; era como si siempre hubiera sido
como él lo conoció: un venerable anciano de cabello platea-
do. La idea de un Dumbledore adolescente se le antojaba
rara; era como tratar de pensar en una Hermione estúpida
0en un escreguto de cola explosiva bonachón.
Nunca se le ocurrió preguntarle acerca de su pasado
(sin duda habría resultado extraño, incluso impertinente,
pues al fin y al cabo todos sabían que había participado en
aquel legendario duelo con Grindelwald), ni le había pasa-
do por la cabeza pedirle detalles de ése ni de ningún otro de
sus famosos logros. No, siempre habían hablado de Harry,
del pasado de Harry, del futuro de Harry, de los planes de
1larry... y ahora éste tenía la impresión, pese a lo peligroso
e incierto que era su futuro, de que había desperdiciado
oportunidades irrepetibles al no preguntarle más cosas so-
bre su vida, aunque la única pregunta personal que le ha-
bía formulado era también la única que sospechaba que el
director del colegio no había contestado con sinceridad:
«¿Qué es lo que ve cuando se mira en el espejo?»
«¿Yo? Me veo sosteniendo un par de gruesos calcetines
de lana.»
Harry permaneció pensativo unos minutos; luego re-
cortó la nota necrológica de El Profeta, la dobló con cuidado
y la guardó dentro del primer volumen de Magia defensiva
práctica y cómo utilizarla contra las artes oscuras.
Entonces tiró el resto del periódico al montón de basura y
contempló la habitación: estaba mucho más ordenada. Lo
único que seguía fuera de su sitio era el periódico de ese
día, sobre la cama y con el fragmento del espejo roto enci-
ma.
Harry cruzó el dormitorio, cogió El Profeta, dejando
que el fragmento de espejo resbalara y cayera a la cama, y lo
abrió. Cuando la lechuza del correo se lo entregó enrollado
por la mañana, no había hecho más que echarle un vistazo
al titular y dejarlo por ahí, tras comprobar que no menciona-
ba a Voldemort. Estaba seguro de que el ministerio se valía
de El Profeta para ocultar las noticias sobre el Señor Tene-
broso. Por eso no vio hasta ese momento lo que había pasa-
do por alto.
En la mitad inferior de la primera plana había un titu-
lar más pequeño sobre una fotografía de Dumbledore cami-
nando a grandes zancadas, al parecer con prisa:
DUMBLEDORE, ¿LA VERDAD, POR FIN?
La semana que viene se publicará la asombrosa
historia del imperfecto genio, considerado por mu-
chos el mago más grande de su generación. Rita
Skeeter echa por tierra la popular imagen del sa-
bio sereno de barba plateada y revela la proble-
mática infancia, la descontrolada juventud, las
eternas enemistades y los vergonzosos secretos
que Dumbledore se llevó a la tumba. ¿Por qué un
hombre destinado a ser ministro de Magia se con-
tentó con dirigir un colegio? ¿Cuál era el verdadero
propósito de la organización secreta conocida como
Orden del Fénix? ¿Cómo murió realmente Dum-
bledore?
Estas y muchas otras preguntas se investi-
gan en la explosiva biografía Vida y mentiras de
Albus Dumbledore, de Rita Skeeter, entrevistada
en exclusiva por Betty Braithwaite (véase pági-
na 13).
Harry abrió el periódico con brusquedad y buscó la pá-
gina 13. El artículo iba acompañado de una fotografía de
otra cara que también le resultó familiar: una mujer de ga-
las con joyas incrustadas en la montura y de rubio cabello
rizado artificialmente; dejando entrever los dientes, esbo-
zaba una sonrisa que sin duda pretendía ser encantadora y
saludaba agitando los dedos. Harry hizo todo lo posible por
ignorar esa desagradable imagen y leyó:
En persona, Rita Skeeter es más dulce y afectuosa
de lo que sugieren sus famosas y despiadadas sem-
blanzas. Tras recibirme en el vestíbulo de su aco-
gedora casa, me lleva directamente a la cocina para
ofrecerme una taza de té, un trozo de bizcocho y,
huelga decirlo, una buena hornada de cotilleos.
«Sí, desde luego, Dumbledore es el sueño de
todo biógrafo —afirma—. Tuvo una vida larga y ple-
na. Estoy segura de que mi libro será el primero de
una larga serie.»
Skeeter no ha perdido el tiempo, pues terminó
su libro —de novecientas páginas— tan sólo cua-
tro semanas después de la misteriosa muerte de
Dumbledore, acaecida en junio. Le pregunto cómo
consiguió esa hazaña.
«Bueno, verás, cuando llevas tantos años como
yo ejerciendo el periodismo te acostumbras a tra-
bajar con un plazo determinado. Era consciente de
que el mundo mágico estaba pidiendo a gritos la
historia completa, y quería ser la primera en satis-
facer esa necesidad.»
Menciono los recientes comentarios, ampliamen-
te divulgados, de Elphias Doge, consejero especial
del Wizengamot y gran amigo de Albus Dumbledo-
re, según los cuales «el libro de Skeeter contiene me-
nos hechos reales que los cromos de las ranas de
chocolate».
Skeeter echa la cabeza atrás y ríe.
«¡El bueno de Dodgy! Recuerdo que hace unos
años lo entrevisté acerca de los derechos de la gen-
te del agua. ¡Pobre hombre! Estaba completamente
ido; al parecer creía que nos hallábamos sentados
en el fondo del lago Windermere, y no paraba de
decirme que estuviera atenta por si veía alguna
trucha.»
Sin embargo, otras personas se han hecho eco
de las acusaciones de inexactitud formuladas por
Elphias Doge. De modo que le planteo a Skeeter si
cree que un tiempo tan breve —cuatro semanas—
le ha bastado para hacerse una idea completa de la
larga y extraordinaria vida de Dumbledore.
«¡Ay, querida! —replica componiendo una sonri-
sa, y me da unas afectuosas palmaditas en la
mano—.
Tú sabes tan bien como yo la cantidad de informa-
ción que puede obtenerse con una bolsa llena de ga-
leones, con la determinación de no aceptar un no
por respuesta y provista de una buena pluma a
vuelapluma. Además, la gente hacía cola para cri-
ticar a Dumbledore. Verás, no todo el mundo lo
consideraba tan maravilloso, puesto que molestó a
más de un personaje importante. Pero el bueno de
Dodgy Doge ya puede ir apeándose de su hipogrifo,
porque yo he tenido acceso a una fuente por la que
muchos periodistas cambiarían su varita, alguien
que hasta ahora nunca había hablado en público
y que estuvo cerca de Dumbledore durante la eta-
pa más turbulenta e inquietante de su juventud.»
En efecto, los avances publicitarios de la bio-
grafía redactada por Skeeter sugieren que ésta de-
parará sorpresas a los que creen que Dumbledore
llevó una vida sin tacha. Le pregunto cuáles son
las sorpresas más relevantes que incluye.
«Vamos, Betty, no creerás que voy a desvelar
lo más destacado antes de que la gente haya com-
prado el libro, ¿verdad? —bromea la periodista—.
Pero puedo adelantar que quien siga creyendo que
Dumbledore era tan inmaculado como su barba se
va a llevar un chasco. Me limitaré a decir que nadie
que alguna vez lo oyera despotricar contra Quien-
tú-sabes habrá podido imaginar que tuvo sus escar-
ceos con las artes oscuras en su juventud. Y para
tratarse de un mago que pasó los últimos años de
su vida exigiendo tolerancia, de joven no era muy
tolerante que digamos. Sí, Albus Dumbledore tuvo
un pasado sumamente turbio, por no mencionar al
resto de esa sospechosa familia a la que tanto tra-
bajo le costó mantener a raya.»
Le pregunto a Skeeter si se refiere al hermano
de Dumbledore, Aberforth, cuya condena por parte
del Wizengamot por uso indebido de la magia pro-
vocó un pequeño escándalo hace quince años.
«Bueno, Aberforth sólo es la punta del iceberg
—responde Skeeter riendo—. No, no; me refiero a
algo mucho peor que un hermano aficionado a ju-
gar con cabras, o peor incluso que un padre que iba
por ahí agrediendo a muggles. Además, Dumbledo-
re no consiguió que se moderaran, y el Wizengamot
los inculpó a ambos. En realidad, las que me intri-
gaban eran la madre y la hermana, así que me puse
a indagar y no tardé en descubrir un verdadero
nido de infamias. Pero, como ya he dicho, tendréis
que leer del capítulo nueve al doce para saber to-
dos los detalles. Lo único que puedo adelantar aho-
ra es que no me extraña que Dumbledore nunca
explicara cómo se rompió la nariz.»
Le comento a Skeeter si, a pesar de esos trapos
sucios que la familia intentaba ocultar, niega la ge-
nialidad que permitió a Dumbledore hacer tantos
descubrimientos mágicos.
«Era listo —admite—, aunque ahora muchos
ponen en duda si realmente merecía que se le reco-
nociera la autoría de todos sus presuntos logros.
Como revelo en el capítulo dieciséis, Ivor Dillonsby
afirma que él ya había descubierto ocho usos de la
sangre de dragón cuando Dumbledore "tomó pres-
tados" sus trabajos.»
No obstante, insisto en que la importancia de
algunos logros de Dumbledore no puede negarse.
Así pues, ¿qué opina de la famosa derrota de Grin-
delwald?
«Mira, me alegro de que menciones a Grindel-
wald —responde Skeeter con una seductora sonri-
sa—. Me temo que aquellos cuyos ojos se humedecen
con la historia de la espectacular victoria de Dum-
bledore deberían prepararse para recibir un bom-
bazo, o quizá una bomba fétida. Fue un asunto muy
sucio, ¿sabes? Lo único que voy a decir es que no de-
béis estar tan seguros de que sea verdad que hubo
un espectacular duelo digno de una leyenda. Cuando
la gente haya leído mi libro, quizá se vea obligada
a concluir que Grindelwald se limitó a hacer apa-
recer un pañuelo blanco en el extremo de su varita
mágica y entregarse sin oponer resistencia.»
Skeeter se niega a dar más detalles sobre ese
intrigante tema, así que pasamos a hablar de la re-
lación amistosa que sin duda más fascinará a sus
lectores.
«¡Ah, sí, sí —dice Skeeter asintiendo enérgica-
mente—, le dedico un capítulo entero a la relación
de Dumbledore con Potter! Hay quien la ha califi-
cado de morbosa, incluso siniestra. Una vez más
insisto en que los lectores tendrán que comprar mi
libro para conocer toda la historia, pero no cabe
duda de que el director de Hogwarts desarrolló un
interés poco natural por Potter desde el principio.
Ya veremos si lo hizo realmente por el interés del
chico. Desde luego, es un secreto a voces que éste
ha tenido una adolescencia muy turbulenta.»
Le pregunto si todavía sigue en contacto con
Harry Potter, a quien entrevistó divinamente el año
pasado y sobre quien publicó un revelador artículo
en el que él hablaba en exclusiva de su convicción
de que Quien-ustedes-saben había regresado.
«Sí, claro, hemos desarrollado un fuerte vínculo.
El pobre Potter tiene muy pocos amigos auténticos,
y nosotros nos conocimos en uno de los momentos
más difíciles de su vida: el Torneo de los Tres Ma-
gos. Seguramente soy una de las pocas personas
con vida que pueden jactarse de conocer al verdade-
ro Harry Potter.»
Esa afirmación nos lleva a hablar de los nu-
merosos rumores que todavía circulan acerca de
las horas finales de Dumbledore. ¿Cree Skeeter
que Potter estaba presente cuando murió el profe-
sor?
«Verás, no quiero hablar demasiado (está todo
en el libro), pero hay testigos oculares del castillo
de Hogwarts que vieron a Potter huyendo del lugar
momentos después de que el director del colegio
cayera, saltara o fuera empujado desde la torre.
Más tarde, Potter acusó a Severus Snape, a quien
guarda un profundo rencor. ¿Ocurrió todo como pa-
rece? Eso tendrá que decidirlo la comunidad mági-
ca... después de leer mi libro.»
Dejamos esa intrigante frase en el aire. No cabe
duda de que Skeeter ha escrito un auténtico super-
venías. Entretanto, las legiones de admiradores
de Dumbledore quizá estén temblando por lo que
pronto descubrirán sobre su héroe.
Harry llegó al final del artículo y se quedó contemplan-
do la página como embobado. La rabia y el asco surgían en
su interior como vómito; arrugó el periódico y lo lanzó con
todas sus fuerzas contra la pared, donde se unió al resto
de la basura amontonada alrededor de la rebosante pape-
lera.
A continuación se paseó abstraído por la habitación,
abriendo cajones vacíos y cogiendo libros para luego dejarlos
en los mismos montones, apenas consciente de lo que hacía.
Algunas frases del artículo le resonaban en la cabeza: «[...]
dedico un capítulo entero a la relación de Dumbledore con
Potter [...] hay quien la ha calificado de morbosa, incluso si-
niestra [...] tuvo sus escarceos con las artes oscuras en su
juventud [...] he tenido acceso a una fuente por la que mu-
chos periodistas cambiarían su varita [...]».
—¡Mentiras! —gritó Harry, y por la ventana vio al veci-
no de al lado que, mirándolo con nerviosismo, se había de-
tenido para volver a poner en marcha el cortacésped.
Se dejó caer con frustración en la cama, haciendo sal-
tar el trozo de espejo; lo cogió y lo giró entre los dedos, al
tiempo que pensaba en Dumbledore y en los embustes con
que Rita Skeeter lo estaba difamando.
De pronto percibió un intenso destello azul. Se quedó
paralizado, y el dedo que se había cortado se le deslizó otra
vez por el borde irregular del espejo. Eran imaginaciones
suyas, no había otra explicación. Miró hacia atrás, pero la
pared lucía aquel asqueroso tono melocotón elegido por tía
Petunia: allí no había nada de color azul que pudiera ha-
berse reflejado en el espejo. Volvió a mirarse en éste y no
vio más que su ojo, de un verde vivo, devolviéndole la mira-
da.
Se lo había imaginado, era evidente; se lo había ima-
ginado porque estaba pensando en el difunto director del
colegio. Si de algo estaba seguro era de que los ojos azules
de Albus Dumbledore jamás volverían a clavarse en los
suyos.
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